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Breves apuntes para un ascenso

Actualizado el 15 de mayo de 2016 a las 12:00 am

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Ser un tercero, es un libro de poesía de la editorial EUNED. Para pedidos: 2527-2440

Byron Espinoza / bdespinozah@gmail.com

Ser un tercero (EUNED, 2015) es el nuevo poemario de Esteban Alonso Ramírez; una obra que nos muestra a un poeta con mayor oficio y madurez. Un libro con la impecable edición de Gustavo Solórzano-Alfaro, cuyo nombre está asociado a títulos maravillosos publicados en los últimos años; con portada de Daniel Villalobos a partir de una fotografía de Ivannia Cambronero Sagot, compañera de viaje de Ramírez y a quien este dedica el libro, “por salvarlos a él y a su autor, del vacío”.

Ya en el texto ¿Final de búsqueda? (10 p.m.) , el verso “Cada abrazo es un ascenso” anuncia que estamos ante un poemario que con sutileza crece, y al igual que un bote que flota hacia su destino sin prisa alguna, nos traslada hacia otras visiones de lo que nos rodea para nombrarlas con la palabra exacta. Ramírez emprende un viaje, y quien lo sigue lo redefine según sus necesidades. Poesía que salta del amor de pareja (“Esta noche, / que procuro con cuidado / no llevarme nada tuyo / cada rincón de la casa / me perfora con tus ecos”) al espiritual (“¿Podría yo buscarte de nuevo / si no hay quien sepa / pronunciar tu nombre?”) –con un misticismo que por momentos adopta un aire cardenaliano, pero que mira con suma criticidad distintas tradiciones religiosas–, hasta finalizar con una denuncia a esta sociedad que se consume y se muerde la cola (“el juego de salvar el mundo / lo dejo al tonto que se lo crea”), dejando espacio para evocar la infancia, como en Saudade , que, junto con Habitación, antes de la mudanza y Domingo, ruta Heredia-San José son puntos altísimos, no solo dentro del conjunto, sino también de nuestra poesía.

Un poemario que también tiene en sus páginas fotografías que el autor atesora en su inventario de recuerdos y de las que el lector bien puede adueñarse: “la barba que hace reír / a mi hermana menor / el reloj de mi tío / la voz de mi padre / los libros que mi madre alguna vez leyó”; y por momentos, desesperanza y una clara consciencia de la muerte: “no es mucha la esperanza / pero se sufre / lo que haga falta / por quien nos haga olvidar / que al final, tal vez / no haya ninguna”; de lo que se acaba, o de la pequeñez de lo que nos es gigante: “Sin embargo / qué efímeros / los imperios / las pirámides / nuestro mundo que colapsa / mi destino / cuando susurro para despertarla / y me abraza”.

Al mejor estilo oriental, acá se dice mucho con poco; de su economía del lenguaje nace un manantial de sensaciones. No hay palabras rebuscadas ni pirotecnia. Tan solo lo justo para decir lo necesario. Tanto el amor al ser amado como al ser superior que a fin de cuentas llevamos dentro son igualmente cuestionados y reinventados.

Un libro lleno de más preguntas que respuestas, que sabe tocar lo que debe tocar y más, donde el poeta demuestra en cada página lo buen observador que es –como debe serlo todo gran artista–, y nos recuerda que nosotros bien podemos ser también, más tarde que temprano, un tercero.

Aquí, danzan juntas personas consumidas por las nuevas tecnologías con otras de corazón grande, al ritmo de La marcha imperial o de Under Pressure . Un libro que en alguno de sus poemas dice: “Sabemos, algo muere / cuando al fin lo encontramos”. Pero estoy seguro que este no es el caso, pues algunos de sus versos vivirán en nosotros.

Una obra que merece ser amada pero no transitoriamente.

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