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Cuerpos divinos

Actualizado el 09 de abril de 2017 a las 12:00 am

Representación. La idealización de las formas humanas en el arte académico

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Helena de Troya, hija de Leda y de Zeus transformado en cisne y nacida de un huevo, fue la más bella de todas las mujeres del mundo según Homero. Parte humana y parte divina, su insólita belleza fue el detonante de la guerra de Troya.

Al igual que Paris, cuyas acciones también fueron determinantes en el conflicto, Helena parece haber sido víctima de los dioses, más que culpable de aquella guerra de diez años.

El relato va más o menos así. En el juicio de Paris inducido por Zeus, Hera, Atenea y Afrodita buscaron persuadir mediante sobornos al príncipe troyano de que cada una era la más bella de entre las deidades del Olimpo. Paris estaba obligado a elegir. La vencedora fue Afrodita, quien le ofreció como recompensa el amor de la mujer más bella del mundo.

De forma voluntaria o involuntaria, Helena, entonces esposa del rey espartano Menelao, fue llevada por Paris a Troya. Este rapto (o fuga) desató la guerra, pues los reyes griegos, bajo el mando de Agamenón, viajaron a rescatar a Helena. Gracias al artilugio del caballo de Troya, la guerra acabó con el regreso de Helena a Esparta.

Diana de Versalles, Leocares; copia romana (alrededor del siglo I o II d. C) de un original griego en bronce de cerca del 325 a. C. Fotografía: Rebeca Alpízar.

Homero cuestionado

Algunas partes del mito homérico fueron debatidas en la Antigüedad. Por ejemplo, el erudito romano Dion Crisóstomo sugirió que, en lugar de ser raptada, Helena no solo accedió al viaje, sino que fue esposa legítima de Paris.

Sin embargo, ninguno de los antiguos imaginó el cuestionamiento que el teórico del arte Gian Pietro Bellori haría centenas de años después, en pleno Barroco, en la Italia del siglo XVII.

Bellori, defensor de la teoría clasicista del siglo XVII, redactó un tratado titulado La idea del pintor, del escultor y del arquitecto, escogida de entre las bellezas naturales como superior a la naturaleza (1664), en el que rechazó la posibilidad de que la belleza de Helena hubiese sido absoluta. Por más que fuera hija de Zeus, también era una mujer de carne y hueso, por lo que debía tener “defectos y censuras” como cualquier ser terrenal.

La única razón por la que la belleza humana hubiera podido desatar una guerra como la de Troya, argumentó, era que, en lugar de una mujer, el objeto del rapto y del largo rescate hubiese sido una escultura.

Representación ideal de la belleza

La impugnación de Bellori no fue gratuita. Con este y otros ejemplos manipulados igualmente en su favor, buscaba dar crédito a la teoría artística clasicista. Según esta, para alcanzar la excelencia artística, era preciso saber representar la belleza ideal. La única vía para ello era la observación de la naturaleza, ya que no se trataba de una idea implantada mágicamente en el artista por una gracia divina, ni nada semejante.

El objetivo era formarse en la mente “un ejemplo de belleza superior”, un concepto universal de belleza a partir del análisis de los fenómenos particulares. Con este modelo, el artista podría “corregir la naturaleza” para crear las mejores obras de arte.

Si se alejaba de la contemplación del mundo natural, caería en fantasías inaceptables, falta cometida por los manieristas. Si lo copiaba de forma irreflexiva, con sus defectos, sin seleccionar lo más sublime, como Caravaggio, era igualmente desdeñable. Había que encontrar un justo medio entre ambos extremos.

De este modo, según Bellori, el concepto universal de lo bello, aunque procedente de la naturaleza, superaba su origen y se convertía en el modelo del arte. Dominar la representación del cuerpo humano bajo estos preceptos era fundamental, porque el género histórico –el más importante de todos los géneros artísticos para el clasicismo– lo demandaba.

