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Víctor Flury, testigo en las sombras

Actualizado el 16 de marzo de 2014 a las 12:00 am

Víctor Flury. El escritor y devoto del cine es un personaje clave en la cultura de Costa Rica

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Víctor Flury, testigo en las sombras

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Víctor Hurtado Oviedo

El crítico de cine es alguien que vive en las sombras hasta que se encienden las luces. El crítico es un perseguidor de mentiras: el cine, y es mérito conservar la mirada fija en 48 cuadros por segundo. Después, el crítico se saca la gabardina de Humphrey Bogart y sale a la calle para espectar otra función: la vida real, el neorrealismo de gran formato en el que somos actores aficionados. Caminamos corriendo a la casa, al trabajo, quizá porque Vittorio de Sica nos ha robado las bicicletas.

Víctor J. Flury (Argentina, 1936) es ese hombre que ha comprado las mentiras del cine para tornárnoslas en las verdades del séptimo arte. Para el crítico de cine, el séptimo arte es el primero.

Hace muchos años, Flury se asentó en Costa Rica. Ejerció la crítica de cine en La Nación , y hoy se dedica a dar cursos particulares sobre cine y filosofía (su otra querencia). Flury ha publicado narrativa corta ( Cuentos de la Patria Grande, Mantra ), novela ( La brigada anti-esperanza ) y libros de ensayos: Licencia para vivir (artículos) y Días de cine (críticas), entre otros libros.

Conversamos con el escritor mientras la tarde se juega su última oportunidad.

* * *

–¿Quién es usted, señor Flury?

–Soy esa clase de tipo a quienes los demás le preguntan cosas. Siempre contesto: es un acto reflejo más acá de mi saber o no; y es lo que a fin de cuentas me define. Cualquiera diría que hay muchos yos dentro de mí, lo que me tiene sin cuidado.

–¿Dónde nacieron usted y sus otros yos?

–Nací en San Jorge, un pueblo que albergaba unos diez mil habitantes y a mis dos maravillosos padres, en el centro oeste de Santa Fe. No recuerdo cuándo, pero la vida sí y lleva registros de eso. Era una zona de “ganados y mieses”, dijo un poeta y no mentía.

–Su formación es la filosofía.

–Sí. Estudié filosofía en La Plata, lejos de casa; y, día que pasa, día que admiro más a los que fueron mis profesores: Emilio Estiú, Eugenio Pucciarelli, Rodríguez Bustamante, Narciso Pousa... Pousa me guio a la hora de hacer la tesina: Acto y potencia en Aristóteles , y nunca olvidaré su calidez humana.

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–Algunos de sus conocidos de entonces son hoy conocidos de muchos.

–Coseché amigos de los buenos, malos y regulares; algunos, sí, figuras relevantes ahora en el mundo intelectual: Ricardo Piglia , Néstor García Canclini , Julio Godio , y hasta tuve un hermano, no filósofo, sino artista: Derlis Madoni. De los malos y regulares, mejor ni hacer nombres.

–Usted fue existencialista, algo muy años cincuenta.

–Me interesé precozmente en el existencialismo porque era una filosofía que daba la cara y salía a la calle; porque trataba nada menos que de nuestro destino personal; porque su ahora y aquí sacudía el imperio de la Razón e introducía la idea de contingencia en un mundo que se creía explicable y comprensible: lo primero puede ser, lo segundo no.

–¿Qué resta de todo eso?

–Mucho, pero sin su firma: palabras inevitables, por ejemplo. ¿Quién hablaba entonces de “proyecto de vida” o de “existencia auténtica”, expresiones que hoy abarrotan los manuales de autoayuda, los discursos de muchos políticos y gran parte del sentido común?

”En el contexto actual, tamañas voces han sido malversadas, y la vulgarización de la filosofía de la existencia es uno de los tópicos menos felices de nuestra era. No obstante, algo queda de la vieja resonancia, algo nos dice que el existencialismo sigue siendo lo que es y fue, filosofía en su más alto grado”.

–La filosofía como una inquietud perpetua...

–Sí. Gracias al existencialismo, la filosofía, acusada crónicamente de inútil, sigue siendo –hasta nuevo aviso– la mágica forma humana de crear conceptos, de formular problemas, de construir sistemas... ¡Larga vida, pues, a los tataranietos de Sócrates!

–¿Cuáles libros de filosofía recomendaría a los jóvenes?

El ser y el acontecimiento , de Alain Badiou; los Escritos sobre moral y eticidad , de Jürgen Habermas; el bizarro Más allá de la interpretación , de Gianni Vattimo, y unos cuantos más.

–¿Desde cuándo ha vivido usted en las sombras: es decir, en los cines?

