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Estados Unidos se acostumbra a las guerras sin victoria ni final

Actualizado el 04 de enero de 2015 a las 12:00 am

Estadounidenses dan misiones por concluidas, pero la realidad no es tal

Al igual que en Irak, la potencia deja atrás a un Afganistán que no tiene estabilidad

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Estados Unidos se acostumbra a las guerras sin victoria ni final

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Soldados iraquíes lanzan un cohete durante combates contra los islamistas del Estado Islámico para retomar el área de Sayed Ghareeb, cerca de Dujail, a unos 70 kilómetres al norte de Baghdad. | AFP

Washington. Las guerras del siglo XXI acaban sin desfiles triunfales ni lluvias de confeti. Estados Unidos se retiró hace tres años de Irak sin cumplir los objetivos que se propuso en la invasión del 2003. Y esta semana concluyó la misión de combate en Afganistán —la guerra más larga de la historia de EE. UU., más que la Segunda Guerra Mundial y que Vietnam— con una ceremonia discreta en Kabul, un comunicado del presidente Barack Obama y los talibanes celebrando la derrota de los aliados.

La era de victorias de la primera potencia ha terminado.

“La guerra en Afganistán ha terminado en el mismo sentido en que terminó la guerra de Irak en el 2011. Es decir, en realidad no ha terminado”, destaca el historiador militar Andrew Bacevich, veterano de Vietnam y quien es padre de un soldado fallecido en Irak. “Los estadounidenses se marchan pero la guerra continuará. El resultado está por decidir”.

Desde el 1.° de enero, el objetivo de EE. UU. y los aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Afganistán ya no es combatir frente a los talibanes y otros grupos insurgentes: esta misión corresponde a las fuerzas armadas afganas.

Los cerca de 11.000 militares estadounidenses tendrán una labor más limitada: entrenar a los afganos y participar en operaciones contraterroristas.

El temor a que una retirada brusca ofrezca vía libre a los talibanes para recuperar la capital, Kabul, 13 años después de la intervención de EE. UU., ha llevado a Obama a ralentizar sus planes de ahora al 2016, la fecha que Obama ha fijado para la retirada final: mil soldados más de los previstos se quedarán en el país centroasiático y el contingente estadounidense dispondrá de un margen mayor para luchar contra los talibanes y al-Qaeda.

El Afganistán que EE. UU. empieza a abandonar no es un país estable . En el 2014, murieron más de 3.000 civiles afganos, la cifra más elevada desde 2008, cuando la ONU contó, por primera vez, las bajas civiles. También murieron unos 5.400 soldados y policías afganos, la cifra más elevada desde que comenzó la guerra.

Soldados afganos  revisan un vehículo mientras los musulmanes  celebran en la ciudad de Herat la fiesta de Eid-Milad-ul-Nabi, que recuerda el natalicio de Mahoma. Desde el 1.° de enero, la seguridad es responsabilidad exclusiva de las fuerzas del país.  |  EFE
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Soldados afganos revisan un vehículo mientras los musulmanes celebran en la ciudad de Herat la fiesta de Eid-Milad-ul-Nabi, que recuerda el natalicio de Mahoma. Desde el 1.° de enero, la seguridad es responsabilidad exclusiva de las fuerzas del país. | EFE

EE. UU. empieza a digerir una década bélica con el regreso de los veteranos y el debate sobre la incapacidad para ganar del Ejército más potente.

Impotencia del gigante. Desde el 2001 Afganistán ha dejado 2.224 militares estadounidenses muertos y 19.945 heridos. En Irak murieron, entre el 2003 y el 2011, 4.491 estadounidenses y 32.244 resultaron heridos.

Más secuelas. “Depresión, ansiedad, pesadillas, problemas de memoria, cambios de personalidad, pensamientos suicidas: cada guerra tiene su posguerra, y así es con las guerras de Irak y Afganistán, que han creado unos 500.000 veteranos estadounidenses heridos mentales”, escribe el periodista David Finkel en el libro Gracias por sus servicios .