Pie del padre en el grupo escultórico de Laocoonte, de Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas, siglo I d. C.

El camino corto

La teoría de Bellori, que tuvo sus antecedentes en Giovanni Batista Agucchi y en artistas del Renacimiento como Rafael, Alberti y Vasari, fue adoptada en el siglo XVII por las academias de arte italianas y francesas, y poco después por las alemanas.

En el siglo XVIII, Johann Joachim Winckelmann, teórico del neoclasicismo, también hizo eco de aquellas ideas en sus Reflexiones sobre la imitación del arte griego en la pintura y la escultura (1775).

Para Winckelmann, como para Bellori y sus predecesores, en la época moderna el único camino para un gran arte era la imitación de los griegos antiguos. ¿Cómo concordaron esto con la idea del estudio de la naturaleza? Fácilmente. Los antiguos tenían un insuperable camino andado a ese respecto. Imitarlos era seguir la vía corta hacia la perfección.

Así, la escultura de la Grecia clásica, conocida en gran medida a través de copias romanas –a falta de originales– constituyó el ideal del arte académico. Allí donde los ejemplos auténticos no estuvieron al alcance para su estudio, se utilizaron copias en yeso, acompañadas de diversos métodos de enseñanza del dibujo, como el ideado por Bernard-Romain Julien en el siglo XIX.

La academia costarricense

Las teorías clasicistas están en el trasfondo de la adquisición de los conjuntos de vaciados en yeso y láminas litográficas que ahora conforman las dos colecciones más antiguas de la Universidad de Costa Rica. Importadas de Francia, estas llegaron al país en 1897, como recursos didácticos para la Academia Nacional de Bellas Artes, fundada y puesta bajo la dirección del pintor español Tomás Povedano de Arcos ese mismo año.

El Apolo de Belvedere , la Venus de Milo , la Venus Anadiomena , la Diana de Versalles , Hermes atándose la sandalia , los Luchadores de pancracio , el Laocoonte y otros dioses y humanos de la mitología greco-romana encontraron así cabida en la educación de la nueva institución y en el ámbito cultural josefino.

La apertura de la Academia, la compra de dichas colecciones, la inauguración del Teatro Nacional de Costa Rica –también en 1897– y la develación del Monumento Nacional (1895) son algunos ejemplos, entre muchos otros, de cómo las artes visuales y la arquitectura académica pasaron a ser parte del imaginario nacional de fines del siglo XIX.

Adonis, copia romana de un original griego.

Ahora bien

En ambas colecciones se refleja, asimismo, la influencia de movimientos posteriores como el Romanticismo y el Realismo. Además, se nota la disolución de los límites entre los géneros artísticos que estas vertientes habían ocasionado.

Junto con las copias de obras griegas, romanas, renacentistas, clasicistas y neoclasicistas, también las hay de obras medievales, egipcias, e islámicas, y entre las láminas hay naturalezas muertas y paisajes de artistas franceses. Muestras de todo esto se exponen actualmente en el Museo Calderón Guardia.

La academia costarricense fue una de las últimas fundadas en Latinoamérica. Para entonces, la estética normativa clasicista estaba agotada. Faltaba poco para que, con la influencia de nuevas corrientes, en especial el vanguardismo, poco les importara ya a los artistas si Helena había sido humana, diosa o escultura.

En el nuevo siglo se fue intensificando una amplia respuesta anticlasicista y antiacadémica. No solo surgieron nuevas aristas de la idea de belleza, sino que muchos abandonaron la preocupación histórica de alcanzar este ideal.

La referencia

Exposición: 120 aniversario de la Escuela de Artes Plásticas de la UCR: Calcos en yeso y litografías 1897 . Abierta hasta el 22 de abril.

¿Dónde? Museo Calderón Guardia, 100 metros al este y 100 metros al norte de la iglesia Santa Teresita, en barrio Escalante. Entrada gratuita

Horarios: Lunes a sábado, 9 a. m. a 5 p. m.

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