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La ley de la hora pico

Actualizado el 12 de abril de 2015 a las 12:00 am

Detrás de los lentes oscuros hay gente que administra nuestras demoras en carretera. El caos es su rutina, y en medio de él encuentran cordialidad en el trato con los choferes..., casi siempre

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La ley de la hora pico

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Cientos de miles de vehículos salen a la calle a diario, cada hora pico, para encontrar el camino a una escuela, un trabajo o un hogar. Una marabunta devora el asfalto, y en medio está la figura blanca del tráfico que regula su paso.

Digamos que ahí está Nelson Medina, a quien hace nueve años lo atrajo la prestancia del uniforme, y que hoy ha sabido agarrarle el gusto al control de carretera.

A él lo encontramos domando el cruce del Colegio Castella, sobre la autopista General Cañas. Este es uno de los tres puntos que sendos reporteros de Revista Dominical visitamos la mañana del lunes de regreso de Semana Santa para medir la temperatura de un oficio ingrato y necesario. También, peligroso.

“Esto está fatal, está cargado, pero ahí va fluyendo”, nos informa Nelson cuando lo abordamos. ¿Acaso el tránsito en este lunes es especialmente malo? “Está parecido a todos los días, está normal”.

Esa es una primera lección que podríamos sacar: cuando un oficial dice que un flujo de hora pico en una zona conflictiva está fatal, quiere decir que está normal, y viceversa.

Sería fácil reducir el papel del oficial al de un organizador, pero démosle más crédito: él está en medio de la marea velando por la equidad.

La presa no piensa, la presa simplemente es, y ahí está el oficial para que la congestión no nos joda tanto, o al menos, para que nos joda a todos por igual. Lo suyo es la justicia social del camino.

No hay vías principales y secundarias a ojos del controlador de carretera, solo existe un ojo entrenado para definir cuando una ruta “ya viene muy cargada”.

¿Es ángel o demonio? Depende de cuál lado del cruce se encuentre usted.

Vía llena

La intersección del Castella está rodeada de cafetales y, para está época, el estruendo de las chicharras compite en decibeles con el de los miles de vehículos que se mueven por la mañana en la vía Alajuela - San José.

Este es uno de los puntos calientes para la regulación, y también es uno de los puntos calientes, a secas. Bajo un sol al que se le hizo tarde para terminar la Semana Santa hay un oficial controlando el ingreso a la pista desde la vía que viene del puente; otro controla el paso antes de entrar a ese mismo paso y hay un tercero que está por el cruce que lleva a Barreal de Heredia, frente a la agencia Renault.

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Allí encontramos a Claudio Ramón Villalobos, un oficial que llegó a la Policía de Tránsito hace cuatro años, luego de que dejara su empleo de inspector del Ministerio de Salud. Nadie quiere que lo detenga un tráfico, pero si usted debiera pasar por ello, preferiría que lo hiciera Claudio.

Él es conversador y al hablar con él se percibe que le es fácil ponerse en el lugar de quien viene en carretera, o como se dice en el ambiente, del “usuario”.

“Uno entiende a la gente: es cansado ir manejando tanto y llegan a creer que la presa la hace uno”.

A él no le ha pasado ningún chasco, pero dice que hay compañeros que han debido atemperar los ánimos de un chofer que se baja del vehículo a alzar bronca, reclamando porque percibe que el oficial les grita en un cruce.

“La gente no entiende que en la calle hay mucho ruido, y nosotros tenemos que hablar fuerte porque, si no, no oyen”.

Dice Claudio que él, por lo general, se ha encontrado con usuarios agradecidos, aunque nunca falta quien saque la cabeza por la ventanilla para gritarle: “¡Haga algo, vago!”.

“Todo el mundo quiere llegar temprano al trabajo y nadie quiere levantarse temprano”, dice su compañero Miguel Salazar, quien está regulando la entrada al puente del Castella. Él tiene nueve años en el Tránsito; es alto, fornido y controla el tráfico detrás de unos lentes espejados.

La gran mayoría de la gente que viene por estas vías tuvo vacaciones la semana pasada; Miguel, por el contrario, dice que él y sus compañeros deben descartar los planes de vacaciones en Semana Santa, igual que durante las fiestas de fin de año, épocas en las que habitualmente hay más trabajo.

“Con costos y a uno le pueden dar vacaciones en invierno”, dice Miguel.

Él controla los vehículos que llegan a él en tres sentidos. A sus espaldas hay un trillo de lastre que da acceso a uno de los cafetales que oxigena al menos un poco de tanto esmog. Aquí se manifiestan, con toda claridad, las huellas de una red vial que soporta una flota vehicular excesiva, que está trazada sobre el dibujo de una ciudad que fue principalmente agraria hace no mucho tiempo.

