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Escritores proletarios de Costa Rica

Actualizado el 27 de enero de 2013 a las 12:00 am

Decenio de 1930Un reciente libro recupera cuentos de una literatura nacional hoy desconocida

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                         ducentésimo  título de la Colección Leer para Disfrutar, publicada por el Grupo Nación.  Pescadores de atún    y otros cuentos proletarios costarricenses,
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ducentésimo título de la Colección Leer para Disfrutar, publicada por el Grupo Nación. Pescadores de atún y otros cuentos proletarios costarricenses,

La expansión de la alfabetización popular y el desarrollo de diversas corrientes políticas radicales (socialistas, anar-quistas y comunistas) fueron dos condiciones que favorecieron, durante el siglo XIX, la constitución de nuevas categorías de escritores que formaban parte de las clases trabajadoras, especialmente urbanas.

Periódicos y revistas fueron los medios principales por los cuales esos autores dieron a conocer sus producciones intelectuales, sobre todo, ensayos cortos, poemas y cuentos. Sin embargo, algunos también elaboraron novelas y obras de teatro que circularon como libros y folletos. El ruso Máximo Gorki (1868-1936) fue una de las figuras más reconocidas y emblemáticas de estas nuevas corrientes.

Realismo socialista. En 1917, el triunfo de la revolución bolchevique sentó la base para que, en la futura Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la dirigencia comunista promoviera, especialmente durante el decenio de 1920, la formación de una nueva intelectualidad de origen campesino y obrero.

Dicha iniciativa pronto fue complementada por corrientes estéticas que enfatizaban que la tarea del arte y la literatura era –en los países todavía dominados por el capitalismo– denunciar la explotación de los trabajadores y exaltar sus formas de organización y de lucha; y contribuir a la construcción del socialismo en las áreas del planeta donde ese proceso ya estaba en marcha.

Aún en 1932 existían en la URSS diversas concepciones del llamado “realismo socialista”; pero, a partir de 1934, fue institucionalizado el enfoque defendido por Gorki y, en particular, por Andréi Zhdánov, este último emparentado con José Stalin (1878-1953).

El contexto sociopolítico de esa época se caracterizó por el avance del fascismo y del nazismo en Italia y Alemania, y por el estallido de la guerra civil en España (1936-1939). Todo esto condujo a los comunistas –en los distintos países de Occidente donde operaban de manera legal– a formar alianzas (“frentes populares”) con diversos sectores identificados con la democracia liberal. En estas circunstancias, la nueva teoría estética fue aplicada de manera bastante laxa.

Experiencias costarricenses. De acuerdo con las investigaciones realizadas por los historiadores Rodrigo Quesada y Mario Oliva, desde finales del siglo XIX la prensa obrera se convirtió en un medio para que, en Costa Rica, escritores de extracción trabajadora empezaran a dar a conocer sus creaciones literarias, especialmente ensayos y poemas.

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Tal experiencia fue posibilitada por un factor fundamental: el crecimiento de la población con algún grado de alfabetización, sobre todo en el mundo urbano. En la ciudad de San José, las personas de diez años y más que satisfacían tal condición ascendieron de 50,1% a 93,8% entre 1864 y 1892, un aumento que permite comprender mejor la expansión experimentada por la cultura impresa en ese período.

En las primeras décadas del siglo XX, los escritores obreros mantuvieron su colaboración con periódicos y revistas vanguardistas, y fueron atraídos en particular por el movimiento reformista, encabezado por Jorge Volio Jiménez (1882-1955) a inicios de la década de 1920.

Sin embargo, el cambio principal ocurrió diez años más tarde: en junio de 1931, a medida que el país se abismaba en la profunda crisis económica mundial de esos años, fue fundado el Partido Comunista de Costa Rica (PCCR). La nueva organización pronto dispuso de un periódico propio denominado Trabajo , en el que, en octubre de 1931, se inauguró una sección llamada “Cuentos proletarios”.

