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Crónica: un día en el asiento del taxista

Actualizado el 19 de mayo de 2013 a las 12:00 am

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Crónica: un día en el asiento del taxista

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El taxi llevaba una hora haciendo la fila al costado norte de la iglesia de Moravia cuando por fin llegó el turno. Era el mediodía y una muchacha llegó corriendo por detrás del taxi, abrió la puerta trasera y ordenó: “Lléveme a Los Sitios”.

Era viernes y la calle estaba dura, como dicen los taxistas cuando hay poca demanda de servicios. Era viernes, pero no de pago y tampoco estaba lloviendo. Era un buen viernes para conocer el taxismo desde el asiento del chofer.

Un viaje de Moravia centro a Los Sitios no es para celebrar. A lo sumo se cobran ¢2.000, un simple billete azul después de estar una hora esperando cliente. Pero la calle estaba dura y el manual del buen taxista (tan incumplido como tantos manuales) ordena no rechazar los servicios cortos.

El dueño del taxi había recomendado no llevar a nadie a Los Cuadros de Goicoechea, a Purral, a Los Guidos de Desamparados ni a Torremolinos, por el riesgo de un asalto, pero no había dicho nada de Los Sitios, zona de cuidado en el distrito moraviano de La Trinidad.

“En mi barrio casi nunca entran los taxis rojos”, confesó la muchacha a bordo de este taxi rojo con el que La Nación intentó conocer mejor la jornada de los taxistas y las opiniones de los usuarios.

La joven iba recostada a la ventana trasera enviando mensajes de texto, con una gorra de rapera que solo se quitó cuando se sintió observada por el retrovisor. “En la noche nunca entran los taxis y tengo que coger los piratas. Di, uno agarra el primero que le pare”.

”Yo con eso de los porteadores no voy. Se presta para mucho. Prefiero a los piratas puros”, agregó mientras el cielo se encapotaba en Moravia, señal de que podría mejorar la clientela en la jornada.

Pasadas unas calles anchas y vacías, bordeadas por casas y lotes baldíos, llegamos a su casa. Lanzó el billete azul y casi saltó hasta el portoncillo negro de su casa. En tres segundos entró y dejó que el taxi siguiera su jornada experimental. Nada había pasado en Los Sitios, pero ser el único chofer de taxi rojo no deja de ser inquietante. Ese “lléveme a Los Sitios” había resultado imperativo.

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El trabajo de taxista formal es una constante búsqueda de equilibrio entre rentabilidad y seguridad, sin desatender la competencia contra otras formas de taxi.

“Le pedí que se bajara”. “Hoy vi a un compañero que ya anda caminando; ya está bien después del balazo que le metieron hace un año en Los Cuadros. Cuídese, usted, papito”, dijo un veterano cuando notó la cara de novato de quien le seguía en la fila del Walmart de Guadalupe.

“Puede que se le monte una hembrita con el chacalín alzado, pero le avisa al marido que lo asalte a uno. Yo ayer pegué el freno’e mano y le pedí a una que se bajara. No me pagó, pero prefiero contar el cuento”, agregó viendo para el cielo nublado.

Y otro consejo: “Aquí a Flores (barrio en Guadalupe), cobre ¢800 desde antes de que se le suban, porque las seis tejas de la María (¢600) no dan pa’esa vuelta”.

En eso llegaron tres señoras y le pidieron servicio. Nuestro taxi quedó de primero esperando a alguien que saliera del supermercado.

De repente, vino un joven de pelo largo y crespo, con la pantaloneta rota y un leve olor a alcohol. Llevaba la cara cubierta con anchas gafas de sol y de su oreja le colgaba una concha de mar. Se sentó adelante y pidió ir a Sabanilla.

Su opinión sobre los taxis formales o los piratas fue directa: “Agarro el que sea”.

“Siempre cojo de estos rojos porque son los que reconozco. A veces no sé si un carro de otro color anda levantando gente y en esta zona (íbamos por La Bandera) andan pocos piratas. Creo que hay suficientes rojos, menos cuando llueve, que nunca alcanzan”, comentó.

En el país hay casi 13.500 taxis formales y diez de ellos estuvieron al mediodía del pasado viernes estacionados al costado norte de la iglesia de Moravia. Una hora de fila y conversaciones con otros colegas de turno.

El radio consumió la batería. El taxi quedó sin poder arrancar. Sin siquiera volverlos a ver, dos colegas llegaron a empujar. “Hágale, pa”, increpó uno de ellos. La marcha en segunda y listo: amigos de carretera, colegas y gremio. Eso son los choferes de taxi.

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“¿Cuánto le piden?” preguntó uno. Es decir, cuándo debería pagarle al dueño del taxi por cada jornada. Se supone que esa cuota va entre ¢15.000 y ¢18.000. El resto es la ganancia del chofer.

A veces no hay ganancia. Ese viernes, en las primeras cuatro horas apenas había cobrado unos ¢10.000, incluyendo el billete azul por el servicio a Los Sitios. Tal vez había gastado unos ¢3.000 en combustible porque, salvo la hora estacionado en el centro de Moravia, el Hyundai Accent 2005 anduvo “ruleteando”, en busca de un chiflido o de un brazo levantado en la acera.

