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Mujer conoció el rostro de Barack Obama, ayer, por primera vez

Patricia Díaz: ‘¡Ay, si es moreno, como nosotros!’

Actualizado el 04 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Lejos de los medios de comunicación, la visita de Obama pasó casi desapercibida

Asueto llenó el parque de Alajuelita de niños, perros y bolas, ayer en la tarde

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Patricia Díaz: ‘¡Ay, si es moreno, como nosotros!’

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Patricia Díaz se enteró de la existencia de Obama por primera vez, ayer, en la mañana, gracias al copero que se estaciona en las tardes frente a la iglesia de Alajuelita.

Don Jorge le contó que el Presidente de Estados Unidos venía para Costa Rica y que se había topado con un tremendo operativo policial cuando bajó a San José. Por eso, él no hizo muchas compras.

“Dicen que no se parece a los otros presidentes, pero yo nunca lo he visto, ni había escuchado de él”, explica con naturalidad esta vecina de Alajuelita, al sur de San José, con toda naturalidad.

En el lote baldío, a la par del cementerio del pueblo, donde Patricia, de 41 años, se interna todas las noches para dormir, nadie habla de mandatarios, mucho menos si son de países tan lejanos para ella como los Estados Unidos.

La mujer confiesa que don Jorge le había mencionado el nombre del señor, pero que ya lo olvidó.

“¿Cómo es que se llama? ¿Osama?”, pregunta Jonathan, el esposo de Patricia, sin idea de cuántos otros han confundido los mismos dos nombres.

“Para la Presidenta la visita es toda porque viene aquí a dejar plata. Pero, ¿me trajo algo a mí? ¿1.000 pesos? ¢¿5.000 pesos?”, pregunta Jonathan con cierto sarcasmo.

Ante el ofrecimiento de conocer a Obama en foto, Patricia asiente y se acerca al teléfono celular, mientras se carga la imagen del jefe de Estado en la pantalla.

Con asombro, la mujer analiza el rostro oscuro. “¡Ay, si es moreno como nosotros!”, exclama, mientras se le escapa una sonrisa y se acaricia el brazo izquierdo, en alusión a su color de piel. “Yo me lo imaginaba macho y blanco, porque supongo que ahí (en EE.UU.) solo hay personas blancas”, agrega.

A la vuelta de donde está la pareja, don Jorge García reparte coloridos copos de una y dos leches, tal y como lo hace desde hace 19 años.

“Yo he oído cosas buenas del Presidente de Estados Unidos: que tiene buena inteligencia para maniobrar al pueblo”, relata, tras entregarle a una niña una pajilla.

“Me parece bien lo de los cierres de calles. Los tumultos de la gente uno nunca sabe cómo van a ser”.

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Su tocayo, pero de apellido Rojas, lo acompaña en el parque, ya que el negocio de limpieza de tanques sépticos está lento. Sentado en el medio está Rodrigo Chávez, quien normalmente conduce una buseta escolar, pero ayer no tuvo a quién trasladar con el asueto.

Los tres conversan sobre los carros de Obama, mientras varios niños juegan en el parque con bolas, bicicletas y perros, como si el viernes fuera domingo.

Patricia y Jonathan permanecen sentados bajo la sombra, esperando que llegue la noche para ir a retirar una caja de estereofón con arroz, frijoles y macarrones.

En nada se parece a la cena de cinco platos que Obama degustó en el foyer del Teatro Nacional. Tampoco hay parecido entre el lote baldío donde duerme la pareja y el Hotel Real Intercontinental, donde se hospeda el mandatario.

Mas, a diferencia de sus 43 antecesores, Obama sí comparte algo con ellos: el color de la piel.

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