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Todos los idiomas nos ayudan a pensar

Actualizado el 11 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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El señor Martin Heidegger fue alguien raro; es decir, una de esas personas que los snobs tienen por coleccionables. Un snob es un señor que anda con un clavel verde (como Oscar Wilde) o que se deja crecer el jardín de una barba de naufragio. Un bombín también ayuda.

Un snob es una persona que se ha concedido la libertad de hacer las tonteras que nosotros solamente imaginamos, lo cual demuestra que (contra lo que bien saben los demás) no carecemos de imaginación, sino de frescura.

Un snob es un señor tan fresco que, si no fuese Homo sapiens, sería un jugo de naranja. Por su desenfado, los snobs no provocan una sana envidia, sino una envidia de verdad, la única que existe (¿para qué engañarnos a nosotros mismos si para eso están las elecciones?).

Los snobs emiten frases célebres que se llaman boutades, como esta: “Lo menos común es el sentido común”. Las boutades son ironías tituladas en francés que se pronuncian en cualquier idioma donde vivan snobs. Otra prueba de que no somos snobs consiste en el hecho de que, mientras que los snobs dicen ocurrencias, nosotros decimos lo primero que se nos ocurre.

Una ocurrencia snob es propiedad del filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976): solamente los idiomas griego y alemán son aptos para expresar filosofía. (Ya nos imaginamos la opinión de Aristóteles sobre la opinión de Heidegger.)

Oscar Wilde.
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Oscar Wilde. (Wikicommons)
De paso habría que añadir que el señor Heidegger fue un militante del partido nazi y que pagó sus cuotas hasta que en 1945 se le acabó, no el dinero, sino el partido. Así pues, siempre cotizó (o escotó, cual decimos los puristas; o sea, los snobs).

Nadie serio toma en serio la boutade de Heidegger. El filósofo mexicano Jaime Labastida afirma: “No hay lenguas privilegiadas y especialmente aptas para hacer filosofía” (ensayo El español como lengua de conocimiento ). En el mismo sentido ha escrito el filósofo argentino Juan José Sebreli: “La identidad de la función de la lengua griega y la alemana tenía, para Heidegger, una causa racial, una misma ‘cepa étnica’ helénico-germánica” (libro El olvido de la razón, cap. III, 1).

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Tal es una “cepa” imaginaria, maliciosa, destinada a legitimar la propia filosofía de Heidegger y la “superioridad” de la “raza aria”.

En sentido contrario, el historiador Martin Bernal escribió el libroLas raíces afroasiáticas de la civilización clásica , en el que resume los aportes egipcios y semitas a la cultura griega. Una parte (pero solamente una parte) de la cultura griega anticipó los principios de la democracia y de la ciencia; lo demás es casi casi lamentable.

Las personas inventan o copian las palabras que requieren: la Internet existió antes que la palabra Internet. La palabra sigue a la necesidad: es su sombra. Todos los idiomas pueden formular ciencia y filosofía y ayudarnos a pensar. Lo que nos impide pensar es el pensamiento de Martin Heidegger.

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