La jornada ambulante de un cuidador de carros ´profesional’

Así se mueve un guachimán

Franco López es uno de esos cientos de guachimanes que lo abordan a usted al estacionar. Compra el diario para ver los funerales a lo que van los adinerados

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López tiene 46 años y desde hace siete se dedica por completo a “dar el servicio de cuido de carros”. Aquí vigila la fila frente al Registro Nacional, en Zapote, en una zona que le “presta” un amigo suyo. Su secreto es llegar sonriendo, bromear y ayudar al chofer en lo que sea necesario. Dice haber aprendido que los choferes solo pagan a quienes le agradan.   | MAYELA LÓPEZ.
López tiene 46 años y desde hace siete se dedica por completo a “dar el servicio de cuido de carros”. Aquí vigila la fila frente al Registro Nacional, en Zapote, en una zona que le “presta” un amigo suyo. Su secreto es llegar sonriendo, bromear y ayudar al chofer en lo que sea necesario. Dice haber aprendido que los choferes solo pagan a quienes le agradan. | MAYELA LÓPEZ. ampliar

Franco López se asoma a la misa funeraria en la iglesia Don Bosco, ve que ya están comulgando y corre a tomar posición en los 100 metros al norte del templo, donde está a cargo de más de ¢100 millones ajenos en forma de carros. Este es su momento crítico.

Guanacaste, como le dicen sus colegas cuidacarros, tiene 21 carros en su espacio y acabará recogiendo ¢22.000 porque el muerto que hoy honran no es tan millonario como otros..

Recogerá el dinero porque es un experto cobrando el servicio de cuido que juró a los propietarios antes de que entraran a la misa.

Es el momento crítico, cuando los dueños de los carros abren la puerta desconfiados, revisan que todo esté bien, bajan la ventana y entregan a Franco un rojito o ¢500. Alguno dará ¢2.000 sin saber que durante la misa Franco se fue a buscar una lata de Imperial que le bajara la resaca. A fin de cuentas, es 25 de julio y este oriundo de Nicoya anda celebrando.

De la ganancia saca ¢2.000 y se los da a un guarda privado de un comercio. “El hombre me da chancecito”. Del resto, la mitad la da a un drogadicto que hoy le sirve de ayudante. Dicen que fue químico en Recope antes de caer en la droga.

Esto de hoy es una lotería porque el muerto del día no figuraba en las esquelas de La Nación , principal fuente de información de este hombre de 46 años cuyo ingreso promedio por mes suele superar el ¢1 millón.

El fallecido, de apellido Campos, tampoco le hubiera resultado de interés, en todo caso. Los funerales más apetecibles son los de la “jaiclás”. Por eso compra todos los días el diario; busca las esquelas más grandes y los apellidos más difíciles de pronunciar.

“Vea este apellido: Cóchec ”, dijo la víspera, miércoles, poniendo su dedo de campesino sobre la palabra “College”, del “Saint Paul Collage”, el centro educativo que pagó una esquela para un profesor suyo.

Así va Guanacaste persiguiendo la plata. Sabe que las iglesias de Fátima, Don Bosco y San Rafael de Escazú atraen a menudo personas adineradas que “no hacen ni mate pa’ sacar dos mil pesitos”. Y si el fallecido es joven, mejor. Y si es un niño, ni hablar. “Son los mejores, con el perdón de Diosito”.

A tiempo completo. La muerte es suerte para este hombre que enreda las letras. Llegó hasta 5.° grado en su natal Nosara y cayó en la historia de muchos otros. Desempleo y emigrar a la capital. Oficios ocasionales hasta que un día lo invitaron a cuidar carros en el estadio Ricardo Saprissa, en Tibás.

Hace 25 años de eso, pero fue en el 2006 cuando decidió dedicarse tiempo completo a esto de cuidar carros. Es decir, a oler los actos masivos, competir por espacios, acomodar vehículos y hacer lo necesario para que al final el conductor pague. Lo que sea, pero que pague.

Tiene un carné roto de Seguridad Pública que lo acredita como vigilante independiente. Pretende afiliarse a una asociación de cuidadores de carros y sacar también un carné de miembro de la Asociación Nacional de Empleados Públicos y Privados (ANEP), como lo tienen otros de sus compañeros.

El diputado Carlos Avendaño propone empezar por censarlos. Quieren organizarse porque dicen que la Municipalidad de San José quiere quitarlos mediante el sistema de parquímetros electrónicos. Estas máquinas, sin embargo, “no le cuidan el carrito”, refuta este experimentado guachimán.

Estrategia. Aquí en Don Bosco se le ve el colmillo. Lo importante es poder colocar el primer carro para que sirva de gancho. Será entonces cuestión de tiempo que llegue el segundo, el tercero y así hasta llenar el borde de la calle. Es entonces “su” calle por hoy, como si fueran lotes sin dueño.