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Nelson Medina dice que este cruce, el del Castella, y el del puente Juan Pablo II son los más conflictivos que ha atendido.
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Nelson Medina dice que este cruce, el del Castella, y el del puente Juan Pablo II son los más conflictivos que ha atendido. (Gabriela Téllez)

“Esto se ve distinto a cuando yo empecé”, dice Nelson Medina, el oficial que está en la propia General Cañas, y agrega: “Todos los años salen distintos puntos de regulación”.

Nelson está consciente de que la red vial no le sigue el ritmo al crecimiento en la flotilla vehícular. “Todos los años hay Expomóvil, y todos esos carros terminan en el centro de San José”, cuenta entre los intervalos cuando debe poner y quitar una barrera plástica de color naranja que detiene el flujo de vehículos del carril externo de la pista. Nos referiríamos a ella como la ruta exclusiva para buses, pero ese nombre es la mejor ficción del lugar.

Ahí queda momentáneamente atascada la vannette Kia, el Toyota Corolla y el autobús Blue Bird. El rostro de Nelson por lo general es inexpresivo, mecánico, el de cualquier operario que está concentrado en una labor repetitiva. De pronto, su ceño se frunce y empieza a gestualizar contra el chofer de un sedán negro. “Iba con un celular, ¿no vio? Se aprovechan de que lo ven a uno de espaldas”, explica cuando regresa.

Dirección orquestal

Alexánder y Randolph tienen tanto tiempo de hacer dupla que, en los corrillos del Tránsito, se refieren a ellos como Starsky y Hutch…, o Batman y Robin.

El dúo dinámico tiene casi una década como pareja indisoluble, lo que poco a poco le ha permitido ahorrarse las palabras a la hora de trabajar.

“Esto es como el béisbol: nos comunicamos a puras señas. Yo veo cómo mueve la cabeza o los gestos que hace con las manos; si él alza los brazos, yo ya sé si tengo que dejar pasar los carros o más bien detenerlos”, comenta Alexánder Solano Quirós, con 15 años de experiencia como oficial de Tránsito.

Este lunes, la pareja está apostada en el “cruce Figueres”, en Curridabat, donde en una esquina hay pizzería, en diagonal una tienda de ropa casual, al frente una venta de motores y, por último la casa de una familia expresidencial, la misma que le da el nombre a la intersección.

En aquella confluencia perpendicular de cuatro sentidos, la prioridad número uno consiste en favorecer el paso del incansable flujo vehicular que viene de Tres Ríos y Cartago y que avanza en dirección a San Pedro.

“Los que vienen de ese lado pasan felices porque les damos más tiempo, pero los del otro lado se ponen enojados, pitan y madrean de todo, pero es que no se puede satisfacer a todos. Algunos nos gritarán, pero el oficial no puede hacer nada más que tragar saliva”, explica el espigado Randolph Foster, el oficial limonense de 46 años que hace década y media ingresó al Tránsito en San José.

En una sola apertura de paso de norte a oeste pasan siete carros, de norte a sur van 25, con otra indicación 18 corren de sur a norte y más tarde irán 29 a de oeste a este...

En cambio, en sentido este a oeste, los números son más altos. En un solo turno pasan 113 carros, luego 95, el siguiente turno 88… El tiempo en que permiten el avance en aquel sentido es el equivalente a tres semáforos en verde.

Eso debería dar igual, pues cuando el tráfico está ahí parado, en realidad no importan los colores que estén iluminados en aquel dispositivo electrónico; cuando ellos se hacen presentes, el conductor puede entonces ignorar momentáneamente la señalización vertical y horizontal porque –de nuevo– los oficiales están por encima de lo que digan aquellos rótulos.

La ecuación resulta sencilla, pero parece no ser tan bien comprendida por todos los que van detrás de un volante o una manivela.

Eran las 8 a. m. cuando un motociclista distraído quiso pasarse de listo y avanzar en verde cuando Randolph tenía su mano levantada con el gesto universal de “PARE”. “¡Eeeeh, eeeh, eeeh!”, vociferó el oficial. “¡Qué barbaridad con usted!”, manifestó el otro, en claro tono de regaño.

Nada pasó: “Perdón jefe”, dijo el conductor con casco, con risa y pena de por medio, cuando finalmente pudo avanzar.

Otra señora, en un pequeño carro blanco también quiso ignorar los conos fosforescentes que dividían dos carriles a un costado de la pizzería y, sin mayor raciocinio, se atravesó para cambiarse de un carril a otro sin reparar en la espantosa obstrucción en la que incurría.

“¡Ay, no!, me equivoqué, no sé lo que me pasa hoy”, le dijo a Randolph cuando este se acercó hasta el carro con los ojos pelados. “Así pasan los accidentes; en un abrir y cerrar de ojos”, dice él con severidad.

Hay entre 810 y 850 oficiales activos en la Policía de Tránsito de Costa Rica. En la imagen vemos a Nelson Medina.
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Hay entre 810 y 850 oficiales activos en la Policía de Tránsito de Costa Rica. En la imagen vemos a Nelson Medina. (Gabriela Tellez)

Aquellos fueron los momentos de mayor intensidad que vivió la pareja de tráficos en un operativo matutino que comenzó a las 6 a. m. y que concluyó dos horas y media después. Pasadas las 8:45 a. m., los dos tráficos se estarían montando de nuevo en su unidad técnica policial, una de las seis que, a nivel nacional, son capaces de medir la emisión de gases y la intensidad sonora de los vehículos en carretera.

A las 5:15 a. m. habían recogido aquel carro Toyota Hiace, para emprender camino. Después de las 9:30 a. m. ya habrán desayunado en cualquier lugar “bueno, bonito y barato” y a las 2 p. m. –en un día normal– habrá terminado su jornada laboral, si es que no aparecen imprevistos.

“Aquí sabemos a qué hora entramos, pero si hay un choque con muerto, una huelga a o una manifestación, entonces tal vez nos den las 10 u 11 de la noche, y aquí seguiremos”, cuenta Foster.

Tanto él como su compañero se incorporaron como abogados en el 2013. Ahora, lo que sigue es conseguir el notariado pues, aunque están contentos en el Tránsito, desean “surgir en algún momento”.

Los juristas de gorra y chalecos reflectivos agitan sus manos como un director de orquesta. Paran aquí, prosiguen allá… Hay amabilidad en sus movimientos de mano, pero su investidura los viste con inevitable autoridad e intimidación. En los operativos de regulación de tránsito, sin quererlo, se convierten en los dueños del tiempo de los conductores desconocidos, al menos los que, por la mañana pasan por aquella esquina de Curridabat.

La tarea de regular resulta suficientemente compleja, pues la pareja de oficiales acepta que cuando su labor es esa, les resulta imposible revisar placas con restricción, los cinturones bien colocados o los conductores con celulares en mano. Si se detuvieran en aquellas infracciones más bien aletargarían el flujo vehicular… y aquello los metería en un embrollo automovilístico.

“Hay personas a las que les molesta la regulación pero no entienden que esto es clave. Si no hubiera regulación, el tiempo de hora y media se convierte en tres horas”, dice Solano Quirós. Foster complementa: “Si hubiera educación vial, no se necesitarían oficiales de Tránsito, pero si no estuviéramos aquí, el tránsito se complica… como dicen: ‘Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta’”.

Ruta estudiantil

A las 6:30 de la mañana del lunes 6 de abril, el sol calentaba el puesto de regulación ubicado al final del puente sobre el río Virilla, llegando al estadio Saprissa.

Apenas una decena de conductores que subían por la ruta 32 quedaban detenidos para dar paso a los cientos de automóviles que –a toda marcha– se aprovechaban del carril reversible para, minutos más tarde, soportar la presa que marca la entrada al casco josefino y el final de la autopista Braulio Carrillo.

Un kilómetro más arriba del puente, en el cruce de barrio El Socorro, lo que calentaba era el flujo vehicular. Bajo un cielo de nubes oscurísimas, se divisaba una interminable serpiente formada por vehículos que bajaban por la cuesta que viene de Santo Tomás y que, según el oficial Kenneth Ulloa, se convierte en la segunda salida más importante de Heredia, después de La Valencia.

Ulloa viaja en su motocicleta para acompañar a los carros que van, a dos carriles, hasta el puente del Saprissa y regresa hasta barrio El Socorro para avisarle a su compañero Ronald Villalobos que debe volver a detener el tránsito porque los automóviles que vienen de Tibás y San José ya van a utilizar la vía. Cualquier error podría terminar con una sábana blanca sobre el pavimento.

El tedio @  mañanero es parte de la rutina en la General Cañas y en Curridabat.
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El tedio @ mañanero es parte de la rutina en la General Cañas y en Curridabat. (Gabriela Tellez)

Mientras esperan, un conglomerado de motocicletas se reune y comienza a acelerar los motores justo frente a Villalobos, quien se queda solo durante casi todo el operativo, pues en este punto no se trabaja en parejas, tal como se hace en otras zonas conflictivas de la red vial metropolitana.

“Entre más aceleran, más se quedan. Entre más tocan el pito, más se le da vía al otro lado”, dice Ronald, en un intento por banalizar la presión que ejercen los usuarios sobre los oficiales.

Pese a la prisa que llevan los conductores por llegar a sus destinos, un solo motociclista tiene la cortesía de estirar la mano para saludar a Villalobos.

Sin embargo, dice el oficial, este tipo de personas amables son las que menos se ven por las calles. “Solo madrazos nos pegan aquí. Nos dicen: ‘Vagabundos, ¿por qué no madrugaron más? ¿No ven que no voy a llegar a las 8 a la oficina?”.

Ulloa también se lo toma con calma. Según dice, intenta reflejar en su trabajo el carácter pacífico que lo distingue. “Si a usted le gusta el trabajo, esto es parte de... Uno no puede amargarse ni absorber los problemas de la gente. Si me lanzan un madrazo, yo prefiero decir: ‘Señor, que tenga buen día’”.

Conforme avanzan los minutos, la autopista empieza a llenarse de busetas que van hacia la Lincoln School. Este es el momento de mayor tensión, pues los conductores que intentan salir de Heredia comienzan a exigir que se habilite el carril reversible.

El problema, dice Ulloa, es que los usuarios no entienden que no se puede paralizar tránsito cerca de las 7:30 a. m. porque esa medida impediría la entrada de las microbuses cargadas de estudiantes.

Para esa hora, el timbre del centro educativo habrá sonado, las vías heredianas volverán a exhalar vehículos con impacientes conductores y, en un santiamén, la autopista quedará desolada. Incluso Ulloa y Villalobos habrán emprendido su camino, este último, en un rápido intento por esquivar la interrogante sobre si en medio de las presas alguna vez una mujer bajó la ventana para gritarle una pachucada. “Sí... pero yo soy casado. Que tenga buen día”. Se terminó de ajustar el casco y se marchó en su moto sin decir más.

Los peores gajes del oficio

No todos corren con la misma suerte de Miguel, Nelson y Claudio; la de Starsky y Hutch; o la de Kenneth y Ronald. No todos pueden seguir su ruta luego de que terminan los operativos de regulación.

En el 2004, en un día en que el oficial Sergio Sandí estrenaba zapatos, un camión que circulaba por lo que se conoce como el cruce de Supercharlie, en la ruta que va a La Carpintera, tuvo que abrirse para virar. Sandí estaba apostado en una orilla de la carretera y debió retroceder a una zona enzacatada, sin percatarse de que había un pico de metal de una señal de tránsito que se habían robado.

El zapato se le perforó y cayó “de hocico” hacia la calzada. Hasta el arma se le desprendió. Como resultado del incidente, quedó con una lesión lumbar.

Un año más tarde, cuando se estaba recuperando, cayó en una alcantarilla sin tapa en la esquina donde está la Renault para evitar que un camión lo atropellara.

A Sandí le diagnosticaron una pérdida del 30% de la capacidad general orgánica y los cirujanos debieron colocarle una placa en la región cervical.

Desde ese día, no pudo volver a hacer regulación, pues tiene problemas para mover la cabeza. Por eso, optó por dejar el Tránsito y conseguir un trabajo de oficina.

Al oficial Guillermo Hernández, por su parte, lo conocen en el gremio como Robocop. El apodo se lo pusieron desde que comenzó en este oficio, pero quien lo inventó resultó ser muy atinado.

A Robocop lo han colisionado dos veces mientras viajaba en la motocicleta oficial, lo han atropellado tres veces mientras hacía labores de regulación y además le cayó un árbol encima, pero sigue con la camisa blanca y la corbata negra bien puestas.

El primero de los accidentes ocurrió en las cercanías de la iglesia de San Cayetano, cuando un carro se le atravesó, y quedó sumido en el parabrisas.

Los tres siguientes ocurrieron en el cruce del Castella en horas pico. En dos de esas ocasiones, los conductores no lo vieron y lo golpearon con sus vehículos. En la última, un chofer venía en estado de ebriedad y lo atropelló. Fue su esposa quien le gritó: “¡Frene!” y salvó así la vida de Hernández. “Por cinco centímetros, no me majó la cabeza con la llanta delantera”, recuerda.

Años después, estaba regulando el tránsito cerca de la agencia de Autos Xiri, debido a la caída de ramas sobre la carretera. Mientras los bomberos intentaban despejar la vía, el árbol se desplomó y cayó sobre ellos, una buseta y un scooter en el que viajaban una señora y un niño.

“El bombero y yo salimos a como pudimos. Uno ni sentía el dolor por la responsabilidad de ir a ayudar a la gente”, dice ocho años después.

El último de los accidentes, y el que lo dejó con una leve discapacidad, sucedió cerca de La Valencia, cuando era escolta de la entonces mandataria Laura Chinchilla. Un vehículo hizo un viraje indebido en U y la moto en la que iba Robocop pasó por encima del carro.

“Luego uno siente un poquito más de recelo, pero no es como que te da miedo y no vas a ir a hacer regulaciones. Podrás quedar traumado unos días y luego se vuelve a hacer rutina. Esto es eso: una rutina para nosotros”, dice Hernández.

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