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Unos alajuelenses vivieron una Jornada de terror en el estado de Tamaulipas

Un día infernal en México se clava en la memoria de 5 traileros

Actualizado el 06 de enero de 2013 a las 12:00 am

Un grupo de ticos experimentó cuatro asaltos en una sola mañana y a pleno Sol

Un viaje los expuso a la ‘cuota’ de los grupos armados y a su conflicto territorial

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Un día infernal en México se clava en la memoria de 5 traileros

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Antes de salir de Houston (Estados Uidos) los choferes repartieron los puñitos de dinero entre los escondites de los camiones, en las medias, la billetera y el bolsillo. Pasado el río Bravo (límite con México), los choferes amanecieron en el puesto fronterizo de los Indios y sabían que comenzarían a cruzar el peligroso estado de Tamaulipas.

Se encomendaron a Dios y bordearon la ciudad de Matamoros para tomar después esas carreteras infinitas, donde la soledad solo se quiebra por un autobús fugaz, un convoy militar o un camionero asustado; o por un grupo criminal de esos que jamás habían aparecido en el camino de los alajuelenses que ese viernes bajaban con 16 camiones y una inquietud especial.

La ruta se la sabían de memoria. El que menos veces la había recorrido ya contaba más de 30. Aunque tomaban precauciones, las escenas de los zetas saliendo de repente armados como soldados para asaltarlos era solo producto de relatos ajenos. Creían que el viajar en grupo y protegidos por el manto de luz de la mañana eran garantías: lo creían hasta ese viernes.

El Sol ya había calentado suficiente la carretera cuando, de pronto, como caídos de arriba, dos camionetas de lujo detuvieron a Luis, el primero del grupo.

Eran jóvenes provistos de ametralladoras y armas cortas. Llevaban granadas de fragmentación, fajas de municiones y pasamontañas. Solo algunos iban con el rostro descubierto para exigir la “cuota”.

Luis creyó suficiente darles la cuota: el dinero con el que las bandas financian sus operaciones básicas en ese país, que sufre una guerra desbocada entre carteles.

“Ya arreglé, ya arreglé. ¡Jalen, jalen!”, dijo Luis a sus compañeros por radio creyendo que había superado sin problemas la acometida de las dos camiones, sin saber que, pocos kilómetros después, los esperaba otra trampa.

De nuevo, unas camionetas emboscaron al grupo, y, aunque los primeros pasaron, el chofer Andrés no pudo esquivarlos. “Te crees muy pinche, guey”, le gritaron desde una camioneta, un minuto antes de que llegaran otros dos carros. Andrés sintió que se le iba la vida, pero, para suerte suya y de su hermano, quien traía otro camión, los nuevos eran rivales. Peleaban por territorio y el derecho de “peaje”.

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Sonó el “chac-chac” de las M16 y AK47 de ambos bandos. Supieron el tipo de arma porque en el grupo de transportistas venía también un nicaraguense expolicía.

Se encañonaron entre ellos, y Andrés sólo rezó para que no apareciera el Ejército: la tormenta de balas habría sido inevitable.

Uno de los bandidos se encargaba de dar la vía a otros carros que, desde fuera, parecían pasar como si nada. Nadie sabía que, unos 4 kilómetros más adelante, la primera parte del grupo también era asaltada. Luis y el dueño de los camiones se quejaban de que ya no tenían dinero, pero al final bastó un billete de mil pesos y la premura por el atraco en simultáneo.

“Todavía uno no se explica bien cómo salimos de esa”, dijo, este viernes, Allen, otro de los choferes, recostado en un tráiler amarillo que venía en esa carga.

Así llegaron hasta una base en un sitio llamado La Garita, donde volvieron a preparar dinero para asaltos adicionales. Creyeron que no lo necesitarían, pero faltaba uno más. El patrón, que suele conducir de último, puso la cara por todos y después creyó que se la partirían.

“Esos eran dos. Me amenazaron fuerte, y el que se bajó me puso la ametralladora en la ventana. Me insultaban y me buscó dinero dentro de la cabina. No podía creerlo”, contó el importador de camiones. Después llamaron a un servicio de emergencias y toparon con varias patrullas de la Policía Federal, en las que no confían los viajeros.

Continuaron hacia el sur, padeciendo fronteras y sobornos, enfermos del estómago y ansiosos por llegar a Peñas Blancas. Recuerdan lo único que les dijo un soldado en un puesto militar: “Acostúmbrate, hombre: eso es normal acá”. Algunos de ellos volverán en febrero.

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