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Un barbero con medio siglo de ‘tomarles el pelo’ a los políticos

Actualizado el 30 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Gerardo Baltodano es casi patrimonio del paseo de los Estudiantes. Tiene 56 años de cortar pelo en el mismo lugar, una antigua barbería de ladrillo y sillas rojas donde igual recibe a un juez de la corte que a un médico, un barrendero o un viceministro. Baltodano es el recuerdo del viejo San José.

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Gerardo Baltodano Hernández tiene manos finas con dedos largos y durante medio siglo –y un poquito más– ha gozado el exclusivo placer de tomarles el pelo a los políticos y a la jerarquía gubernamental de este país.

Es el único con poder para pasarle una cuchilla por la garganta a un juez capitalino, o la tijera por la melena a un viceministro.

Su barbería, enclavada desde hace 56 años en el paseo de los Estudiantes (en el hoy llamado barrio chino), también ha sido el centro de reunión de magistrados, médicos y policías del OIJ.

La fama del “chino” Baltodano trasciende generaciones, según rememora un cliente joven que se hacía la barba el 20 de diciembre, mientras don Gerardo conversaba a pierna suelta en los viejos sillones de cuerina y patitas de madera.

“Mi abuelo trajo a mi papá, mi papá me trajo aquí y yo traigo a mis hijos gemelos”, relató Carlos Monge, quien esa mañana amarilla de diciembre pagó ¢5.000 por la barba y el cabello.

Durante décadas, ni Carlos Monge ni decenas de clientes han visto cambios en el local: las mismas sillas rojas de barbero, las mismas paredes de ladrillo mixto y los mismos espejos de pared a pared. Si acaso habrá cambiado el frasco de Glostora por el tarro de gel.

Entrar a la barbería Baltodano –en la calle 9, entre avenidas 12 y 14– es un golpe del pasado. Allí el tiempo se detuvo entre las mechas de las brochas y los dientes de los peines de marfil.

Baltodano es discreto con el nombre de sus clientes, pero son sus peluqueras, Dalay, Darling y Rosa, las que dan detalles de la selecta clientela.

“Vienen Celso Gamboa (viceministro de Seguridad), el director de la Carit, doctores, clientes de la corte, jueces”, dice Dalay Ortega.

Pocos minutos después se apersonó José Lino Chaves (viceministro de Aguas y Mares). “Me vengo caminando desde el Minaet (al este de la Corte), tengo años de venir”, cuenta mientras Darling Poveda le baja su espesa cabellera negra.

Y es que los clientes son de alcurnia hace décadas, pero a sus 84 años don Gerardo es “bueno para las caras”, pero muy malo para recordar nombres; todos se le olvidan.

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Gerardo Baltodano llegó a Costa Rica en 1944, con apenas 16 años. Salió de su casa, en León, Nicaragua, buscando un sueño de películas y tangos: vivir en Argentina.

Pero de Tiquicia no pasó. Aquí vivió la Revolución del 48, se casó, tuvo siete hijos y un “reguero de nietos”, y ejerció el oficio que aprendió chiquillo al otro lado del San Juan.

Cuando se vino, traía $17 que le había regalado su abuelita y 200 córdobas. “Todos me decían: ‘bueno, que te vaya bien, que te haga feliz’. Otros me decían: ‘si lográs salir no volvás a esta carajada’. Estaba Anastasio Somoza, era muy duro. En Nicaragua no hubiera hecho nunca lo que hice aquí, jamás”, relata el hombre de figura menuda.

Se instaló en el mismo local del paseo de los Estudiantes en 1956, luego de que un cliente le sirviera de fiador en el extinto Banco Anglo. Con ¢3.000 de aquella época compró dos sillas y comenzó.

“Cobraba ¢2,25 por cabello y barba y ¢1,25 por pelo”, rememora el octogenario, recién recuperado de una cirugía de columna.

El actual viceministro de Seguridad, Celso Gamboa, también tiene recuerdos de Baltodano, a quien resume como un profesional del beisbol, muy conversador y amante de radio Sinfonola.

“Yo voy ahí desde que me llevaba mi mamá, hace 36 años. A mí me encanta, no hay nada más rico que le hagan a uno la barba. Son 20 minutos de ‘desestrés’”, dice.

Según recuerda, cuando trabajó en el Organismo de Investigación Judicial llevaba a sus compañeros, a quienes convirtió en clientes.

Baltodano y la barbería siguen en el viejo edificio de la calle 9. ¿Hasta cuándo? El barbero se encoje de hombros y concluye: “Quién sabe, yo voy a seguir viniendo”.

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Vanessa Loaiza N.

vloaiza@nacion.com

Editora digital

Trabaja en la Redacción de La Nación desde 1998. Se especializó en temas de Infraestructura, concesión de obra pública, contratación administrativa y Transportes. Actualmente se desempeña como Editora Web. 

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