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Cigarrillos chinos, indios, y panameños por media calle

Actualizado el 28 de junio de 2015 a las 12:00 am

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Cigarrillos chinos, indios, y panameños por media calle

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Hace sol. La tarde tira a la gente a los bulevares josefinos. Dos señoras están sentadas en una banca, a un costado de la iglesia La Merced. Pareciera que esperan que se abra el confesionario, pero, en realidad, son vendedoras de cigarrillos ilegales.

Quien las ve, ahí sentadas, no sospecharía que en el bolso de lona que tiene la señora de flores, hay cigarrillos Golden Deer y Silver Elephant, que vienen desde China, India, Panamá y Paraguay.

Un hombre se acerca, pregunta, saca dinero y recibe la mercancía. Un cigarrillo suelto vale ¢100; un paquete, ¢1.000. La señora de flores lo saca del bolsito de lona, la otra vigila. Una patrulla de la Policía está una cuadra más arriba y la venta se da sin mayores problemas.

Al otro lado del bulevar, en una ventana de dulces, otro hombre se acerca, se detiene, desembolsa y sale echando humo. Uno más. Basta con estar sentado un rato en alguna de las bancas para notar el movimiento. Hombres y mujeres con bolsos pequeños, cargados de cigarrillos, hacen su negocio a vista y paciencia de las autoridades.

A pesar de que la ley de control del tabaco prohíbe la venta al menudeo y pena con multas de dos salarios base la venta de cigarrillos de contrabando, el negocio deja y, deja tanto, como para que los bulevares se llenen de clientes, quienes compran sin preguntar qué se están fumando.

Lo mismo sucede en el reloj del bulevar de la avenida central, unas cuadras más al este. Allí, los vendedores de tarjetas telefónicas de todas las marcas, redondean sus ingresos con la venta de cigarrillos, ya sea de contrabando o de marcas debidamente inscritas en el Ministerio de Salud.

Aunque se quisiera hacer difícil, la verdad es que es más fácil conseguir un cigarrillo de contrabando que uno legal. Los vendedores están en todos lados, disfrazados de gente común y corriente; es gente que se ve decente; la mayoría, adultos por encima de los 40 años.

El diálogo se repite cada tanto: ¿Tiene sueltos?, y la primera respuesta es una mirada a los lados.

Un hombre se confunde un poco cuando se le pide un paquete entero, hasta duda en cobrarlo, pero termina por decir: “Vale mil”, entonces, se recuesta a la pared de la casa cural de La Merced, levanta la pierna, corre el ruedo del pantalón y de la media se saca un paquete más.

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En la avenida segunda, el vendedor lo saca de una suéter; en un supermercado en Los Guido de Desamparados, los tienen detrás de los desodorantes.

“En mi barrio, los venden en todos los chinos”, dice un policleto en la avenida segunda.

--¿Y de dónde es usted?

--De Guadalupe.

La herramienta digital de la dirección mercadoilegal.com de la Cámara de Comercio Costarricense Norteamericana (Amcham, por sus siglas en inglés), lleva un estudio de las denuncias de cigarrillos contrabandeados.

Sus números hacen que el viceministro de Ingresos, Fernando Rodríguez, pida la aprobación de reformas de ley para frenar el tráfico de cigarrillos, que, para el 2014, llevó al decomiso de 33,5 millones de unidades, un número que se disparó luego de la implementación de la ley de control del tabaco, en el 2012. Mientras tanto, la calle vende.

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