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Chesterton, el rey de la paradoja

Actualizado el 12 de enero de 2014 a las 12:00 am

G. K. Chesterton. El escritor inglés resalta las ‘locuras’ del fin de año

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Gilbert Keith Chesterton fue uno de los grandes prosistas del idioma inglés en el siglo XX: católico a su manera, humorista, crítico sutil de tonterías, trazador de intrigantes cuentos policiales, G. K. se ocupó de todo un poco, y también de esos leves absurdos que rodean el festejo de la Navidad, no ha mucho pasada. Presentamos una traducción inédita de un artículo de Chesterton hecha y cedida por Mauricio Sanders Cortés, director de Instituto de México en Costa Rica (V. H. O.).

* * *

ESTA PRÓXIMA NAVIDAD

Las siguientes líneas aparecieron durante la época navideña, en violación de los principios fundamentales de la civilización moderna; como desafío a las leyes vigentes que reglamentan el comercio navideño, las ventas navideñas, los espectáculos navideños, las compras navideñas, e incluso buena parte de las felicitaciones navideñas; en suma, estas líneas cometen el crimen de hablar de la Navidad en vísperas de Navidad.

G. K. Chesterton (1874-1936) fue el creador de un estilo que influyó en numerosos escritores, como J. L. Borges, y este mismo lo reconoció.
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G. K. Chesterton (1874-1936) fue el creador de un estilo que influyó en numerosos escritores, como J. L. Borges, y este mismo lo reconoció.

Por una curiosa costumbre, nuestros tiempos han transformado la Navidad en una vasta anticipación, al convertirla en un vasto anuncio comercial. La mayoría de los periodistas deben escribir artículos navideños en últimos días de verano, y prepararlos para publicación a mediados del otoño. Mientras contemplan la última rosa estival, deben saturar la imaginación con acebo y muérdago, o invocar visiones de nevadas profusas entre bosques caducifolios. Esta característica peculiar de los tiempos modernos está relacionada con otras cosas típicamente modernas. Quizá esté entremezclada con el espíritu profético que subyace en las Utopías modernas, llevando a algunos a llamarse a sí mismos futuristas, basados en la noción singular de que es posible encariñarse con el futuro.

También se vincula con el optimismo que solía expresarse en la frase romántica “se acercan los buenos tiempos”, cuyos adeptos más simples acaso expresarían mediante la fórmula “ahora sí que ya estamos por llegar”, mientras que sus críticos podrían comunicarla en la fórmula mordaz de Lewis Carroll: “Mermelada mañana. Mermelada hoy, jamás”. En lo que toca a predecir en serio la perfección social, apenas es justo afirmar que, por lo menos, muchos están de acuerdo en que se acercan los buenos tiempos, si bien encuentran bastante difícil acordar que, en este precioso momento, ahora sí ya están por llegar. Incluso podrían afirmar que la Utopía está por ser realizada, así como algunos aseguran (a menudo con rictus de amargura) que ya estamos en Navidad, en el mes de marzo o abril.

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Por otro lado, bajo la publicidad oficial, es comparativamente raro decir que ya llega la Navidad en el momento en que realmente está llegando. Todavía más raro es que se afirme, con plena y total satisfacción, que ya llegó la Navidad.

La moda futurista de estos tiempos ha conducido a prácticamente todos a buscar la felicidad en el mañana, en lugar de buscarla hoy. Por tanto, mientras que hay un alboroto incesante, acaso creciente, con respecto a las festividades navideñas, en cuanto a cómo hacer que la Navidad sea realmente festiva el alboroto es considerablemente menor de lo que debiera ser. Los hombres modernos viven con la vaga sensación de que, para cuando llegan al banquete, este está por concluir.

De acuerdo con las prácticas comerciales modernas, los preparativos son larguísimos para ejecutar algo brevísimo. Por supuesto, esto contrasta visiblemente con las antiguas costumbres tradicionales, cuando era la fiesta sagrada de un pueblo más sencillo. En ese entonces, los preparativos consistían en las austeridades del Adviento y el ayuno en la víspera de Navidad.

Luego, cuando comenzaba la fiesta de Navidad, la fiesta continuaba por largo tiempo. Se convertía en una algarabía de regocijo continuo que duraba por lo menos doce días, para concluir en el clímax salvaje que Shakespeare describió en Cómo gustéis . En otras palabras, eran una especie de saturnales que terminaban en que todos hacían lo que les daba la gana, y en William Shakespeare escribiendo poesía sumamente hermosa y bastante irrelevante, acerca de la historia perfectamente implausible de un hermano y una hermana de aspecto indistinguible entre sí.

