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Interlínea Guadalupe-La Uruca: Un viaje entre elotes, preguntas y bendiciones

Los usuarios pusieron a prueba el servicio y hablaron de sus virtudes: ahorrarse algo de dinero y unir comunidades cercanas

Poco a poco, los usuarios fueron probando el servicios de la interlínea Guadalupe-La Carpio este jueves 3 de octubre.
Poco a poco, los usuarios fueron probando el servicios de la interlínea Guadalupe-La Carpio este jueves 3 de octubre. (Doriam Díaz) ampliar

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Con sus dos hijos, Daniel e Isabella, tomados de la mano y cargando un bolserío, doña Catalina Santiesteban venía en un carrerón convencida de que ya la dejaba aquel bus amarillo. En mente traía dos objetivos clarísimos: entregarle unos elotes a su mamá en Cuatro Reinas de Tibás y estrenar la interlínea de Guadalupe-La Uruca porque “qué bendición”. Para lograrlo, tomó el bus de Los Sitios de Moravia, se bajó en Guadalupe y esperó 40 minutos en una parada equivocada hasta que vio pasar el autobús deseado y lo persiguió hasta el sitio correcto para abordarlo.

Eran las 12:30 p. m. de este jueves 3 y el costado este del parque de Guadalupe, además de parada, parecía una oficina de información. Con paciencia franciscana –sin duda, promovida por el estreno del servicio–, unos señores con la camiseta amarilla de las interlíneas bien puesta respondieron a las miles de inquietudes.  ¿A qué hora sale el bus? 12:40 p. m. ¿Cada cuánto pasan? 15 minutos en hora pico; 20 minutos, el resto del día. ¿Este bus pasa por Tibás? Sí, claro. ¿Desde aquí puedo llegar a Alajuelita? No, no se puede. ¿Hasta qué parte de La Uruca llega? Hasta LAICA. ¿Dónde para la interlínea que va a Desamparados? 125 metros al sur de la iglesia de Guadalupe. Etcétera.

Los choferes de la ruta se enfrentaron a menuda tarea: además de conducir el autobús, tuvieron que recitar decenas de veces cada una de las paradas, buscar puntos de referencia para ubicar a los perdidos y hasta devolver –una vez hecha la marca en las barras electrónicas– a aquellos despistados que se subieron creyendo que era el bus local de siempre, con rumbo a San José.

El bus de Guadalupe-La Uruca partió  a la hora anunciada –con una inusual puntualidad– y, en su interior, viajaban unas ocho o diez personas. Doña Catalina iba contenta. “Pienso que es más cómodo para no ir al bullicio de San José y tener que dar toda la vuelta. A mí me deja en la puerta de la casa de mi mamá en Tibás. Imagínese, ahora me ahorro los ¢7.000 que me cobraba un taxi”.

Los choferes de la ruta se enfrentaron a menuda tarea: además de conducir el autobús, tuvieron que recitar decenas de veces cada una de las paradas, buscar puntos de referencia para ubicar a los perdidos y hasta devolver –una vez hecha la marca en las barras electrónicas– a aquellos despistados que se subieron creyendo que era el bus local de siempre, con rumbo a San José.

Servicio a prueba.

Conforme este autobús recorría sus puntos oficiales, más gente llenaba sus asientos: había padres con sus hijos recién salidos de las instituciones educativas de primaria y secundaria, adultos mayores, profesionales rumbo a su trabajo y una señora que decidió dejar el carro guardado. Al subir, durante el trayecto y al bajar, sobraban expresiones como "¡qué divino esto!, ¿verdad" y "¡qué bendición las interlíneas!".

"Lo que yo no entiendo es por qué esto no lo hicieron hace cinco años. Ideas así hay que hacerlas de una vez", reflexionó doña Catalina en voz alta y con la aprobación de algunas personas a su alrededor.

Los viajeros estaban completamente convencidos de los beneficios de comunicar a comunidades para las que antes había que tomar dos buses e ir a San José centro; sin embargo, pusieron el servicio a prueba en cuanto a eficiencia y horarios. "Yo necesito ver si los horarios me ayudan para no llegar tarde al trabajo", dijo una joven a quien estaba a su lado. Otro aspecto que se conversó mucho fue el ahorro de dinero, que, dependiendo del usuario, variaba entre ¢100 y ¢600.

Con su familia, doña Catalina se bajó en Cuatro Reinas con un "Dios los acompañe" a todos los presentes. Estaba ansiosa de entregarle los elotes a su mamá, después de media hora de viaje sin contratiempos ni mayores presas.

En la León XIII, ocurrió una divertida anécdota: una adulta mayor entró al bus acompañada de un joven, que le iba vendiendo todas las virtudes de la interlínea; sin embargo, el desinformado joven se inventó una ruta que no existía y tuvo tremenda decepción tras ver que el chofer no tomaba hacia La Sabana y que, tras varias estaciones, desembocaba en su destino final: frente a LAICA. "Ve, papito, para que se "despabile"; la próxima pregunta", le dijo la mujer y juntos caminaron en busca de otro transporte.

Cambiar de bus.

"Lo que yo no entiendo es por qué esto no lo hicieron hace cinco años. Ideas así hay que hacerlas de una vez", reflexionó doña Catalina en voz alta y con la aprobación de algunas personas a su alrededor.


Al tomar el autobús de regreso, continuaron las historias. Aunque había comenzado a las 5 a. m. y su jornada terminaría a las 7 p. m., Mauricio Montenegro, chofer de la interlínea, estaba feliz porque la nueva ruta lo sacó de una que le estaba dando muchos dolores de cabeza: San José- La Carpio y viceversa. "Estaba deseando que me sacaran de allí; un día de estos agarraron el bus a balazos por un pleito afuera entre dos muchachos", contó, ante varias clientas curiosas, este hombre con 15 años de manejar transporte público.

Alejandrina Fuentes, una usuaria, aprovechó el buen ambiente para contar: "Yo no me acordaba de que esto arrancaba este jueves; yo estaba en Escazú y una muchacha me dijo. Me vine en el de Escazú-La Uruca y ahora voy en este (La Uruca-Guadalupe). No se le puede pedir más a Dios. Yo tengo un carrito, pero creo que no lo voy a volver a sacar; prefiero que en una presa se estrese usted (hablándole al chofer) y no yo". La concurrencia, incluso Montenegro, soltó la carcajada.

El chofer no paraba de hablar de lo satisfecha que estaba la gente e, incluso, una señora ofreció regalarle café la próxima vez que lo viera. "Ve, usted debería traerme un combo de Mc Donalds", le dijo en broma a Fuentes, a lo cual ella, ni lerda ni perezosa, le respondió: "No, qué va, me gasto todo lo que voy a ahorrar, pero le prometo que más tarde llego a la casa y rezo por usted".

Aunque la información de las paradas y horarios es inexistente dentro del bus –incluso se lee la de las rutas que hizo antes la unidad–, faltaron volantes para responder las miles de dudas de los usuarios y las señales metálicas de la interlínea en la acera deberían tener el detalle de cada lugar donde recoge usuarios, lo cierto es que uno queda convidado a sacarle provecho al servicio, ahorrarse alguito y escuchar las historias que tiene que contar.


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