Entretenimiento

Otras disquisiciones

Don Ramón no hace la guerra

Actualizado el 10 de agosto de 2014 a las 12:00 am

Entretenimiento

Don Ramón no hace la guerra

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Don Ramón María del Valle-Inclán y Montenegro tenía un nombre largo y mentiroso como las barbas de fantasía del teatro que él enterró sin gloria bajo la gloria de sus propios dramas: de las “comedias bárbaras”, cual él las llamó por darles un nombre nuevo a cosas –el sarcasmo, la violencia– tan vetustas como las guerras civiles que empezaron en España con la Reconquista de los godos contra los árabes. (Los godos habían conquistado a los romanos, los romanos a los íberos, y así...)

Después de 700 años de convivencia y de mestizaje cruzado mutuamente entre los godos y los árabes, la Reconquista fue la primera guerra civil española, larga e hirsuta como las barbas de chivo de don  Ramón (“barbas de chivo” las llamó Rubén Darío, su amigo, coetáneo y afantasmado personaje de las alucinadas Luces de bohemia).

Valle-Inclán (1866-1936) sepultó el viejo teatro bajo las tablas –de su teatro–. Anarcomonarco, retroprogresista, católico heresiarca (“Soy místico, es decir, hereje”, le confesó a Alfonso Reyes), más grande que los casilleros de la crítica, Ramón Valle Peña se inventó un nombre largo para que quien lo pronunciase tuviera tiempo de mirarlo llegar: delgadísimo, lineal, acuchillando el aire con ese filo de costado que él tenía cuando se lo veía de frente.

Un volumen de las obras completas de Ramón del Valle-Inclán
ampliar
Un volumen de las obras completas de Ramón del Valle-Inclán

Los quevedos de Valle-Inclán fueron los quevedos de Quevedo con los que se escribió el Modernismo; o sea, el conceptismo elegante nacido con la muerte del siglo XIX.

No hay prosa más prosa que la de Sonata de primavera, plena de luces de murano, de princesas dulcemente locas, de tapices, de niñas polichinelas, de ironía, y de mansiones obscuras, decadentes y gloriosas. (Dicho sea de paso, los modernistas adoraban eso, la tríada: el escribir tres adjetivos juntos.)

Ironía de la historia: la prosa luciente de belleza de Epitalamio (su segundo libro) fue escrita heroicamente por Valle-Inclán en la inopia más abyecta de Madrid, adonde había llegado desde su Galicia de bruma y duendes, y huyendo hacia su fama. Así nos lo relata Manuel Alberca, biógrafo de don Ramón, en Valle-Inclán: La fiebre del estilo.

El Valle Peña que aún no era Valle-Inclán mal habitaba “dos cuartuchos en condiciones infrahumanas” –escribe Alberca (p. 70)–, cual el carbón que será diamante.

PUBLICIDAD

El desvío ideológico de Valle-Inclán hacia el “carlismo” (casi pintoresco monarquismo de oposición) lo indujo a idealizar la guerra como un torneo de caballeros: noble, elegante, en el que solo sangran los escuderos para que los dibuje Doré.

No obstante, la Primera Guerra Mundial mató las ilusiones de Ramón (las ilusiones salen lisiadas de las guerras). En las trincheras de Francia, como turista de hecatombes, Valle-Inclán se asqueó de “los desastres de la guerra” (las palabras son de Goya para sus grabados terribles). En los dramas y las novelas siguientes, como Tirano Banderas, la guerra ya es lo que es: barro y sangre, niebla y miasma.

Si los artistas no pueden modificar la realidad, la realidad suele modificar a los artistas. El arte no cambia la realidad, sino a la gente que creará la futura realidad.

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

Don Ramón no hace la guerra

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota