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Anotaciones desde un balcón

Presencia de Obama dejó mudo al barrio Amón

Actualizado el 04 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Francotiradores y perros detectores de explosivos vigilaron histórico barrio

Un músico silenciado y niños chequeados fueron parte del ‘show’

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“Le solicitamos su colaboración para que nos informe a través del 911 (indicar que se trata del código CANCILLERÍA) cualquier situación anómala que pueda observar en su entorno, tal como movimientos extraños de personas (techos, casas, vecinos, lotes baldíos), así como paquetes abandonados”.

Con este mensaje plasmado en un papel pegado en la puerta del edificio de apartamentos Jiménez, los inquilinos comprendimos que, junto a la llegada del hombre más importante del mundo a nuestro barrio, barrio Amón, viviríamos todo un espectáculo.

Dicho edificio es el vecino de al lado de la Cancillería de la República y, por ende, testigo de hechos históricos y visitas de alcurnia como la de John F. Kennedy, en 1963, y la del príncipe Alberto de Mónaco, en 1997.

El invitado en esta ocasión era Barack Obama, en su imponente Bestia, la cual parqueó en zona amarilla y sin pagar boleta.

El bullicio del tránsito vehicular en las horas pico, el ruido de los motociclistas que molestan a los transexuales por las noches, y hasta el taladro que retumba a diario en el Instituto Nacional de Seguros (INS) debido a la remodelación que en él se realiza, cedieron ante el silencio de un fuerte operativo que incluyó perros detectores de explosivos, agentes de seguridad al estilo G.I. Joe y hasta francotiradores.

La casera y residente del edificio Jiménez, Rose Marie Breedy, se encargó de coordinar con los oficiales de seguridad de Obama. Desde inicios de la semana, ellos inspeccionaron el inmueble, pidieron datos de los inquilinos y hasta solicitaron autorización para colocar marines en algunos balcones.

“Vieras que fueron muy buena gente, muy respetuosos... bueno, casi todos”, dijo Breedy.

Extrema vigilancia. A medida que se acercaba la llegada de Obama al barrio, la seguridad –en una zona marcada por los tachonazos, robos y consumo de drogas lícitas e ilícitas– se fue intensificando.

Los guachimanes e indigentes que ya forman parte del panorama cotidiano del lugar fueron sustituidos por enormes sujetos que caminaban en grupo con cara de “duro de matar”, así como por otros con traje entero y gafas negras.

Todos se tomaban la vigilancia muy a pecho. Incluso, chequearon con detectores de metales a los niños del coro de la Escuela Buenaventura Corrales, que habían sido invitados para cantarle al mandatario estadounidense.

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James Getman, un oriundo de California que vive en Tiquicia desde hace cuatro años, fue otra víctima de la extrema vigilancia.

Desde su terraza, diagonal a la Cancillería, improvisó un escenario, guitarra y parlante incluidos, para brindarle una serenata a su presidente.

“Vivimos en un mundo muy caótico, quiero que él vea que hay esperanza”, manifestó antes de que los agentes de seguridad le impidieran seguir con su concierto.

Minutos antes de la llegada de Obama, los techos del INS, del Hotel Aurola Holiday Inn y de la propia Cancillería fueron tomados por francotiradores.

En ese momento, los personeros de seguridad pidieron a los que observábamos el show desde balcones y ventanas, que desistiéramos de asomarnos, pues los snipers (francotiradores), “se ponían nerviosos con tanto movimiento”. Como no hicimos caso, a los minutos enviaron a policías a cada balcón.

Desde que llegó Obama hasta que se fue –cual si fuera una cuarentena–, nadie pudo abandonar el edificio. Desde mi balcón , lugar donde se construyó esta crónica, solo se pudo ver al mandatario en dos instantes, que en conjunto no sumaron ni dos minutos: cuando llegó y cuando se marchó.

Pese a ello, pese a las restricciones y al susto que nos quisieron meter con los francotiradores, los vecinos curiosos pudimos disparar la cámara y guardar el recuerdo.

Justo cuando el presidente Obama abandonó barrio Amón, acabó el espectáculo. Hoy, probablemente, regresará el bullicio cotidiano y la inseguridad de siempre, mientras el edificio esperará, como bien lo sabe hacer, la llegada del próximo visitante de alcurnia.

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