Tras la retirada, llega la hora de digerir la década y media de conflictos sin victoria. La avalancha de heridos engorda las listas de espera en los hospitales de veteranos. El regreso, como ocurrió después de Vietnam, no es fácil. Cerca del 7,2% de veteranos de Irak y Afganistán están en paro, por encima de la media nacional.

La diferencia con Vietnam es que, al contrario que entonces, los veteranos no encuentran en su país una recepción hostil. Vietnam marcó el fin del reclutamiento obligatorio. El carácter voluntario de las Fuerzas Armadas, desde 1973, las ha profesionalizado, pero también ha abierto un abismo entre los militares y el resto de la sociedad.

Menos del 1% de estadounidenses ha combatido en Irak y Afganistán. EE. UU. inició la llamada guerra contra el terrorismo como respuesta a los atentados del 2001, pero durante estos años no ha vivido como país en guerra.

Guerras lejanas. Los combates eran algo lejano, exótico. Unos meses después del 11 de setiembre, “aunque nominalmente estaba ‘en guerra’, la nación empezó a comportarse como si estuviese 'en paz'”, comenta Bacevich en su último ensayo, Quiebra de la confianza. Cómo los estadounidenses han fallado a sus soldados y a su país.

“Es extraño, pero la relación (entre población y Fuerzas Armadas) no ha cambiado realmente a pesar del largo periodo de guerra”, dice Bacevich en un correo electrónico. “Hoy, como era el caso antes del 11 de setiembre, los estadounidenses pretenden preocuparse por los soldados, pero su preocupación no se amplía hasta el punto de impedir el compromiso en guerra innecesarias e imposibles de ganar”.

En un artículo titulado “¿Por qué los mejores soldados del mundo no dejan de perder?”, publicado en el último número de la revistaThe Atlantic , el periodista James Fallows vincula la distancia entre los civiles y los militares con el hecho de que EE. UU. se haya embarcado en “guerra sin fin que no puede ganar”.

La desconexión, unida a la veneración automática de los militares por parte de los ciudadanos, aísla a los militares de las críticas que reciben otras instituciones, como el Congreso o Wall Street. A la larga, según Fallows, la ausencia de un escrutinio público perjudica a los militares porque pierden incentivos para mejorar.

La profesionalización de los ejércitos permite a los políticos embarcarse en guerras sin asumir un coste social: las consecuencias las sufre una parte ínfima de la población.

El presidente afgano,  Ashraf Ghani (izq.), el exmandatario Hamid Karzai (centro) y el jefe de Gobierno, Abdulá Abdulá,  el  miércoles  en  la ceremonia de transición de la seguridad a las fuerzas del país.   | AP
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El presidente afgano, Ashraf Ghani (izq.), el exmandatario Hamid Karzai (centro) y el jefe de Gobierno, Abdulá Abdulá, el miércoles en la ceremonia de transición de la seguridad a las fuerzas del país. | AP

Esta es la “era del conflicto persistente”, según la frase acuñada en el 2007 por el entonces jefe del Ejército de Tierra, el general George Casey. El concepto “ganar guerras” queda obsoleto. “En este mundo no ‘ganaremos guerras’”, vaticinó en el 2011 Anne-Marie Slaughter, jefa de planificación política del Departamento de Estado cuando Hillary Clinton fungía como secretaria de Estado. “Tendremos un abanico de herramientas civiles y militares para aumentar nuestra posibilidades de convertir resultados malos y amenazantes en resultados buenos o mejores”.

El objetivo, en Irak y en Afganistán, ya no es ganar, sino evitar daños mayores. Y el plazo es flexible. En Afganistán es el 2016. En Irak fue el 2011, mas este verano los avances del Estado Islámico han forzado a EE. UU. a regresar.

Si las guerras del siglo XXI acaban sin desfiles y confeti, es porque muchas jamás acaban del todo.

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