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Cuatro (más una) historias del Liceo de Alajuelita

Actualizado el 17 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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Cuatro (más una) historias del Liceo de Alajuelita

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                         Gregory Badilla, José Manuel Calderón, Yefry López y Diego Carpio (en el orden usual) se egresaron del colegio en el 2011. | ABELARDO FONSECA
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Gregory Badilla, José Manuel Calderón, Yefry López y Diego Carpio (en el orden usual) se egresaron del colegio en el 2011. | ABELARDO FONSECA

Celeste Chinchilla no llegó a esta entrevista.

Aunque la muchacha había confirmado la cita, esa mañana de febrero representantes de una tienda llamaron a la estudiante de enfermería para conversar sobre un puesto vacante y ella, naturalmente, acudió.

Ese día, cuatro jóvenes graduados del Liceo de Alajuelita, San José, en el 2011 describieron sus congojas entre empleo y educación, entre tener que aportar a su familia y la cruda convicción de que sin estudios no llegarán a ningún lado.

Cuenta Gregory Badilla, de 20 años, que al salir del colegio vendió líneas para una empresa telefónica privada con un salario de ¢105.000 mensuales.

Aguantó solo un mes el horario de tiempo completo, de lunes a sábado, y, con un préstamo, empezó un diplomado en Soporte Técnico.

“Lo que pasa es que solo con el ‘cole’ ya no se hace nada. Para todo piden experiencia o más estudios”, sostiene Yefry López, de 18, estudiante becado de Ingeniería Química y uno de los 11 jóvenes que ingresaron a la Universidad de Costa Rica (UCR) de una generación que en sétimo tenía más de 400 alumnos.

Tras salir del Liceo, Diego Carpio probó un cuatrimestre en Telemática de la Universidad Latina y fue desastroso. Durante el resto del 2012, trabajó en una soda familiar, ahorrando para la revancha.

Este año, él empezó de nuevo y si las notas prosperan, sus padres prometieron ayudarle con la mensualidad.

El último en llegar a la cita, en traje entero negro y camisa naranja, fue José Calderón. Los primeros seis meses tras el ‘cole’ estudió inglés en el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) y, desde entonces, labora como anfitrión en un restaurante Pizza Hut, empleo que alterna con sus estudios en Enseñanza de la Música.

Todos coinciden en que por ser jóvenes les pagan menos, que en su cantón no encuentran trabajo y que Alajuelita tiene mucho potencial, aunque el país no lo entienda.

“Viera lo que es llegar a la ‘U’, decir que uno es de Alajuelita y que respondan: 'Uy mae, ahí si es feo'”, confiesa Calderón.

Un mes después del encuentro con estos jóvenes, Celeste Chinchilla ya tenía trabajo en la tienda para los fines de semana.

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Empero, como ella además tiene una jornada académica de lunes a viernes para llegar a ser enfermera, ya no le quedó tiempo para poder detallar sus luchas y esperanzas para este artículo.

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