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Escuela Espavelar de Santa Cruz, Guanacaste

15 estudiantes jalan agua para poder recibir clases

Actualizado el 03 de mayo de 2014 a las 12:00 am

En dicho centro educativo no hay agua potable y ellos deben proveérsela

Ministerio de Educación prometió ayudarles a perforar un pozo pronto

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15 estudiantes jalan agua para poder recibir clases

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El centro educativo de Espavelar se ubica a unos 60 kilómetros del centro del Santa Cruz. | CINTHYA BRAN

Santa Cruz. Todas las mañanas ellos agarran la “cuchumba” –como se les dice a los galones en Santa Cruz de Guanacaste– y caminan 800 metros para cargar agua de la naciente y llevarla a su escuela.

El centro educativo Espavelar, sito en Veintisiete de Abril de Santa Cruz, tiene 44 años de construido, pero no ha contado con agua potable. Pero eso no ha sido sinónimo de no estudiar para los que aspiran a “un mejor futuro”.

Para poder asistir a clases, los 15 jóvenes que desean aprender, deben ingeniárselas y proveerse el agua que requieren para hacer sus necesidades básicas cada día. Eso significa repetir esta misma rutina todos los días, galón en mano y bulto a cuestas.

En la estación lluviosa la tarea es un poco más fácil porque la escuela puede colectar agua llovida para limpiar el aula y usar el servicio sanitario. No es de extrañar que los jóvenes estén ansiosos de que lleguen pronto los aguaceros.

Según Raymundo Gutiérrez, director de la escuela, como el problema no es nuevo, se han hecho varias iniciativas. Por ejemplo, hace unos años construyeron un pozo artesanal, con el cual se abastecían cuatro familias y la escuela, pero desde el terremoto de Nicoya (setiembre del 2012), asegura que el agua está ahora a más profundidad, por lo que ya no es fácil acceder a ella.

“Se construyó ese pozo, pero no tiene agua. Al final quedamos como con confites en el infierno”, dijo el maestro, que tiene siete años de trabajar en el centro educativo.

Inhabitable. Ciertamente, esta misma escuelita resultó bastante afectada con ese terremoto, por lo que fue declarada inhabitable. Eso significa que, mientras se construye la nueva escuela, los estudiantes reciben clases en una casita que fue construida para los maestros que viven lejos. El espacio funciona de escuela y de comedor escolar.

“En este pueblito viven unas 68 personas que se la juegan para sobrevivir. Uno aquí se acostumbra a todo; pero no crea, mucha gente se ha ido en busca de una mejor calidad de vida”, dijo Gutiérrez.

El educador reconoce que no saben si el agua de la naciente es potable. Por ejemplo, hace un mes hubo un brote de diarrea en la escuela. Entonces, les pidió a los padres de familia que no enviaran a los niños enfermos a clases, para evitar que los demás se contagiaran.

Para solventar esta situación, la Dirección de Infraestructura Educativa del Ministerio de Educación Pública (MEP) les prometió construir un pozo más profundo en la propiedad de la escuela.

“Sabemos que hay ¢2,5 millones para hacer el estudio preliminar para la construcción del aula, comedor, batería sanitaria y el pozo profundo, pero, desgraciadamente, todo es un proceso burocrático que alarga la cosa y la fe es que en un año tengamos agua en la escuela”, expresó Gutiérrez.

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