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Deslumbres cercanos  de Francisco Zúñiga

Actualizado el 03 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Formas y colores El Instituto de México presenta una notable exposición de dibujos, litografías y esculturas de Francisco Zúñiga

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Escasas oportunidades tenemos los costarricenses de ver muestras de lo que Francisco Zúñiga llamaba su “obra personal” para diferenciarla de la “obra monumental”, a la que dedicó tantos empeños. De esta última tenemos en Costa Rica algunas muestras, como la Maternidad (1935) en el Hospital de la Mujer, el monumento al doctor Calderón Guardia (1974) en la plaza de las Garantías Sociales, el Monumento a la Familia (1978) en el pórtico del INS, y, por supuesto, el desventurado y maltratado Monumento al Agricultor (1974), que estuvo cerca del Aeropuerto Internacional Juan Santamaría y hoy permanece en reparación.

Es claro que la mayoría de los monumentos de Zúñiga están en México, pero en Costa Rica no podemos quejarnos de estar totalmente ayunos de ellos, gracias a los gobiernos de don Pepe Figueres y Daniel Oduber.

De la obra personal de Zúñiga hay algunas piezas que se encuentran expuestas al público: Evelia con batón (1978) en el CENAC, una Yalalteca (1981) en Correos de Costa Rica, y el espectacular grupo Mujeres caminando (1981) en el Museo de Arte Costarricense. El INS posee otra pieza de gran valor, pero se encuentra en un área de acceso restringido.

A propósito de la visita del presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, y en conmemoración del centenario del artista, el Instituto de México instaló, en su sede de Los Yoses, una interesante exposición que muestra varios aspectos de la obra del maestro.

Obras íntimas. En los muros del amplio pasillo de ingreso pueden observarse reproducciones fotográficas de esculturas y dibujos, en una escala y con un nivel de contraste que permiten sentir el pulso del artista en pequeños detalles y grafías.

En el mismo pasillo se encuentran expuestas ocho pequeñas esculturas de bronce, propiedad del Gobierno de México, que son el plato fuerte de la muestra. En estas piezas se siente la mano del artista, quizá incluso más que en las de escala natural. Son trabajos íntimos, de taller, en los que el escultor explora formas y texturas de su tema por excelencia: el cuerpo de la mujer, y en particular de la mujer indígena de México.

Dos de las esculturas, Virginiaagachada (1973) y Desnudo (1979), son ejercicios formales –casi podría decirse “académicos”– en los que el cuerpo femenino se recoge sobre sí mismo, ovillándose en una serie de curvas concéntricas a las cuales hacen eco el óvalo de la cabeza y un breve moño: vida envuelta en sí misma, potencia pura, sensualidad contenida.

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Las otras piezas son más claramente de rasgos indígenas, con vestidos y tocados que ensanchan y completan sus formas. En distintos modos, estas obras evocan el tema esencial de la obra de Zúñiga: por una parte, el contrapunto entre la solidez rotunda de las formas femeninas; y, por otra, la sutileza casi mística que reflejan sus poses de abandono, abstracción, ensimismamiento.

En esta pequeña escala –piezas de menos de un metro en cualquier dimensión–, Zúñiga desarrolló ideas artísticas que en algunos casos habría de llevar a escalas mayores. Sin embargo, la esencia de esas ideas –su expresión más directa, táctil y artesanal– se encuentra precisamente en estas esculturas. Para experimentar toda su riqueza de forma y expresión, vale la pena acercarse a aquellas piezas y agacharse a su lado (están colocadas en pedestales muy pequeños).

Litografías y dibujos. En una sala interior se expone una colección de litografías que reproducen dibujos al carboncillo y al pastel, junto con dos dibujos originales. Las litografías son parte de una colección publicada en 1974, de la cual hay varios ejemplares en el país.

Pese a ser productos de imprenta, constituyen una edición muy cuidadosa, hecha por Litógrafos Unidos de México en papel Canson Grand Aigle, bajo la supervisión del maestro.

Por lo tanto, las litografías reflejan su destreza en el dibujo, que una reconocida crítica norteamericana ubicó entre las más elevadas del siglo XX, a la par de Matisse y Picasso; revelan también sus múltiples abordajes al tema de la mujer mexicana. Al igual que en la escultura, allí encontramos mujeres montaña, mujeres pirámide, mujeres estela y, por supuesto, mujeres simples y sencillas en su más pura esencia.

Contrasta la elegante serenidad de las figuras con el dramatismo, muchas veces retórico y ampuloso, con el que otros artistas latinoamericanos –Siqueiros, Gua-yasamín– procuraron dar relieve a sus representaciones de la mujer del pueblo. Este rescate de la dignidad natural e intrínseca de la mujer es algo importantísimo en la obra de Zúñiga, que a menudo se ignora.

De los dos dibujos originales expuestos, uno es un exquisito desnudo reclinado, en sanguina, y el otro es un grupo que, por cierto, muestra algunos problemas de conservación. Las dos piezas reclaman la intervención de un conservador calificado, lo antes posible.

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Todo el conjunto de obra gráfica se expone rodeado de reproducciones de pinturas de otros artistas mexicanos (recordemos que Zúñiga adoptó esa nacionalidad hacia el final de su vida), lo que subraya los contrastes que hay entre la obra elegante, reflexiva y solemne del maestro, con el colorido –de fines narrativos y descriptivos– que fue más característico del arte de sus contemporáneos en México.

Destaca entre las reproducciones –y también por contraste con las demás– la de una obra de Manuel Rodríguez Lozano, que con característica austeridad muestra la otra cara de la revolución: la huella de la muerte y el dolor. De todos los artistas mexicanos de la época, Rodríguez Lozano fue el que más influyó sobre Zúñiga.

Para quienes no hayan tenido ocasión de ver de cerca y con alguna amplitud la obra personal de Francisco Zúñiga, esta pequeña muestra, en el Instituto de México, es una excelente oportunidad. Además, es anticipo de otra exposición mucho más grande y ambiciosa, organizada por los Museos del Banco Central, que se nos promete para el año 2014.

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