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Casa Blanca se inquieta ante la silenciosa investigación de sus vínculos con Rusia

Actualizado el 23 de julio de 2017 a las 11:35 am

El trabajo de Robert Mueller preocupa profundamente a los ocupantes de la Casa Blanca, en especial al presidente estadounidense, Donald Trump, a quien apunta su investigación.

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En esta foto de archivo del 21 de junio de 2017, el abogado especial Robert Mueller sale tras una reunión a puerta cerrada con miembros del Comité Judicial del Senado sobre la intromisión de Rusia en la elección y posible conexión con la campaña Trump. (AP)

Washington

Durante los dos últimos meses, el fiscal especial independiente estadounidense Robert Mueller, designado para investigar el escándalo con Rusia, ha trabajado en un silencio virtual en una oficina de un edificio del gobierno en el centro de Washington.

Pero aun sin pronunciar una palabra, este exdirector del FBI, de 72 años, inquieta profundamente a los ocupantes de la Casa Blanca, apenas a ocho cuadras de su despacho, y especialmente al presidente estadounidense, Donald Trump, a quien apunta su investigación.

Designado a mediados de mayo por el secretario de Justicia para dirigir la investigación federal sobre si los colaboradores de Trump coludieron con los intentos de Moscú para influenciar la elección presidencial de 2016, Mueller ha formado un equipo con más de doce sólidos investigadores que incluye un experto en dar la vuelta a testigos de la mafia, un especialista en lavado de dinero y uno de los fiscales con más experiencia del Tribunal Supremo.

Desde mayo, han estado entrevistando discretamente a testigos y compilando documentos para determinar si existen vínculos entre los principales asistentes de la campaña electoral de Trump, los miembros de su familia, y probablemente el propio presidente, y las interferencias rusas en las elecciones de 2016.

Después de desestimar dicha investigación durante meses por "ridícula" e "informaciones falsas", Trump puso al descubierto su preocupación esta semana, arremetiendo contra el Departamento de Justicia y su propio secretario de Justicia, Jeff Sessions, a raíz de la interminable controversia por sus eventuales relaciones con Rusia.

El presidente apuntó especialmente a Mueller, dejando clara su intención de debilitar y desacreditar al hombre que podría hacer caer su presidencia y eventualmente, a él mismo.

En una entrevista con The New York Times, Trump se quejó de que un día después de haber entrevistado a Mueller para sustituir al expulsado jefe del FBI James Comey, éste decidiera aceptar el trabajo de investigar el escándalo ruso.

"Al día siguiente es nombrado asesor especial. Digo yo '¿De qué va todo esto? ¿De hablar de conflictos?'", señaló el presidente.

Según el periódico, los abogados personales y los colaboradores de Trump comenzaron a hurgar, además, en la vida de los investigadores reclutados por Mueller con el fin de desacreditarlos.

Cualquier fiscal encargado de la presidencia tiene que aguantar una gran cantidad de presión política, explica Randall Samborn, un fiscal que participó en la investigación que apuntaba al peso pesado de la política, el vicepresidente Dick Cheney, en la década de los 2000.

Pero si alguien es capaz de gestionar esta presión, dice Samborn, éste es Mueller.

Experiencia. Un exmarine herido en la guerra de Vietnam, Robert Mueller es también un veterano de los procesos judiciales pesados, incluyendo el proceso del expresidente panameño Manuel Noriega o el del mafioso John Gotti.

Nombrado a la cabeza del FBI una semana después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, en los años que siguieron convirtió a la institución en una poderosa agencia anti-terrorista.

En lo que hoy es una legendaria defensa del Estado de derecho, Mueller y Comey se enfrentaron al presidente George W. Bush en 2004 por un programa secreto de vigilancia doméstica ilegal. Ante el riesgo de verse despedidos, forzaron a Bush a ajustar sus planes.

Es el tipo de entereza que ha cosechado el reconocimiento de Mueller tanto por el sector republicano como por el demócrata durante años.

"No creo que haya una preocupación legítima acerca de Bob Mueller", estimó Ken Starr, cuya investigación de los años 90 casi obliga a Bill Clinton a abandonar la Casa Blanca.

"Mueller es un pilar de las comunidades legales y políticas de Washington, que se solapan en gran medida", señaló el exfiscal Andrew McCarthy en la conservadora National Review.

Desde mayo, el equipo de Mueller de profundos expertos fiscales federales, investigadores del FBI, cazadores de espías y perseguidores de caudales financieros, ha estado hablando con testigos y compilando informes, con las únicas pistas de su labor asomadas en las preguntas que van haciendo a sus entrevistados.

Y parece que la investigación esta yendo más allá del asunto de la colusión con Rusia.

Según los informes, Mueller está mirando el pasado de la actividad inmobiliaria de Trump y sus declaraciones de impuestos, posibles casos de lavado de dinero en ayudas de campañas, perjurio y obstrucción a la justicia, entre otros delitos posibles.

La investigación, así como las investigaciones paralelas de los Comités de Inteligencia de la Cámara de Representantes y el Senado, se han extendido a las ayudas de campaña del círculo más cercano de Trump, incluyendo a su hijo Donald Trump Jr. y a su yerno Jared Kushner.

Claramente en desequilibrio, la Casa Blanca ha contratado a su propia brigada de fiscales y ha acusado al equipo de Mueller de estar influenciado por la rival de Trump en las elecciones de 2016, la demócrata Hillary Clinton.

En este contexto, medios estadounidenses señalan que varios aliados de Trump evalúan la posibilidad de perdones presidenciales para los involucrados y buscan maneras de desacreditar la investigación de Mueller , que el presidente ha tildado de "cacería de brujas".

La Casa Blanca rehusó descartar la posibilidad de que Trump despida a Mueller , una decisión que desataría una tormenta política y quizás una crisis constitucional.

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