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La nave vuelve a partir

Actualizado el 21 de julio de 2013 a las 12:00 am

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La nave vuelve a partir

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Imagen sin titulo - GN

Esta obra se titula La nave vuelve a partir y la realicé en el 2010 con la técnica de la acuarela; mide 56 x 76 centímetros. La acuarela es una técnica que he trabajado durante los últimos 35 años, y es la que más ha caracterizado mi obra .

En esta pieza utilicé papel Fabriano de 600 gramos y pigmentos regulares que vienen envasados de manera tradicional en tubos metálicos y de diversas marcas. Empleé agua como medio diluyente y pinceles fabricados para esta técnica.

Como un elemento técnico adicional pinto sobre una superficie vertical. Esta práctica me permite ver de manera frontal lo que realizo: da una perspectiva real de cómo se va componiendo la obra.

La acuarela debe trabajarse de manera precisa, rápida y con decisión para lograr un efecto de espontaneidad, expresión y solución al primer momento. En consecuencia, hay que dibujar y pintar a la vez sumando el ingrediente de la poesía: requisitos que exigen gran dominio técnico, experiencia y buena dosis de sentimiento.

Por simple que parezca pintar una acuarela, es lanzarse al vacío y pretender caer de pie; es el riesgo, la aventura, lo inesperado y la emoción vaciada en la blanca inmensidad del papel; es el camino sin retorno donde no hay espacio para el error.

La nave vuelve a partir es parte de una serie que titulé Reflejos del alma . Esta serie se desarrolla tomando el agua como tema protagonista en sus diferentes expresiones encontradas en el paisaje costarricense; es decir, cuerpos de agua que conforman el agua de mar, lagos y ríos.

Encontré el tema inspirador en una de nuestras playas del Pacífico central en marea baja y casi a la luz del mediodía, en un momento quizás cotidiano y que viven muchos de los habitantes de la zona.

Luego de un breve recorrido ejecutando unos apuntes y con la ayuda de mi cámara fotográfica, tenía la información necesaria para concluir la pintura en mi estudio.

La obra se resuelve de una manera simple: un cielo anónimo, un horizonte pleno, un plano medio de acción y movimiento, más un primer plano en calma y de mucho peso para generar contraste y drama. Además, representé el mínimo de los elementos que conforman este paisaje.

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El reto adicional fue resolver, con pocas pinceladas, el ímpetu de la rompiente en el poco tiempo en el que ella tarda en explotar. Hay que pintarla con movimiento acelerado y violento para conseguir, con gracia y limpieza, el efecto de un impacto vertiginoso. Es aquí donde recurro a elementos cómplices y de suma importancia, como la textura rugosa y la composición del papel en alto porcentaje de algodón, humedecido intencionalmente en dosis pequeñas y concentradas.

El pincel debe estar cargado de sutileza, de la cantidad exacta de pigmento previamente mezclado y diluido en agua, así como de la decisión para que no sobre ni falte nada en esta danza de velos. No se usa el color blanco como pigmento: el blanco del papel es el que se deja ver totalmente o de manera velada.

Empujar el barco, el bote o la panga es empujar la vida hacia delante: lo hace uno solo… porque la vida es solamente nuestra. Aquella embarcación quizá estuvo mucho tiempo en la arena: ¿quién sabe? Tal vez esperaba por mucho, pero allí va de nuevo y otra vez: la nave vuelve a partir.

(Esta obra pertenece a la colección de Patricia y Tomas Thomas, de Pittsburgh, Pensilvania, Estados Unidos.)

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