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Alan Turing, héroe de dos guerras

Actualizado el 05 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Alan Turing, héroe de dos guerras

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Algunos somos tan malos en matemáticas, que funcionarios del Ministerio de Educación iban a conocernos porque no creían que existiéramos. Ingenuos: iban a conocer la realidad y se topaban con nosotros, que estábamos fuera de la realidad. Ignorábamos las matemáticas, pero nuestra sola existencia era un reto al cálculo de probabilidades.

Fotografía de Alan Turing.
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Fotografía de Alan Turing. (Wikicommons.)

Por irónico que parezca, todo chico arduo para las matemáticas es un niño-problema.

No se sabe bien a qué se deba tal dificultad con el manejo de los números, que viajaban hacia nosotros como palomas mensajeras con la dirección equivocada. Nos movemos aquí en el reino de las hipótesis, en el que todos somos plebeyos.

Los números y los fantasmas se parecen en que unos y otros solo existen en nuestra imaginación (a nosotros, de niños, nos asustaban los números y los fantasmas).

El filósofo y físico Mario Bunge ha precisado que los números son reales (en la mente), pero inmateriales pues la característica esencial de la materia es el cambio. Los números no cambian –excepto en los sorteos de las loterías, en los que nunca aparece nuestro número–. Así, aunque él no quiera, el número 1 será el mismo por toda la eternidad.

Como no tienen nada que hacer, los científicos se dedican investigar cómo es el universo, incluidas la mecánica cuántica y la sociología: los dos campos más inciertos de la realidad. Los físicos se asombran de la incertidumbre que obsequian las partículas subatómicas, pero eso no es nada comparado con los pronósticos de las elecciones.

Los neurólogos denominan discalculia la dificultad extrema en el manejo de las matemáticas. Acalculia la llama Jacques-Michel Robert y la asimila (como otra afasia) al síndrome de Gerstmann (Entendamos nuestro cerebro, cap. XI).

Al parecer (otra incertidumbre), la habilidad matemática reside en la zona parietal izquierda del cerebro. Se deduce esta condición a partir del estudio de personas que han sufrido lesiones en tal zona: sufren discalculia.

Se considera la gran destreza matemática como una forma de la genialidad. La tuvo el inglés Alan Turing (1912-1954), precursor de los programas informáticos. “De modo indirecto, una de las personas más influyentes del siglo XX”, lo ha llamado el filósofo Tim Crane (La mente mecánica, cap. III).

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La influencia de Turing fue una llama doble –si Octavio Paz nos deja robarle un bello título–. Por una parte, imaginó una máquina que podría tomar decisiones complejas basadas en algoritmos (instrucciones sucesivas que orientan en la realización de una tarea). Por otra parte, Turing ofreció su genio para la misión de descifrar los códigos militares de los nazis, y su éxito aceleró la victoria aliada.

Años después, Turing se suicidó, humillado y ofendido porque lo acusaron de realizar actos homosexuales (él era homosexual). Turing fue héroe de dos guerras; perdió la segunda, pero la ganará.

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