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Herra y las obsesiones

Actualizado el 21 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Rafael Ángel Herra

D. Juan de los manjares Editorial AlfaguaraPedidos: 2522-4848

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Herra y las obsesiones

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Es amplia y contiene multitudes la estirpe de los escritores reiterativos, esos que persiguen un tema para tratar inútilmente de agotarlo, de exprimirlo asintóticamente, o al menos de revisitarlo en busca de algún matiz previamente eximido.

Hay autores como Carlos Cortés, a quien uno siente justificadamente obcecado en buscar a su padre con cada línea que escribe; o como Fernando Contreras, quien de unos años para acá no sale del pretil ese de echarle la culpa de todo a los gringos; o como Luis Chaves, a quien uno siempre se imagina con medio cuerpo hundido en una refri como si entre la pizza de ayer y la caja de leche estuviera escondida la razón de por qué todo se jode con el tiempo. Entre estos autores obsesivos está sin duda Rafael Ángel Herra, quien por años ha explorado insistentemente esa línea tenue y resbalosa donde lo real se vuelve ficción, donde lo deseado toma el lugar de lo percibido, y donde lo que se crea acaba siendo apenas una sombra de lo imaginado.

Su más reciente novela, D. Juan de los manjares , contiene un cierto “realismo” que de entrada la distingue de todo el trabajo previo de Herra: un macho seductor, de profesión publicista, se ve inesperadamente envuelto en los asesinatos de varias mujeres, cometidos todos con un cuchillo de cocina. El lector tendrá tiempo de sobra para descubrir que, junto con los bares josefinos y la cama de nuestro héroe, la cocina es el espacio central de esta historia de placeres y violencia.

Herra utiliza un impertinente narrador que –como el de La guerra prodigiosa – a veces es testigo y a veces omnisciente, según le convenga. Su función es “limitar la información, cortar aquí, abreviar allá, reproducir unos cuantos sinsentidos” (p. 160), para así lograr que el lector corra por su cuenta el velo de cada página y busque satisfacer su curiosidad.

Sin embargo, el resultado final de estas intromisiones es que, cada cierto tiempo, el lector debe interrumpir el sueño de lo contado y enfrentarse a la ironía del saberse víctima de una manipulación.

Esa es otra obsesión de Herra: la ficción como manipulación. En D. Juan de los manjares , esta manipulación tiene su correlato en una campaña publicitaria diseñada por su don Juan: la publicidad como máquina de crear deseos, el deseo como motor de la vida, el publicista como seductor a sueldo, el cuerpo humano como escenario de los excesos.

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Una y otra vez, el narrador insiste en que “la literatura es el ojo de la cerradura” por la que nos asomamos a las vidas de los otros. Herra ha marcado muy bien estos espacios, pero también juega constantemente con las posibilidades de contacto que ellos permiten: igual que el lector que mira por el ojo de la cerradura, los amigos de don Juan de los manjares perciben un mundo mediado por el chisme o la televisión.

De esta forma, volvemos infinitamente sobre la única certeza que nos permite el autor: la percepción de la realidad no es la realidad. Sin embargo, esta novela falla a menudo en lo más básico. Herra parece olvidar que las comidas, los lujos y los cuerpos que disfruta su don Juan le llegan al lector sólo como palabras, y el lenguaje de este libro –que es donde debería ocurrir la seducción entre la página y el ojo– resulta demasiado manierista y falso como para mover el morbo literario del lector. Tradicionalmente, don Juan ha sido una figura trágica y moral, un hito de derroche, pero también de arrepentimiento al final de sus andanzas. El don Juan de Herra no está planteado así pues goza de inocencia respecto a los crímenes que se le imputan; pero sí que está demasiado cerca del lujo y el exceso como para no invitar al lector a pensar que los equívocos en los que se ve envuelto no los tiene bien merecidos.

“Si la membrana que separa ficción y realidad es porosa, no debería escandalizarnos”, dice en algún momento el narrador.

Aquí, una vez más, Herra nos deja un guiño característico y abre la posibilidad de que seamos nosotros, voyeurs envidiosos y prestos a gozar del mal ajeno, quienes aportemos el golpe final a esta novela que –más por obsesión que por autoplagio– bien podría volver a llamarse Viaje al reino de los deseos.

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