Marielos tiene esquizofrenia (y una sonrisa)

 PABLO MONTIEL
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Sobre el armario hay cinco barbies y un peluche rosado. En la cama, perfectamente acomodada, resalta una almohada en forma de mariposa en tonos pastel. En el ropero hay unos muñecos pequeñitos, maquillaje como de juguete y unas botellitas pequeñas de medicinas para un mal en los oídos.

Sobre el ropero hay un espejo grande que muestra la sonrisa tenue de Marielos, encantada de mostrar su cuarto infantil. En la gaveta de abajo, hay cuatro pares de zapatos, pero resaltan las tenis limpísimas que usa para ir de paseo. La apasionan los paseos y la Coca-Cola. En esta bebida invierte cada colón que recibe por tejer unos mantelitos con figuras de flores y animales. Ama el dulce.

La habitación es una habitación de niña. Afuera, mientras tanto, el aguacero empapa Santiago de Palmares y hace aún más apacible la estancia en este hogar de personas con enfermedades mentales donde Marielos vive desde 2006, cuando el Hospital Nacional Psiquiátrico dejó de ser su casa permanente.

Vida díficil. Marielos no es una niña. Tiene 35 años, aunque su comportamiento ahora quizá se parezca al de la niña que era hace 30 años en su natal San Carlos, donde compartía la pobreza y la precariedad de su hogar, con sus dos padres, ambos con cierto grado de retardo mental. Su papá era alcohólico y agresor; su mamá, sumisa y sobreprotectora, hasta donde sus condiciones lo permitían.

Marielos tiene esquizofrenia hebefrénica. Además de las alucinaciones, los delirios y las conductas comunes esquizofrénicas, este tipo de patología se caracteriza por conductas y lenguajes desorganizados, y la apariencia de una apatía permanente.

Sin embargo, ella tiene síntomas más leves. A simple vista es una muchacha tranquila y sin demasiado interés por su entorno.

Se suele reír sin razón aparente, al menos ante la opinión de quienes necesitamos razones concretas para hacerlo. Habla poco y cuando lo hace se atiene a su voz de pájaro casi imperceptible.

Su tratamiento médico no lo maneja a su gusto. Está a cargo de las mujeres que trabajan cuidando de ella y ocho personas más en este hogar construido por la Asociación para la Promoción de la Salud Mental (Aprosam). Toma antipsicóticos, aunque su comportamiento es bastante estable, en parte por la atención más afable que recibe desde que llegó proveniente del hospital. También consume fármacos para evitar que la rutina del sueño se altere y trastorne sus conductas.

Acepta ser entrevistada. Empieza diciendo su nombre corrido con los dos apellidos, como los niños en el kínder. Cuenta que barre y limpia, y que a veces la hacen lavar platos. Su comida favorita es el “pollo tostado” y confiesa que gasta en Cola-Cola hasta el último cinco de cada ¢1.000 que cobra por los mantelitos bordados.

Muestra su caja con maquillaje y su ropa ordenada de manera impecable. Abre la puerta del baño de su habitación como orgullosa de la limpieza, aunque las encargadas dicen que es quitada para el oficio.

“Es mi baño y el de Zulay”, dice, casi sin mover la boca. Se refiere a la mujer que duerme en la habitación de al lado. Tenía familia, hijos y trabajo. Ya no. Padece demencia grave y atrofia cerebral. Deambulaba por las calles. Comía papel y, si la dejan, camina sin parar hasta salir de la propiedad de 11.000 metros cuadrados, hasta la calle y donde alguien logre detenerla. Entonces regresa dócil a su hogar, a la habitación al lado de la de Marielos.

Quiere irse. Y sigue la entrevista. Marielos escucha una pregunta cualquiera y se ríe. Se pone seria y vuelve a sonreír frente al espejo. Se queda callada y asume el papel de preguntar: “¿Usted me puede pasar al hospital?”

Me quedé callado sin saber qué responderle. Cuesta entender cómo ella puede querer dejar este hogar, sus barbies bien sentadas y la almohada de mariposa. Cuesta entender cómo quiere ella regresar al hospital a competir por atención decente con cientos de personas que quizá desearían estar en esta habitación infantil.

–¿Y por qué se quiere ir?

–Porque no quiero estar aquí – dijo casi susurrando.

–¿Por qué no quiere estar aquí?

–No sé – contestó antes de quedarse seria tres segundos y entonces soltar una sonrisa tímida frente al espejo.

Después Isabel Torres nos explicó: “Se quiere ir porque allá podía comer de todo, lo que sobraba a sus compañeras y nadie la ayudaba a controlarse. Aquí además tiene responsabilidades. Tiene que mantener limpio su cuartito, recoger su ropa y asumir otras tareas comunes… como en un hogar, que eso somos”, dijo una de las cinco mujeres que se rotan para garantizar la presencia de dos en funciones.

Olivier, por ejemplo, también es esquizofrénico, pero más afanado que nadie. Saca la basura, ordeña la cabra, asume mandados y hace de lazarillo con algunos de sus convivientes cuando deben salir.

Con Marielos, por ejemplo, porque cruza las calles con carros con el mismo candor con que cruza el pasillo vacío entre las habitaciones de su casa.

De aquí no se irá Marielos aunque quiera o aunque diga que quiere. Aquí vive bien la muchacha que a los 17 años recibió por primera vez atención psiquiátrica con un brote psicótico agudo. Veía cosas que no existían. Oía que alguien la quería matar. Se paraba frente al espejo para reír y llorar; reír y llorar.

Ahora, en el espejo de su habitación infantil, solo sonríe. Ella tendrá sus motivos.

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