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Indígenas de Curré celebran fiesta anual más endiablada

Actualizado el 05 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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Indígenas de Curré celebran fiesta anual más endiablada

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Rey Curré, Puntarenas. El sonido del cuerno o del cambute (caracol) fue el “despertador” natural de los vecinos de Rey Curré durante cuatro días. Al escucharlo, era fácil adivinar lo que seguía. Desde buen temprano, empezaban a dibujarse sobre los caminos polvorientos las figuras de los diablitos enfundados en sacos de gangoche, hojas de plátano y máscaras que son como huellas digitales: únicas y personales. Las hacen con madera de balsa.

El Juego de los Diablitos, una tradición boruca, se celebra hace 30 años en el territorio indígena de Rey Curré en Buenos Aires de Puntarenas y es fiesta por excelencia.

El derroche de energía es asombroso. Son cuatro días de subir y bajar empinadas cuestas de polvo y piedras para llegar a cada una de las casas de la comunidad y jugar como solo ellos saben hacerlo.

¿A qué juegan? Los diablitos representan a los indígenas que lucharon para defender lo suyo cuando los conquistadores españoles –simbolizados por el toro– intentaron arrebatárselo. El chiste es colocarse frente al toro y provocarlo.

“¡Esa!, torito. ¡Esa! ¡Péguelo!” Tony Gamboa de 19 años era uno de los que primero se lanzaba a desafiar al “animal” fabricado con una máscara de toro sobre un armatoste de madera forrado de gangoche. Es el hombre frente a la bestia, pero aquí no hay violencia, solo fuerza física y un poco de maña. Al fin de cuentas es solo un juego. “Soy de Pérez Zeledón, pero mi tío es boruca de Rey Curré. Desde la primera vez que participé, me gustó mucho. Ando aguevado porque hoy es el último día”, dijo un muchacho.

Otros diablitos revuelven el polvo del suelo con una rama en señal de provocación. Cuando el toro se cansa de tanta jodedera, se abalanza sobre esos diablillos insolentes y más de uno termina en el suelo y con la máscara partida en dos.

La gritería es permanente y es la principal forma de comunicación entre diablitos. Tampoco falta el bailongo y no son pocos los que se animan a mover el esqueleto al alegre ritmo del acordeón, el tambor y la flauta. Los músicos acompañaban a los diablitos en su peregrinación casa por casa.

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Pero como en todo juego hay reglas y el que las irrespeta queda, sencillamente, fuera. Los diablos mayores como don Roberto Morales y don Santos Rojas son los responsables de guiar al ejército “endiablado” y velar por el cumplimiento de las reglas. Ellos suenan el cuerno y el cambute para llamar a los diablitos. “Nuestra función es obligar a los diablos a respetar las reglas. El que se mete a jugar ya sabe que es eso: un juego. Nada de agresión ni de hacer lo que les da la gana. Deben cumplir los horarios y ser respetuosos con el público”.

La jornada se repite cada día de 8 a. m. a 6 p. m. y solo hacen una pausa al mediodía para almorzar.

El último día ocurre la “tumbazón”; es decir, el toro derriba uno a uno a los diablitos. En este momento, la batalla se enciende y el toro se lleva en banda a los diablitos y todo lo que esté a su alrededor, desde espectadores hasta matas de plátano y cables del tendido eléctrico. Las carcajadas resuenan y contrastan con las caras de susto de algunos cuando al armatoste del toro y el diablito parecen caerles encima.

El toro se escapa, se esconde en la montaña y los diablillos “resucitan” y lo persiguen con un “perro”. Cuando lo alcanzan, lo encadenan y lo llevan a la hoguera.

Esta celebración es originaria de la comunidad de Boruca, pero ahí se realiza a fin de año.

La “gasolina” que mantiene encendidos a los diablitos durante los cuatro días es la chicha. Se reparte gratis a diestra y siniestra –en vaso o guacal– y cada casa es como una estación de servicio para “llenar el tanque”. Esta bebida se fabrica con fermento de maíz. “Fácil, fácil se puede tomar un litro de chicha por persona en cada casa. Nos da energía porque estas jugadas son matadoras”, dijo José, mejor conocido como Tucú.

Y no falta a quien se le pase la mano con la chicha y termine fulminado en el piso.

La noche del domingo, el toro incinerado marca el triunfo de los indígenas contra el invasor. Una lucha que todavía sigue en pie entre los borucas.

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