–El cine empezó a gustarme de pantalones cortos. En un pueblo chico, sin demasiados atractivos, yo tenía dos pasiones: el fútbol, excepto en las horas de clase, y el cine los domingos. Me gustaban las películas cómicas: Laurel y Hardy , Luis Sandrini , el celuloide...

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–¿Cuál ha sido la época de oro del cine argentino?

–Es difícil hablar de la mejor época del cine argentino, una criatura que dio sus primeros pasos en 1897, aunque a fines de 1957 empieza a ocurrir algo. Aquel cine tenía su prestigio en Latinoamérica, pero entró en la era de los teléfonos blancos y los recursos incoloros.

”Al fin, un caballero de anteojos oscuros, de figura imponente, Leopoldo Torre Nilsson , y su filme La casa del ángel nos despertaron del sueño. Vino entonces una cascada imparable de películas, quizá guardadas en el subconsciente de sus autores”.

–¿Cuáles autores?

–Recuerdo a David José Kohon , Lautaro Murúa y Leonardo Favio , inspirados por el ya reconocido Torre, autor sin discusión. ¿Películas? El jefe , El secuestrador , Fin de fiesta, Shunko, Alias Gardelito, Tres veces Ana, Crónica de un niño solo, La mano en la trampa ...; pero la mano quedó entrampada, y la trampa se llamó “conflictos”: Estado contra productores, productores contra artistas, censores, mal clima, migración, golpes militares...

–Aquel cine se recuperó.

–Salió a flote como un corcho magnético. Una larga tradición de actores, sobre todo teatrales, muy buenos técnicos, directores con brío y ansia de renovación empezó a sentirse con el regreso de la democracia. Las noticias nos hablan ahora de que el sétimo arte pasa por un reconocimiento genuino.

–¿Qué opina del cine argentino reciente?

–Tengo un conocimiento parcial de lo que pasó en estos diez últimos años, pero han surgido directores como Juan José Campanella y Adolfo Aristarain , de talla internacional y rostros argentinos que en la pantalla local nos resultan ya familiares: Norma Aleandro , Federico Luppi , Ricardo Darín y más.

–¿Cuáles serían sus diez películas favoritas?

Ciudadano Kane , de Orson Welles ; Ocho y medio , de Fellini ; Fresas salvajes , de Ingmar Bergman ; 2001 : Odisea del espacio , de Stanley Kubrick ; Una Eva y dos Adanes , de Billy Wilder ; Dersu Uzala , de Kurosawa ; Psicosis , de Alfred Hitchcock ; Sin aliento , de Jean-Luc Godard ; Hannah y sus hermanas , de Woody Allen , y Cinema Paradiso , de Giuseppe Tornatore .

–¿A cuál personaje del cine le hubiera gustado conocer?

–Me hubiera gustado cenar con Susan Hayward , la protagonista de Lloraré mañana (1955), una mujer capaz de montar huracanes con la fuerza de su cintura y las artes de un jinete, del tipo de las que gritan: “¡Allá voy!”. Hubiera almorzado con Luis Buñuel , hablando él de hormigas, y yo de nimiedades inspiradas por el vino.

–¿Conoció santones de la literatura argentina?

–Sí, y de ellos guardo un buen recuerdo: Borges , Bioy Casares , José Bianco , Victoria Ocampo , Cortázar ... También conocí a sus opositores: Martínez Estrada , Pepe Rosa , Jorge Abelardo Ramos y el muy próximo Juan José Hernández Arregui . Esto no significa una ventaja en el caso de Hernández Arregui, quien nos preguntaba en el café, en cualquier parte, qué pensábamos de su último libro, presentado en una librería el día anterior. No toleraba “ejems” o “mire, resulta que yo”…”

–Usted ama la literatura policial: ¿por qué?

–El género negro –cuento, novela– seduce por su estricta ambigüedad, por la creación de quijotes urbanos disfrazados de detectives privados que odian la corrupción y, específicamente, por un código moral que, llevado a su extremo, diferencia a la perfección la justicia de lo judicial.

–Uno de sus héroes es Raymond Chander, autor de la magistral novela “El largo adiós”.

–“He vivido mi vida al borde de la nada”, confesó Chandler en 1959, dos años antes de su muerte. Sentía la vida con intensidad, y el alcance emocional de su prosa es difícil de rastrear en la novelística actual. Siempre lo releo con gratitud y valoro su soledad solidaria, como le ocurría a un personaje de Camus .

–¿Qué le dice su otro yo cuando termina de escribir un artículo o un libro?

–Mis yos se ponen de acuerdo y susurran: “¿Ahora qué?”. Sí…, y, a propósito, ¿ahora qué?

* * *

Ahora, un café negro y una novela negra se observan sobre una mesa: ¿cuál disparará antes? Lo hará el cine, que dispara 48 cuadros por segundo en la casa de Víctor Flury.

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