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35 de cada 100 familias sobreviven bajo la línea de pobreza

Empleos informales y hambre retratan al Guanacaste ignorado

Actualizado el 25 de julio de 2013 a las 12:00 am

Pamperos rotan de empleo con bajos salarios, sin jornadas laborales de 8 horas ni seguro social

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Empleos informales y hambre retratan al Guanacaste ignorado

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Liberia, Carrillo y Nicoya. Ajena a la realidad de un Guanacaste con aeropuerto, turistas, playas y hoteles, Noemi Morales trabaja como buzo en el botadero de Liberia.

Con ello, esta mujer de 54 años lleva el sustento a su casa. Ella forma parte de la cara oculta de Guanacaste, esa que está excluida de la publicidad turística y que no entiende de inglés ni de papas fritas.

La pampa ignorada la dibujan jefas de hogar y peones que sobreviven con empleos informales, sin salario fijo, sin jornadas de ocho horas ni seguro social.

El retrato de la provincia refleja la desigualdad. La Encuesta Nacional de Hogares (Enaho 2012) revela que por cada 100 hogares, hay 35 familias en pobreza, dato que ubica a la Región Chorotega como la segunda más pobre del país, detrás de la Huetar Atlántica.

Al cumplirse el 189 aniversario de la Anexión del Partido de Nicoya a Costa Rica, cuatro de cada 10 habitantes de la provincia carecen de los recursos para satisfacer sus necesidades básicas.

Para llevar el arroz y los frijoles a la mesa, se suda machete en mano, se carga una cesta de rosquillas por la calle o se madruga para ir a reciclar en el botadero, entre otros empleos informales que logran llevar a la bolsa unos ¢6.000 por día.

El precario Martina Bustos, en Liberia, es reflejo de esa desigualdad que corre entre polvaredas y que afecta a unas 3.500 personas que lo habitan desde hace 20 años.

Sobre los retazos de madera con que arman sus casas escriben rótulos como: “Aquí se pintan uñas” y “se vende pan, buñuelo y fritos”.

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“A los políticos debería darles vergüenza asomarse en un pueblo tan pobre. Ellos no son de aquí. Lo más difícil es ver a mis niños pidiendo comida y que uno no tenga qué darles.”. Yorleny Umaña, jefa de hogar en Martina, Liberia

“Me duele ver a mis hijos con hambre y no tener plata para comprar arroz y frijoles. Gano ¢3.000 diarios y hay que empeñar o pedir fiado”, expresó Yorleny Umaña, jefa de hogar y madre de cinco niños con edades entre los 3 y 12 años.

En la Región Chorotega, el ingreso mensual de un hogar con estabilidad económica ronda los ¢1,5 millones, y uno pobre logra con dificultad reunir ¢121.000, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos.

“Trabajo entre basura y moscas. Soy buzo en el botadero. Entro a las 6 a. m. y regreso en la noche. Puedo ganarme unos ¢3.000 al día”, cuenta Ana Yancy Quesada, con ocho años de vivir en el precario.

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Las preocupaciones en el precario Martina Bustos son la falta de agua y el cierre el botadero que es su única fuente de ingresos.

“Es muy difícil celebrar una anexión cuando uno ve tanta disparidad entre vecinos, tanta miseria, niños con hambre y políticos que solo vienen a la fiesta”, expresó el líder comunal Gerardo Fuentes.

La misma desesperación hace eco en cantones como Nicoya, Carrillo y Hojancha, donde los vecinos narran la misma historia de desesperación ante malos salarios.

“Uno agarra la chambilla que sea. Hay hijos que tenemos que mantener”, dijo Iván Mairena, de 26 años y vecino de Liberia.

Guanacastecos se ven obligados a trabajar informalmente para sobrevivir. (Alberto Barrantes, Gabriel Marin)

Sumas en cero. Aunque dos personas de la familia trabajen, las exigencias de la canasta básica son mucho más fuertes.

“Tengo que ayudarle a mi esposo. Entre los dos logramos juntar, por quincena, ¢90.000. Se nos va en el pago de luz, arroz, frijoles y el alquiler”, manifestó Ginette Abarca, vecina de Carrillo.

Ante la falta de dinero, hay hogares que se ven obligados a que sus hijos trabajen. La Enaho 2012 reporta que en la Región Chorotega, uno de cada cuatro empleados es un menor de 15 años.

“Mis hijos me ayudan; trabajan conmigo, pero sé que lo único que va sacarlos de la pobreza es el estudio”, dijo Patsy Samuels, vecina de Sámara, en Nicoya.

Sobre la arena de las playas hay quienes ven el turismo como una carpa caída y una vana ilusión de empleo, puesto que cada vez se exige mayor competencia de idiomas y grados técnicos.

“Antes era menos duro ser pobre. Me cuesta aceptar que los políticos vengan a celebrar con tanto pobre. Como buena liberiana, no como cuento”, concluyó Titania Miranda, vecina de Liberia.

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