Las ganancias. El primer cobro fueron ¢1.300 que pagó un muchacho cuyo carro tenía restricción vehicular. Abordó el taxi pasadas las 10 a. m. en el mall San Pedro (zona que que los taxistas convirtieron en parada sin permiso) y pidió ir al Walmart de Guadalupe.

Ahí tenía el carro guardado porque tenía restricción por placa. “Sale más barato el taxi que el parte”. “Prefiero ver la María, aunque a veces creo que corre más rápido de lo que debería. Pero igual, yo solo en los rojos. Odio a los piratas y todo ese mundo de informalidad”, dijo.

“El otro día vino mi hermana de Estados Unidos y llegó a la casa en un pirata. ¡Vieras que cagada!”.

”Y no es que todos los taxistas sean unos santos, pero al menos tienen que cumplir un permiso, se supone. Y yo sé que si me mato en un taxi rojo por lo menos mi familia queda papuda”, comentó.

Así hablaba hasta que se bajó y entró caminando al parqueo del supermercado. Era solo el primer servicio de varios cortos. Viajes de “un rojo” o de ¢2.000, a lo mucho. O de ¢1.400, como la señora que abordó el taxi en Los Sitios, cuando el taxi rojo salía sin problemas de la zona donde no suelen entrar los taxis rojos. Pidió ir a “Pollos Almosa”, uno de esos puntos referenciales en San Antonio de Coronado. Entramos entonces en “zona de piratas”, según los taxistas formales.

“Yo solo me monto con piratas cuando no son carajillos. Ahí en San Rafael (Coronado) andan muchos mocosos que son un peligro. Manejan como locos. Prefiero pagar esto, aunque uno siente que le estén sacando los ojos. Solo se puede cuando uno ve que se va a mojar. Ahorita llueve”. Monto: ¢1.400.

En la fila en el centro de Coronado fueron necesarios 20 minutos para quedar en primera línea. De repente, un pirata aterriza delante de todos. Es un carro azul con una banda reflectora que puede servir para identificar a los informales. La caja de mantequilla en el techo, tan simbólica, ya no es necesaria ni conveniente cuando hay policías de Tránsito.

Un pirata se cuela. Un señor que acaba de bajar del bus de Cascajal y se clava en el carro azul como para refugiarse de la lluvia incipiente. El chofer nos ve por el retrovisor sin apuro y se marcha.

Un “compañero” se acerca a nuestra ventana bajo los goterones. “Esto, mi hermanito, se parece a los programas de la selva, cuando llega la hiena y se roba el venado”.

Al fin llovía. Al fin clientes, se suponía. Fue esperar dos minutos más y llegó el primero, un señor con una bolsa de pan en la mano.

“Me lleva por favor aquí cerquita, a Patalillo. Como a los 800 metros. Yo le pago 1.000, ¿No importa? Gracias, es que a veces los taxistas se enojan cuando uno les pide que lo lleven tan cerca”.

Casi pidió disculpas por subirse al taxi para un servicio de tres minutos. Pagó y agradeció como si el viaje hubiera sido gratis.

Ya era media tarde y llovía sin duda. Casi acababa la jornada; solo quedaba llevar otros 800 metros a una muchacha (de la Clínica de Coronado al MásxMenos). Monto: ¢595. Paga ¢600 y espera los ¢5 del vuelto. No perdona nada.

Era hora de devolver el taxi, por dicha. Dolía la cabeza y la espalda. Se sentía la tensión de llevar en el carro vidas ajenas, cuidándolas y cuidándose uno. No deja de ser peligroso permitir que cualquiera se siente a un metro de la nuca propia y le diga a dónde ir.

Llovía, pero era hora de devolver el taxi. Bajaba hacia el cruce de Ipís cuando un hombre pedía un carro con señales de urgencia.

— ¿Me lleva al Calderón? — preguntó con un acento chileno.

— ¿Al hospital? ¿A San José? — pregunté sin astucia viendo que podía ser lo más rentable del día.

Se subió con su hija, que iba parael dentista. Se le veía adolorida. No querían mojarse y tardar los 45 minutos en autobús.

El taxi duraría solo 17 minutos. En el camino, él contaría que en Chile no hay taxis piratas. Que hay dos modalidades, pero todo reglamentado.

“Pero claro, lo cierto aquí es que hay demanda de ellos (los piratas) y aunque ustedes (los taxistas de rojo) no quieran, ellos siempre van a existir. Van a donde ustedes no van y cobran menos. Eso es así”, dice mientras hacemos las filas en El Alto de Goicoechea.

Estamos en medio de buses, carros particulares, taxis rojos y de todos los colores. “Habrá que pensar en algo más inteligente porque va a llegar el momento en que nadie podrá circular”.

Y listo. Llegamos al Calderón. El servicio salió casi en ¢6.000. El hombre paga sin arrugar la cara. Sabe que este es el precio de no llevar su carro al centro de San José un viernes por la tarde.

Ya hasta paró de llover y el dueño del taxi espera. El dolor de cabeza aprieta; son las 3:28 p. m. y en un escondite de fácil acceso van los ¢17.000 que en total pagaron los pasajeros del día.

El monto no es malo para seis horas de trabajo. Hay días en que el ingreso es igual pero con el doble de tiempo. Lo bueno es que hoy llovió. Lo malo es que cada vez llueve menos.

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