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Otras disquisiciones: Aristóteles y el patito feo

Actualizado el 04 de octubre de 2015 a las 12:00 am

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El cisne camina como pato. Esta es una verdad inconcusa –lo que sea que sea “inconcusa”–, y, ni citando todos los versos de Rubén Darío en pro del cisne, podrá él (el cisne) refutar que su elegancia se pierde en los deslices de la tierra.

“Obviamente, han cambiado las condiciones objetivas”, alega el cisne en su defensa pues ha oído mucho a los sociólogos que van a hablar, solitarios, al borde del lago cuando se ponen románticos. Un romanticismo aquejado de sociología es como un bolero explicado con Power Point.

Por supuesto, el cisne de hoy ya no es el de antiguo Modernismo, que se dejaba fotografiar en sonetos para que el aedo escribiese “cisnes unánimes” y “los abanicos de vuestras alas frescas”.

Los tiempos cambian porque para eso están, y el cisne de hoy, el cisne pop moderno, se inclina ya más hacia la filosofía existencial y navega en el estanque como en un mar de dudas lanzándonos interrogaciones con el cuello. “Yo soy yo y mi circunstancia”, replican el cisne, Ortega y Gasset, con una sentencia que han hecho célebre estos dos o tres autores.

Estatua dedicada a Hans Christian Andersen... y al patito feo en el parque Central de Nueva York.
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Estatua dedicada a Hans Christian Andersen... y al patito feo en el parque Central de Nueva York.

Así pues, cuando sale del agua y camina con la humildad de un pato, la tierra destrona al cisne como una revolución francesa tentada en demasía por el demasiado cuello del cisne. Sobre el agua, el cisne es un ser superficial. Al mirarse de frente, dos cisnes son una lira de plumas.

En el otro extremo del lago redondo habitan los patos, quienes son la clase media del estanque. Los patos son gente sin grandes pretensiones, cuando nadan no hacen olas, y desean que sus hijos vuelen mejor que ellos.

Pese a todo, de los patos suelen emerger los mayores talentos de las ciencias y las artes de entre las aves. Hasta en la literatura, de los patos salen las mejores plumas.

Lo que disgusta a los patos es el cuento El patito feo , de Andersen, pues el despreciado patito resulta ser un cisne que, al crecer, humilla a los patos con su hermosura. “Vemos moverse a los cisnes y podemos jurar que están conscientes del poder de su belleza, como si vivieran para hacernos sentir humildes”, dice la periodista científica Natalie Angier en su libro El canon (cap. VI).

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El tema de El patito feo suele repetirse en la literatura. La Cenicienta nos narra casi la misma historia, y no hablemos, por invisibles, de telenovelas que descubren que esa humildosa mucama es realmente una heredera (no reconocida) de minas de diamante que incluyen a países africanos.

En el fondo de tales sorpresas está el conocimiento propio o ajeno de la identidad. Edipo sabe quién es cuando le revelan que ha matado a su padre. El patito feo se conoce por igualdad cuando ve otros cisnes; Cocorí se conoce por contraste cuando ve gente blancas. Por una cicatriz, su nodriza reconoce a Ulises; por unas heridas, Tomás reconoce a Jesús.

Los griegos llamaron anagnórisis ese reconocimiento -sorpresa, y Aristóteles lo explica con espléndida manía de filósofo en su Poética (cap. III). Lo que no añadió es que no hace falta una peripecia asaz dramática para saber quiénes somos: basta con estar a punto de cometer una injusticia.

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