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Alberto Salcedo Ramos: el oficio de la paciencia

Actualizado el 04 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

El reconocido cronista colombiano, invitado a la Feria Internacional del Libro, habla sobre el trabajo de escuchar y sentir las historias

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Alberto Salcedo Ramos: el oficio de la paciencia

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Algunos libros de Alberto Salcedo son La eterna parranda , El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé y Botellas de náufrago . Podrá encontrar textos suyos en la Feria del Libro, en especial en el stand de Duluoz.

"El periodismo se hace de las sobras de la realidad”, dice el escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos. El más conocido de los periodistas de su país, Premio Ortega y Gasset de Periodismo, es un orfebre de la paciencia. Cuando pasa todo el barullo de la noticia, de la bomba de información, hay personajes que quedan al fondo, testigos silentes del drama. El periodista espera. Escucha. Luego escribe.

Cuando escribe, al final de la delicada trama de preguntas, respuestas, silencios y distancias que conforman todas las historias, lo hace con pasión por la palabra y por llevar al mundo una visión, entre muchas posibles, de lo que se vive ante la historia. Personajes pequeños y grandes se hermanan en sus crónicas: el periodismo es pasar tiempo con la gente. La que sea.

Invitado a la Feria Internacional del Libro, compartió su visión acerca de la crónica y sus formas.

– ¿Cómo entiende usted la crónica ahora? ¿Cómo ha cambiado a lo largo de años de practicarla?

– Empecé a hacer crónicas cuando ni siquiera sabía qué era eso. No tenía un bagaje académico sobre el género y, por tanto, desconocía sus antecedentes y alcances. A pesar de esa ignorancia, escribía. Hay un verso navajo que me encanta: ‘Salta, ya aparecerá el piso’. De alguna manera eso fue lo que hice: arrojarme al agua aunque no supiera nadar.

”Últimamente hay mucha gente que busca fórmulas para entonces sí dedicarse a hacer las crónicas. En consecuencia, ahora hay más pontífices que reporteros. Es el cambio más visible que percibo. Por otro lado, el auge de las plataformas digitales ha generado también muchas transformaciones significativas. La crónica clásica que conocimos en los diarios, y que luego migró a las revistas, hoy subsiste más que todo en los libros. En Internet prevalecen los materiales cortos, estilo post de redes sociales, y también está en boga el llamado ‘periodismo de datos’”.

– Me parece que se ha hablado mucho de la forma de la crónica, pero muy poco de sus políticas: cómo se acerca el periodista a sus sujetos, a ciertos grupos y no a otros, cuánto se escribe sobre el poder... ¿Percibe esa ausencia? ¿Escribimos poco sobre quienes están “arriba”?

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– Martín Caparrós dice que la crónica es eminentemente política porque se rebela contra la idea de que el periodismo consiste en informarles a muchos lo que les sucede a pocos. Esa es una de las maravillas del género. En todo caso, tienes razón en que la crónica debería ocuparse más de los ámbitos de poder, pues ya hemos escrito bastante sobre la villa miseria y sobre los seres marginales.

”A mí me parece que narrar el poder sería muy útil para nuestras sociedades: ayudaría a explorar la condición humana de los líderes y a entender la dinámica de la política”.

– Se ha hablado sobre las virtudes de la crónica latinoamericana, pero ¿cuáles son sus vicios? ¿Qué la pone en riesgo?

– Entre los vicios menciono una debilidad manifiesta por los seres freaks y por el exotismo.  En Colombia acuñamos la palabra “pornomiseria” para definir ese periodismo en el que el reportero se regodea mostrando a los menesterosos como si fueran una atracción de circo. Convertir  en espectáculo las penurias de los excluidos es pisotear la dignidad humana.

”La crónica latinoamericana también suele ser desmesurada en su lenguaje. Somos dados al artificio fácil, a la metáfora gratuita y narcisista, al adjetivo pintoresco”.

– Al ver hacia atrás, hacia tantos perfiles de otras personas, ¿cómo se ve usted? ¿Qué ha aprendido y qué lo ha sorprendido encontrar?

– Escribir sobre los demás es una forma de escribir sobre uno mismo. Cuando a Flaubert le preguntaban quién era esa mujer adúltera que había inspirado su célebre novela, él respondía: ‘Madame Bovary soy yo’. En la no ficción sucede algo parecido: las personas sobre las cuales escribimos suelen perfilar nuestro propio rostro.  Aunque uno se ocupe de los otros, escribir es una forma de desnudarse.

