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Crímenes de Estado

Actualizado el 20 de junio de 2012 a las 12:00 am

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Crímenes de Estado - 1
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Crímenes de Estado - 1

El 14 de noviembre de 1943 la poeta tica Virginia Grutter, con solo 14 años, abordó en su natal Puntarenas un barco de la Armada estadounidense rumbo al campo de internamiento en Crystal City, Texas. Ahí se encontraba preso su padre alemán. Una vez reunida, la familia sería deportada a Alemania.

Las posesiones, segunda novela de Carlos Alvarado, está basada en esta trágica historia que compartieron muchas familias costarricenses de ascendencia alemana durante la Segunda Guerra Mundial.

En Las posesiones, el descubrimiento de esa historia secreta apenas se vislumbra en una lenta primera sección de la novela que se demora en el menudeo de la vida cotidiana de la pareja protagonista. Aquí se repiten algunas deficiencias estilísticas presentes en la primera novela de Alvarado, La historia de Cornelius Brown.

La segunda mitad de la novela, menos preocupada por sonar a literatura, narra con mayor convicción y naturalidad, a través de las apasionadas cartas de Stefan Schmitz o los testimonios de otros personajes, la angustia y el sufrimiento de los expulsados.

Schmitz es denunciado e incluido en una lista negra pública levantada por orden del Gobierno de EE. UU., con la aquiescencia del Gobierno y el pueblo costarricenses, que luego es usada para justificar su internamiento y deportación y para facilitar el robo de sus bienes.

En algún momento, Ana, la protagonista, se pregunta por la responsabilidad que le corresponde en relación con los secretos que ha descubierto. El desenlace de Las posesiones advierte que estas historias, cuando no calzan con la imagen que tenemos del mundo, desembocan de nuevo en la omisión cínica o el olvido deliberado, formas silenciosas de complicidad con la injusticia. “La justicia no existe” –escuchamos decir a un personaje– .“El sistema se basa en la hipocresía.”

Algunas de las víctimas, que eran niños pequeños cuando se vieron sometidos a estas vejaciones y despojos, aún viven entre nosotros. No es tarde para hacer lo correcto: reconocer oficialmente la violación de sus derechos y ofrecer un desagravio a estas familias.

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