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Un salto civilizatorio

Actualizado el 29 de abril de 2013 a las 12:00 am

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Un salto civilizatorio

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Un salto civilizatorio - 1
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Un salto civilizatorio - 1

No hace mucho la única visión respetable de la persona negra era la de los estereotipos. Una estigmatización fuerte que nos llevaba a convencernos a tiros y troyanos, a etíopes y romanos, que era un hecho que los afrodescendientes, en términos generales, no eran capaces de determinadas actividades de tipo intelectual y, por el contrario, solo podían destacarse en tareas más físicas, como son el deporte y el baile, y acaso la música “a oídos”. Se fue perfilando de ese modo, una realidad imaginada, una invención poética, las más de las veces poco agradable. Y esos supuestos configuraban nuestro mundo y se afirmaban reales. Ciertamente, en la consciencia de los pueblos, el mensaje del profeta Martin Luther King aún resonaba; y una pequeña e idealista minoría soñaba con ver a los hijos y nietos de los esclavistas sentarse en la misma mesa con los descendientes de los esclavizados.

Pero a pesar de ser Estados Unidos el pueblo del filósofo Frederick Douglass, que supo liberarse y luchar por los suyos; y ser el pueblo de Eleonor Roosevelt, luchando por legar a la humanidad la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nadie, acaso el propio Barack Obama en su momento, pudo prever esa primera elección.

Al final, con un triunfo resonante, el candidato Obama se convirtió en el presidente Obama, y el mundo se volvió loco. Y la afrodescendencia en su mayoría lloró y celebró, enviando parabienes para un miembro prominente de su comunidad ancestral.

Pero si la elección de Obama fue un salto civilizatorio, su reelección demuestra contundentemente que estamos entrando a una nueva era.

Reelegirlo demostró que no fue un impulso simbólico ni una acción catártica. Solo se reelige a quien en ojos de la mayoría, ha hecho un buen papel.

Esta elección y posterior reelección revisten una importancia extraordinaria para la diáspora africana. No es una cuestión de ideología política. Obama es el presidente del país más poderoso en la historia de la Tierra, un hombre metido en la cúpula del poder. No se puede esperar de él la revolución social. No es esa su vocación ni su rol. Más, en el contexto de la diáspora africana, encarna al sueño de King, cuando su vicepresidente y sus familias se han sentado juntos a la mesa.

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Ese acto, simbólico, casi sacramental, nos anuncia sin duda, que estamos en los albores de una nueva era.

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