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Otras disquisiciones: La alquimia vive en el cielo

Actualizado el 01 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

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La explosión de una supernova lanza átomos medianos al espacio, pero no la destruye totalmente: a la supernova la sucede una estrella de neutrones, que también estallará y lanzará, esta vez, oro, plomo y uranio. (GN)

Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

El plomo se llama así porque es de color plomo; esto se demuestra con el hecho de que, si fuese rosado o verde, se llamaría otra cosa. El plomo es uno de los grandes inventos de la naturaleza, surgido de las explosiones de las estrellas supernovas (grandes y nuevas) y de las estrellas de neutrones .

Unas y otras son las piñatas del cielo: estallan y reparten átomos cual caramelos: de oro, de cobre, de carbono... Por la gravedad, los átomos se juntan después en las esquinas del universo y forman todo lo que existe: planetas, lunas y nosotros mismos.

Los átomos de nuestro ojo derecho han surgido de una supernova que no formó los átomos de nuestro ojo izquierdo. Somos retazos de la casualidad. Todo empezó cuando la nada se levantó y emitió el bostezo del Big Bang.

El plomo es uno de los metales más pesados. Por esto, los alquimistas creyeron que representaba al ser humano dormido e inmóvil. La alquimia fue el deporte iluso que pretendió convertir el plomo en oro, afán inútil que reeditan las elecciones y con los mismos resultados.

La alquimia moderna define al plomo como el metal patrono de las visitas-sorpresa, del vecino baterista, del vendedor de enciclopedias, de los oradores de brindis, de los chistosos inesperables, de los conferencistas sin reloj, del rock pesado, del pesado del rock , de los pretendientes sin suerte, de los libros que huyen de lo plomizo a lo plomazo, y de las cintas pensativas, profundas, plúmbeas y pasmadas que avanzan –es solo un decir– a un cuadro por rollo.

Lo peor de un libro-plomo es que venga en edición de bolsillo.

En su tratado Historia de las creencias y de las ideas religiosas (§ 211), el historiador y teólogo Mircea Eliade afirma que, a pesar de sus fantasías, la alquimia coincidió con el principio científico de la unidad de la materia: todo ser material está hecho de las mismas partículas elementales.

En ciertas circunstancias, un elemento químico puede convertirse en otro cambiando el orden y el número de sus partículas, protones, neutrones y electrones. Claro, por ahora, todo esto es solo ciencia-ficción; o sea, alquimia.

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Llevada al reino del carbono (el nuestro), la idea alquímica de la unidad y de la transformación de los elementos presagia la unidad y los cambios de las formas vivas: si el plomo “puede” trocarse en oro, tampoco hay especies fijas de plantas y animales pues todas comparten los mismos cuatro nucleótidos (A, T, C, G) en el ácido desoxirribonucleico.

Aquellas fracasadas transformaciones de los alquimistas (del plomo al oro) son un presagio fantasioso de la darwiniana evolución de las especies (de la bacteria al sicómoro y al delfín).

La explosión de una supernova lanza átomos medianos al espacio, pero no la destruye totalmente: a la supernova la sucede una estrella de neutrones, que también estallará y lanzará, esta vez, oro, plomo y uranio.

Algún día habrá oro para todos, mas los átomos –que somos nosotros– ya habrán vuelto al espacio para formar otros cuerpos, y, así, hasta que el universo se enfríe. La alquimia vive en el cielo.

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