Entretenimiento

Literatura

El poeta José Ramírez Sáizar, ‘cuicani’ de la gran Nicoya

Actualizado el 19 de julio de 2015 a las 12:00 am

Memoria necesaria El 25 de mayo se cumplió el centenario del poeta José Ramírez Sáizar, quien falleció en el año 2001

Entretenimiento

El poeta José Ramírez Sáizar, ‘cuicani’ de la gran Nicoya

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Dionisio Cabal Antillón

E s 1930. Por el vano de la elegante puerta de la Librería Lines sale, exultante, José Ramírez Sáizar. Tiene 15 años y es poeta. Abraza un paquete con ejemplares de Escarceos , su primer libro. “¿Tú…? / Buzo de la sombra / viajero de la luz… / el enigma de un niño / y la señal de la cruz. / Fruto de dos climas / lazo del azul… / Eres nervio de fuego / en el andén de la luna… / Pasa un chichiltote.., / pasa un yigüirro / ¡bajo tu mismo azul!”.

Pergeñados desde sus ocho años de edad, a los quince tenían cumplida forma, luego de emborronar guanacastecos papiros, romperlos, rehacerlos y, en frenético afán, atar semanas y meses puliendo la cuenta y la rima, la carne y el espíritu de sus versos.

Después, Chirco y reseda (1935, Imprenta Alsina) y Poemas de mi hora anímica (1940, La Tribuna) resellan su vocación.

Sin embargo, solo en 1941, a sus 27 años, el santacruceño suscita la atención de la crítica, cuando publica Nayuribes , pequeño volumen de poesía: “Cuaderno de sus poemas llaneros”, dice Joaquín García Monge, quien justifica llamarlo “cuaderno” acotando: “(son 26)”.

Culto y popular. Más por intuición que por apercibimiento literario, el poeta sabía que ya en sus primeros andares había dado con la luz de una sencilla verdad: Guanacaste es objeto y sujeto estético universal tanto como puede serlo cualquier entidad del mundo. Tal universalidad, guanacasteca, tenía firme asidero en las palabras que espejeaban el habla y la cotidianidad de sus habitantes.

A finales del siglo XIX, sin despreciar los epigramas y otras formas culteranas, Aquileo Echeverría acometió con genial desempeño la tarea de elevar a categoría de arte literario las formas estróficas y los tópicos de la poesía popular tradicional de “la Meseta” (bombas, retahílas, romances y relaciones) desarrollando un género que se sigue llamando “concherías”.

Con idénticos recursos, el ámbito histórico cultural del Guanacaste no había dado de sí un demiurgo que aportase una piedra de fundación. Según el pensar de intelectuales como Dobles Segreda, Guanacaste era entonces la idealización de un reservorio de lo ignoto y de lo exótico, un espacio silvestre e incontaminado.

Sin noción de lo apuntado, el poeta da el paso que aún no le abonan las crónicas ni los estudios literarios. En la altura del rigor que supone el manejo de estructuras consagradas por la modernidad, funda la Poesía Guanacasteca –con mayúscula–.

PUBLICIDAD

Lo preceden –¿cómo no?– los cultores de in xóchitl in cuícatl * del Diriá y de Nicoya, precolombinos y criollos. Son el venero, el punto de llegada que el “poeta Sáizar” (como le dicen) convertirá en punto de partida de nuestra poética hispanochorotega.

“Invisible”. García Monge exalta que Sáizar “incorpora a su poesía todo cuanto ve, palpa, huele, oye, a su modo, el modo llanero”. Notifica que canta lo regional; que en sus versos subsume expresiones literales de sus coterráneos; que aquel poeta, con fina capacidad, pinta la singularidad del Guanacaste.

No obstante, García Monge –autor con el que insurge la literatura nacionalista (no la nacional, que esta ya la hacían los creadores populares desde el siglo XVIII)– no ubica a Sáizar en el sitial que por derecho le corresponde en la poesía nacional.

Tocante a eso, nada cambiará. Ni Abelardo Bonilla, ni los antologadores, ni los críticos lo consignan como fundador de la Poesía “gran nicoyana”, merecedor de un espacio reconocible en nuestras literaturas.

El tufo a cosa folclórica causa repelús entre los académicos, que al cabo reaccionan otorgando reconocimientos tardíos (Lorca, Guillén, Palés Matos, José Hernández).

Las palabras liminares de Nayuribes agradecen a Enrique Loudet, aficionado al Guanacaste y embajador de la Argentina: de su peculio financió la publicación. El poeta reciproca el gesto diciendo que su libro enlaza simbólicamente, los espíritus de la pampa y la bajura. Nada hay del Martín Fierro en Nayuribes salvo alusiones a la topografía y a las almas domeñadas por la vastedad del paisaje.

Sáizar y Loudet, enamorados del verbo popular, convergían en la voluntad de potenciar la lírica voz del Guanacaste.

Épico y lírico. Dispuesto a arrostrar el vendaval de la crítica –más deseable que la indiferencia–, Sáizar obtiene acuse de recibo de algunas voces notables, entre ellos del gran mexicano Alfonso Reyes:

“Ud. me adelanta un pago que en mucho supera la amistad. Su precioso libro Nayuribes lo leí , por lo cual lo felicito cordialmente, rogándole de ahora en adelante que me siga teniendo al tanto de sus bellas obras. Junio de 1942”. Cortesía, pero sincera.

La agudeza de Reyes siempre ponderó el genuino valor de las expresiones populares, depósito en el cual un día descubrió la “jitanjáfora” (glosolalia que cultivó), género que por siglos pasó inadvertido a los estudiosos. A Sáizar lo alcanza la voz amable de otro cuasi desterrado de la historia literaria, Eulogio Porras ( Aníbal Reni ). Lo llama “valiente” por el “parto criollo”: “sabe [usted] de honduras artísticas para descubrir ricos filones patrios”.

PUBLICIDAD

Reni también reclama algo para su propia condición de precursor: “si alguna semilla he sembrado, aún cuando haya sido al voleo, ellas van dando bellísimos frutos”. Cierto.

Reconocemos al alajuelense Reni su fecunda incursión en el paisaje social y natural del Guanacaste, pero Ramírez Sáizar inauguró el Parnaso Nicoyano con plenitud de atestados, profusión de vocablos, felices neologismos y sufriente compromiso; épico y lírico, cáustico y melífico, erótico y emblemático.

Notas: En el título: Cuicani (voz náhuatl): poeta; literalmente, “el cantor”. *In xóchitl in cuícatl (expresión náhuatl): poesía; literalmente, “la flor y el canto” (la flor que se canta).

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

El poeta José Ramírez Sáizar, ‘cuicani’ de la gran Nicoya

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota