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Indigente con cirrosis vuelve a la calle tras atención

Actualizado el 27 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

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Indigente con cirrosis vuelve a la calle tras atención

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Un indigente fue dado de alta al final de la tarde del 17 de diciembre. Sentado en una silla de ruedas, tomaba fuerza para salir a la calle a buscar al Colombiano, otro como él que, quizá, le regalaría un cartón y un pedazo de plástico para pasar la noche.

Se llama Francisco Hernández Orozco, tiene 52 años y es alcohólico, con cirrosis (daño en el hígado).

Tiene los labios rajados, con sangre seca entre las comisuras. Los tres trapos que son sus únicas pertenencias, le caben en el salveque con el cual salió de un hotelucho de mala muerte hacia Urgencias del Hospital San Juan de Dios.

Muchos adultos mayores acuden por  atención de urgencias. María Luisa Díaz, de 83 años, pasó horas en un pasillo. | MELISSA FERNÁNDEZ
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Muchos adultos mayores acuden por atención de urgencias. María Luisa Díaz, de 83 años, pasó horas en un pasillo. | MELISSA FERNÁNDEZ

La cirrosis le exprime el hígado en intensos episodios de vómitos con sangre. Así salió del hotel hacia el hospital con un dolor que le punzaba agudamente el abdomen. Estuvo en el San Juan unas 14 horas mientras le realizaban exámenes.

“Quisieron operarme. Luego dijeron que no y me enviaron a la casa, pero yo no tengo casa”, dijo, sentado en una silla de ruedas con varios algodones aún pegados a los brazos como prueba de que le sacaron sangre.

Fue pintor contratista en instituciones públicas y privadas. Sus contratos no bajaban de los ¢2 millones. Tenía apartamento, tuvo esposa, y tiene dos hijos y un nieto recién nacido a quien todavía no conoce.

La muerte de su mamá y la ruptura matrimonial, confesó, se convirtieron en los motivos que lo lanzaron a la calle en un episodio de alcoholismo que no acaba.

Esa tarde, en Urgencias, alguien se apiadó de él y le prestó el teléfono para que llamara a su expareja para ver si lo recibía. Una, dos, tres llamadas. La conversación nunca terminó. Del otro lado de la línea, ella cortó.

Se notó que esto le dolió más que las punzadas en el hígado.

“No me siento bien para ir a la calle”, dijo, arrugando el entrecejo en una mueca de dolor y antes de encogerse sobre sí mismo para vomitar un poco de jugo gástrico en una bolsa que le dio un asistente de pacientes.

Cuando no tiene los ¢4.000 que algunos moteles cobran por noche, Francisco agarra para un parque en barrio México, cerca de donde estaba Abonos Agro.

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Ahí, al menos, hay más seguridad de encontrar un cartón y un plástico para protegerse durante la noche. “Yo no soy de la calle. Yo no robo. Yo soy diferente. Me encanta leer. Cuando estoy bien, me voy para la Biblioteca Nacional y ahí paso hasta las cinco”, afirma en tono de justificación.

Vuelve a vomitar. Se levanta para irse, pero cae otra vez sobre la silla con un quejido de dolor. Otro intento. Se incorpora, toma el salveque y camina decidido hacia la puerta, con rumbo a lo desconocido.

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Ángela Ávalos R.

aavalos@nacion.com

Periodista

Periodista de Salud. Máster en Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, España. Especializada en temas de salud. 

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