Aunque enfatizó en las labores electorales y de formación de sindicatos, la dirigencia comunista no dejó de lado la promoción de actividades literarias asociadas con la denuncia de la pobreza y la explotación, y el énfasis en que los trabajadores debían organizarse para lu-char mejor por sus derechos.

La reconocida maestra y escritora María Isabel Carvajal (Carmen Lyra) fue una de las principales impulsoras de esos esfuerzos, que originaron informales talleres de creación literaria.

La experiencia más exitosa fue la de Carlos Luis Fallas Sibaja (1909-1966), cuya obra Mamita Yunai (1941), traducida a numerosos idiomas, se convirtió en la novela emblemática de la producción bananera, actividad que fue dominada por la empresa transnacional estadounidense United Fruit Company.

Cuentos proletarios. En el libro número 200 de la Colección Leer para Disfrutar del Grupo Nación, acaban de recopilarse nueve cuentos que se publicaron en el periódico Trabajo entre 1931 y 1939, en su mayoría de manera anónima o con un pseudónimo. De esta tendencia, se apartan únicamente dos relatos: “Viendo vivir” y “Niños que no son niños”, escritos por un joven estudiante de derecho y cofundador del periódico comunista, Ricardo Coto Conde, fallecido prematuramente (1908-1931).

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Hay otro texto, “El pago”, que al parecer incorpora por lo menos los apellidos de sus autores –el único que tuvo su origen en la colaboración entre dos personas–, aunque tal información resultó insuficiente para identificarlos.

Ciertamente, la categoría de “escritor proletario” no se aplica al caso de Coto Conde. Tampoco rige para una persona que firmó un cuento con el pseudónimo de “As de Espadas” pues dicho relato, “Las buenas obras de don Prudencio”, evidencia un dominio del idioma, de las técnicas narrativas y de la ironía que parecen más propios de Carmen Lyra que de un obrero solo aficionado a la escritura.

En contraste, los cuentos restantes sí muestran, en la parte formal, un nivel más acorde con la cultura trabajadora. Además, a diferencia de los relatos de Coto Conde y de “As de Espadas”, que se limitan a la denuncia de difíciles condiciones de vida y laborales vistas desde fuera, los otros cuentos enfatizan la experiencia vivida (con detalles precisos sobre las especificidades técnicas y sociales de ciertas ocupaciones) y un llamado a la organización y a la lucha de los trabajadores.

De particular interés son tres cuentos escritos por alguien que utilizaba el pseudónimo de “Matías el Aventurero”, así como el ya mencionado “El pago”. Estas narraciones proporcionan una información muy valiosa acerca de mundos laborales que aún son poco conocidos: la pesca del atún, el cargamento del banano, la corta de mangle y las actividades asociadas con los remolcadores en el Pacífico costarricense.

No es posible determinar si Carlos Luis Fallas tuvo alguna participación en los procesos de creación literaria que originaron los relatos mencionados; pero gracias a estos cuentos es claro ahora que Mamita Yunai fue parte de una experiencia colectiva, orientada a la producción de narrativas proletarias, que se inició mucho antes de la publicación de esa novela en 1941.

Mediante los cuentos incluidos en el reciente libro, es posible aproximarse a dimensiones poco exploradas del pasado literario costarricense, y también al modo como diversas categorías de trabajadores vivieron la crisis de 1930 en la Costa Rica anterior al inicio de las reformas sociales (1940-1943).

En estos relatos de carácter testimonial, las narrativas se construyeron con base en los problemas del desempleo, la pobreza, la diferenciación social y étnica, las formas de resistencia a la explotación, y las estrategias de sobrevivencia de los trabajadores. El resultado final es un conjunto de textos que interpela, desde las experiencias de los sectores populares, a la sociedad costarricense de comienzos del siglo XXI.

El autor es historiador y miembro del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericanas de la UCR.

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