En nuestra época ilustrada, las historias implausibles se publican en revistas dos meses antes de que Navidad haya siquiera comenzado; en el ajetreo y el trajín de esta publicación prematura, la poesía hermosa se pierde, sin que nadie sepa decir cómo.

Como tratar de ocultar mis prejuicios reaccionarios sería en vano, me engaño pensando que hay algo que decir en pro de la vieja usanza. Tan atrevido soy que sospecho vagamente que sería mejor si la gente disfrutase de la Navidad cuando esta ha llegado, que no aburrirse con las noticias de que está por llegar. Incluso pienso que es mejor ser aquel niñito travieso que enferma a fuerza de comer turrón en Navidad, que ser el niño chocante y nihilista, que enferma de tanto mirar fotografías de turrones y peladillas, que aparecen en publicaciones periódicas o marquesinas multicolor, meses antes de que el niño pueda partir el primer turrón.

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Comoquiera, el turrón se demuestra comiéndolo. Así, se erige como símbolo de muchísimas cosas que en la actualidad la gente ha olvidado como disfrutar en sí mismas, por sí mismas y en el momento en que verdaderamente se consumen. Es demasiado el lugar que ocupan los nombres de las cosas, en vez de las cosas mismas; los proyectos, planes y figuras que anticipan ciertos objetos, en vez de los objetos reales cuando realmente son objetivos.

El mundo tal como lo conocemos está lleno de rumores, relaciones y reflexiones reflejas, en vez de la apreciación directa por medio de la experiencia viva de un apetito. Por ejemplo, la dificultad que siempre se opone a quienes pretenden devolver a los hombres a una vida más simple, basada en trabajar la tierra, cobra siempre alguna forma de la siguiente (verdadera o falsa) objeción: que los hombres modernos serían sosos si se dedican al suelo verdadero de una granja, en vez de dedicarse al paisaje ficticio de una película.

Es un hecho que el paisaje rústico contiene cien detalles interesantes de los que carece el paisaje fílmico. No obstante, los críticos no pueden resolverse a creer que alguna vez el hombre quiera regresar al original, en vista de que es más interesante que la copia.

El materialismo y el mecanicismo de la presente cultura de masas son aparentes: mucho más que nuestros antepasados, habitamos un mundo de sombras. Esto es así por los profetizadores progresistas que nos repiten con ahínco que los eventos del porvenir proyectan sombra hacia atrás. Se asume que nada es realmente excitante salvo el danzar de una sombra; así, se pierde el significado mismo de “sustancia”.

Si bien son lo suficientemente sustanciales, hay otro modo en que los dulces de la época navideña funcionan como signos y alegorías. En Inglaterra, los niños esperan encontrar dinero en su budín, lo cual está muy bien, siempre y cuando la moneda sea secundaria con respecto al budín.

Ahora bien, el cambio del mundo medieval al moderno bien pudiera ilustrarse por medio de la imagen siguiente: existe una enorme diferencia entre colocar una moneda adentro de un budín, y preparar un budín alrededor de una moneda. En los viejos tiempos de la Navidad y de la Cristiandad, había dinero, mercancías y comerciantes. No obstante, en el esquema moral del viejo orden, cualesquiera que hayan sido sus vicios y enfermedades, siempre se asumía que el dinero era secundario en relación con la sustancia, que el mercader quedaba en segundo plano con respecto al productor. El dinero podría regarse sobre este o aquel, mientras se extraían monedas de los budines navideños con singular alegría.

Sin embargo, la idea normal de merecer o disfrutar preponderaba sobre la idea de la ganancia adventicia o accidental. Conforme los comerciantes aventureros fueron al alza, el mundo cambió gradualmente, hasta que la preponderancia cambió de lado por completo. El mundo quedó dominado por aquello a lo que el difunto Lord Birkenhead se refería como “la recompensa rutilante”, sin la cual nadie puede ser movido a realizar nada amable ni saludable, según parecía creer aquel varón.

Entonces fue que los hombres comenzaron a pensar demasiado mucho en la recompensa y demasiado poco en el budín. En relación con el budín cotidiano, esto es una falacia; con respecto al budín navideño, es blasfemia. Hay perversidad mezclada con profanidad en la noción de que el comercio pueda transformar por completo una tradición de origen tan sagrado.

Hay millones de varones y mujeres perfectamente sanos y cuerdos, que celebran la Navidad y con toda sinceridad la siguen manteniendo tan santa como feliz. No obstante, hay quienes, aprovechándose de las estructuras naturales para buscar diversión y placer, las han utilizado para cosas mucho más ruines que diversión o placer. Han traicionado a la Navidad. Para ellos, lo sustancia de la Navidad, como la sustancia del budín, se ha convertido en una pasta rancia, que les sirve para enterrar su tesoro, multiplicando la calderilla hasta convertirla en treinta monedas de plata.

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