Llama a los carros como arreando el ganado, con un pañuelo en la mano. Mueve las manos y pega chifliditos. Saluda y sonríe, consciente de los choferes pagan mejor cuando se les cae bien (todos le pagarán). Nada es seguro en este negocio. Nada, pero Guanacaste siempre reduce el margen de riesgo.

Por eso lee las esquelas y las secciones de deportes o de espectáculos. Cada partido de fútbol, cada carrera de atletismo y cada concierto entran a su calculadora y en su agenda. Mide la competencia, la lejanía y el tipo de público. Por ejemplo: “si hay guaro, deja más”.

También lee noticias nacionales. El miércoles abandonó barrio Don Bosco para irse a Zapote, frente al Registro Nacional. La sustitución de placas de carros es otra suerte de evento masivo, aunque ya pasó el boom del principio. Cuenta que su amigo “dueño” de esa zona sacó ¢700.000 solo en una semana gracias a los choferes que llegaron en avalancha a hacer los trámites.

Franco abrió espacios, ayudó a una señora a zafar los tornillos de la placa y luego a cruzar la calle. Los mercadólogos llamaría a esto “valor agregado” para un supuesto servicio de vigilancia que dan miles de personas en este país, donde circula un millón de carros.

Bien portado. Trata de no decir malas palabras, de vestir con decencia y no olvidar el chaleco que, según él, lo convierte en un “cuidacarros formal”. Sus ojos achinados van detrás de unas gafas Chanel falsas que también le sirven para disimular, ocasionalmente, los estragos de su forma de beber “prensado” (litro de cerveza y cuarta de whisky).

No toma siempre. Mantiene a su familia de cuatro hijas, dice que paga seguro voluntario de la CCSS y solo después sale a beber. Reconoce su vicio, pero está orgulloso de no consumir otras drogas tan comunes entre sus colegas.

Hay mucho piedrero, dice hoy, jueves, frente la iglesia Don Bosco, con el periódico arrollado bajo la axila. Habla como recitando retahílas sobre este negocio en el que recomienda no meterse. Entonces, le suena el celular.

Es un colega con quien que pensaba ir a cuidar carros en Cartago por el partido de futbol Cartaginés- Saprissa. Pensaba ir en la noche, porque creyó que jugaban a las 8, pero recibe una mala noticia.

—“¡Cómo que a la una!”– gritó con su voz ronca, acento guanacasteco y pronunciación de zopetas.

Busca la sección de Deportes, revisa la noticia y ve que en verdad el partido era a la 1. Ya no le da chance de llegar y aquí no se ve movimiento. Son las 12 mediodía y hay tres carros para cuatro cuidadores. Parece que este 25 de julio viene irónicamente malo para alguien a quien todos llaman Guanacaste.

No saben que a la 1 p. m. viene la misa del señor Campos con unos 50 carros. No lo saben porque no aparece en las esquelas del día. Hasta que ven llegar un BMW azul, un Volvo gris, un Nissan nuevo…

El “dueño” de la calle frente de la iglesia es Roberto, quien asegura que hace 15 años pagó por este derecho ¢100.000 a otro cuidador que se retiró por enfermo.

Guanacaste se mueve entonces a los 100 metros hacia el norte, una zona que usualmente trabaja Gabriel, otro adicto que trabaja en el Mayoreo y hoy acaba de vender unas verduras en ¢1.500.

La urgencia por una nueva dosis pudo más que el negocio. Se fue a comprarla y dejó la zona para que Guanacaste aproveche. Si él llega luego, le dará alguito para no hacer problema. Pero no llegará.

Así es esto, la suerte juega también. Así se hace de una zona para trabajarla; así se salva de morir atropellado o tener que asumir responsabilidades por los carros que cuida. O que dice que cuida.

Una vez le robaron uno a su cargo. “Fue en Santa Ana. Iba cobrando de a tres rojos; pa, pa, pa, pa. Y en eso pasa la Policía y me dice que mejor vaya jalando porque ahí andaban unas ratas y se me iba a hacer una bronca. Pa’, a los cinco minutos vi ya un hueco en la fila. Se había robado un Nissan. Entonces yo agarré el primer taxi que pasó y jalé. Traía ¢83.000 pesos en la bolsa, pero yo venía heladitico. Qué feo”.

De repente para de hablar. Da dos pasos hacia atrás y estira el cuello. Ve que ya están comulgando. Ya casi acaba la misa. Toca cobrar.

Sonríe y bromea. No reclama a los que dan monedas. Sabe que otro dará ¢2.000. “Mientras paguen, uno sigue dando el servicio. Alguien tiene que vigilar los carros”.

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