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Alma Grande y los bomberos

Actualizado el 09 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Alma Grande y los bomberos

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Mientras algún político titularía Yo en mi vida su autobiografía, otra se llama extrañamente Historia de mis experiencias con la verdad . No es un libro de filosofía (aunque –en realidad– también), sino la vida de Mohandas Gandhi contada por él mismo: por el padre de la independencia de la India, a quien llamaron Mahatma : “Alma Grande”.

Aquel libro se abre como alas que llevan al autor y al lector hacia los principios éticos que normaron la vida de Gandhi: la compasión, el respeto por los seres humanos y por todos los seres vivos, la democracia, el rechazo a la violencia...

Gandhi aprendió algunos métodos de lucha pacífica en su hogar; así, cuando sus hermanos se peleaban, su madre dejaba de comer.

Por actitudes conciliadoras y sacrificadas como esa, en su libro La personalidad revolucionaria , el psicólogo Victor Wolfenstein atribuye a Gandhi un componente “femenino”. Filósofos actuales, como Victoria Camps ( El gobierno de las emociones ), creen también que el más femenino “valor del cuidado” complementa el frío valor de la justicia y de la ley.

En realidad, Mohandas Gandhi se iluminó bajo principios que no eran nuevos; ya los habían encendido religiones orientales –como el hinduismo y el cristianismo– y algunas filosofías griegas posteriores al racista-esclavista Aristóteles: el cinismo, el estoicismo y el epicureísmo. Para ellas, la especie humana era una sola, y todos sus miembros merecían igual respeto.

Esas son las filosofías humanistas ; y, aunque se diferencien en detalles, siempre vuelven a su primer amor: el respeto por la dignidad ajena, la que, reflejada en los otros, es el respeto por uno mismo.

¿Debemos amar al prójimo? La palabra tal vez nos quede grande. El amor es una emoción, y las emociones son espontáneas: como la risa, y como la emoción que causan (o no causan) palabras que llaman “poesía”. En cambio, el respeto es una decisión, incluso hacia las cosas: respetamos el semáforo, pero no lo amamos (en realidad, tememos el castigo o respetamos el derecho a pasar de los otros).

En 1964, el biólogo Bill Hamilton empujó luminosamente la ciencia cuando formuló su teoría de que cuidamos a nuestros parientes más cercanos pues compartimos genes con ellos (50%, 25%, etc.). Esto confirma una experiencia de todos: nos conmueven la alegría y la pena de quienes nos son próximos (prójimos), pero nuestras emociones se pierden a lo lejos como mueren –a lo lejos– las ondas circulares que una piedra hace sobre un lago.

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Respetar y amar a los lejanos (no a los próximos) no está grabado en nuestros genes, pero sí lo está la emoción difusa de la compasión, y la dirigimos –sin desearlo– a quien sufre. Si nos hace fríos y lejanos por una parte, la naturaleza nos torna cálidos por otra; mas solo pocos –autoeducados en la compasión– son héroes-Gandhi; a veces los llamamos también “bomberos”.

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