”El yo siempre sale a flote porque, como decía Miguel de Unamuno, ‘soy el hombre que tengo más a la mano’. He conocido gran parte de lo que soy al conocer a los demás. En ese ejercicio uno aprende tolerancia porque se la pasa oyendo a los otros, y así termina entendiendo sus razones aunque no las comparta”.

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–Existe profunda preocupación sobre el tema económico: cómo escribir una buena crónica desde la escasez de recursos en medios tradicionales. ¿Cree que tal contexto tendrá efecto sobre las formas de escritura de la crónica? ¿Considera que podría afectar su desarrollo de alguna manera?

– Un tío mío tiene este dicho: ‘No se preocupe por dinero, que dinero no hay’. Es su forma de decir que si uno se pone desde antes a medir la posible rentabilidad de todo lo que quiere hacer, pierde impulso. Quien tiene como punto de partida el sueño de ser millonario, debería dedicarse a algo diferente al periodismo. Podría ser un magnate petrolero, por ejemplo. No digo que haya que hacer necesariamente un voto franciscano de pobreza, pero sí hay que acostumbrarse a la idea de que el periodismo no es un oficio para enriquecerse.

”Sin embargo, quienes lo asumimos con pasión consideramos que es una actividad hermosa y útil para la sociedad. Si tienes esa convicción, ninguna dificultad te enturbiará la alegría de ejercer este oficio que Camus llamó el mejor del mundo”.

– La mayoría de periodistas de la región trabaja con escaso tiempo, poco espacio para acercarse a sus sujetos y un par de páginas para escribir sobre ellos. ¿Cuáles son las herramientas para hacer una buena crónica en ese contexto? ¿De qué manera se puede compensar?

– Esa es una respuesta que depende de lo que cada quien busca como periodista. Mucha gente es capaz de contar historias en ese espacio y en esas condiciones. Yo tengo una columna de solo 530 palabras, y allí suelo publicar crónicas sobre temas diversos. La crónica no tiene que ser extensa necesariamente, aunque ahora haya tantos colegas convencidos de eso. García Márquez decía que no es lo mismo una historia larga que una alargada. Es un reto aprender a usar los recursos que hay en el momento. Conozco textos cortos que reflejan una gran ambición. Obviamente hay proyectos que no se ajustan a ese espacio tan breve. En tales casos hay que apelar a los libros y a la revistas de largo aliento.

”Recuerda que Kapuscinski hablaba de la doble agenda: puedes cumplirle al empleador con lo que él espera de ti y, además, desarrollar tus proyectos personales. Un periodista que se limita a sobrevivir a cada jornada se va volviendo gris y triste. Hay que tener siempre proyectos nuevos, sueños por los cuales luchar”.

–¿Qué es esencial en un buen perfil biográfico?

–Revelar la esencia del personaje. Hacerlo sentir vivo ante los ojos del lector.

– ¿Cómo ha cambiado el auge de la crónica nuestra forma de entender la historia reciente de América Latina?

–Los grandes cronistas y reporteros han arrojado una mirada perspicaz sobre los problemas sociales de América Latina. Hay fenómenos que no pueden explicarse a través de datos escuetos. Para forjarse una conciencia sobre ellos se necesita verlos en su dimensión humana.

”Las cifras de las muertes que ocasionó Pablo Escobar no revelan su psiquis patológica. Eso se nota cuando uno ve a este mafioso en escena, cuando uno ve la recreación de su contexto, así ya ve con claridad quién era el tipo. En la crónica procuras un orden que le permita al lector ver lo que antes no había visto. Narrar es ordenar y ordenar es entender”.

–¿Cuáles historias de nuestros países falta contar?

–Las de los mineros, que han sido tan nefastos para el ecosistema, pero como reparten pauta publicitaria a manos llenas para que nadie les escrute el negocio. También hay que contar historias sobre los magnates de América Latina, que son quienes mueven los hilos del poder. El político al que todos atacamos es, después de todo, un blanco fácil. En cambio, se necesita mucho valor para explorar el poder económico y, cuando haya lugar, denunciar sus comportamientos torcidos.

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Fernando Chaves Espinach

fernando.chaves@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Coeditor del suplemento Viva de La Nación. Productor audiovisual y periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre literatura, artes visuales, cine y música.

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