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Salen del hogar para ir a Colegios Científicos

Adolescentes dejan todo para vivir sueño científico

Actualizado el 04 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Estudiantes provienen de zonas alejadas y de familias de bajos recursos

Existen cinco residencias, con un promedio de 15 colegiales cada una

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diego.bosque@nacion.com

Sus vidas están lejos de la rutina de cualquier adolescente. Viven sin sus padres, deben preocuparse por cocinar sus alimentos, ir al supermercado, lavar su ropa, hacer el aseo de su casa y cumplir con los deberes estudiantiles.

No tienen a nadie que los levante en la mañana; a nadie encima de ellos, preguntando por las tareas; a nadie esperándolos con la merienda o su comida favorita.

Ese es el tipo de vida que escogieron decenas de estudiantes del Sistema de Colegios Científicos de Costa Rica. Dejaron sus casas para mudarse a residencias colegiales y asistir a un modelo académico exigente y único en el país.

“Lo que más me ha costado son las comidas porque yo no sé cocinar; el platillo mío es el atún con arroz”, comentó, entre risas, Fridha García, estudiante de décimo año del Colegio Científico de Limón. Con un poco de vergüenza confiesa que a ella se le queman hasta los muslos de pollo.

“Mis compañeras me vacilan y me dicen que el muslo no me va a esperar, porque una vez lo dejé cocinando y me fui a bañar”.

Fridha, de solo 16 años, es una de las estudiantes más destacadas de la sede atlántica. Sin embargo, en varias oportunidades ha estado a punto de desertar porque le hace falta el calor de su familia.

La joven sale todos los lunes de su casa, ubicada en Batán, y camina durante 20 minutos para tomar un autobús que la lleve al colegio. Los viernes hace la misma travesía de regreso.

Entre semana debe compartir con otras siete compañeras de casa, quienes también vienen de sitios alejados de Limón para estudiar.

Una de ellas es Alexandra Solís, vecina de Guácimo.

“A pesar de que mi papá murió hace dos años, yo seguí su consejo de entrar a un colegio científico y, la verdad, no me arrepiento. Él siempre me insistió”, detalló la adolescente.

Otras historias como estas se reproducen en tres residencias más, ubicadas en Puntarenas, San Ramón y San Carlos.

“Lo más difícil no fue separarme de mis papás, creo que lo más complicado ha sido acomodarme a un cambio tan drástico; sin embargo, uno se llega a acostumbrar y madura más rápido”, dijo Luis Paulino Arias, quien cursa el décimo año en la sede de San Ramón.

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Los adolescentes provienen, según Kenneth Rivera, director ejecutivo de los Colegios Científicos, de hogares de escasos recursos económicos y de zonas alejadas.

“Sin las residencias sería imposible para muchos muchachos permanecer en el sistema”, afirmó el funcionario.

La institución prohíbe a los estudiantes salir después de las 6 p. m., y si lo hacen, debe ser con la compañía de un adulto.

En cada residencia hay una señora que supervisa a los menores y los acompaña por las noches.

También deben cumplir con las normas de aseo general de la vivienda, cuidar los utensilios que se les suministran y respetar los horarios de estudio.

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