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Una tica en la tierra de Mahoma

Actualizado el 01 de marzo de 2015 a las 12:00 am

Una puntarenense, residente en Riad, capital de Arabia Saudí, hizo la peregrinación a La Meca, el sagrado lugar del islam. Este es el relato de su experiencia que, asegura, la hizo crecer como persona

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Una tica en la tierra de Mahoma

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Cada año, más de dos millones de musulmanes se reúnen en un mismo lugar para llevar a cabo uno de los cinco pilares del Islam: el peregrinaje a la Meca. Quién iba a decir que este año, yo, costarricense, nativa de Puntarenas, y con raíces asiáticas, viviría esa experiencia inigualable.

Viajé desde Riad, Arabia Saudí, con mi esposo, Fawaz A. Alotaiby. Los dos íbamos como peregrinos, según yo...

Sin embargo, tras un viaje de dos horas por avión, cuál fue mi sorpresa, que una vez llegados a Mina (la ciudad vecina a La Meca), me tenía que despedir de él y entrar al campamento solo de mujeres.

La puntarenense Milena Chen-Apuy Murillo vive en Riad, capital de Arabia Saudí, hizo la peregrinación a La Meca.
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La puntarenense Milena Chen-Apuy Murillo vive en Riad, capital de Arabia Saudí, hizo la peregrinación a La Meca.

Éramos 150 saudís y yo, la única que no era árabe, que no hablaba árabe y que, de fijo, tampoco parecía árabe.

Nos teníamos que quedar ahí una semana, del 1.° al 7 de octubre del año pasado.

Lo que muchos conocen como “La Meca” es la sagrada mezquita Al Masgid Al Haram donde está la Kabba (el cubo negro).

Durante Hajj –el nombre de este peregrinaje– cada día hay un ritual diferente, siempre dentro de la ciudad de La Meca; pero, se empieza y se termina en la sagrada mezquita Al Haram (La Meca).

Para los musulmanes es obligatorio solo una vez en la vida hacerlo si se tienen los recursos económicos y la salud para hacer el viaje.

La fecha siempre es entre el 8 y el 12 del mes Dhu Al-hijjah , que es el último mes del calendario musulmán, el cual es lunar (11 días más corto que el calendario que usamos en Costa Rica).

Miradas

Aquel primer día, después de hacer el ritual correspondiente, tuve el privilegio de ser la primera en el cuarto. Así, pude escoger la cama que estaba frente al aire acondicionado.

Éramos 20 mujeres durmiendo en la misma habitación. A como iban llegando, me iban notando y con eso, empezaron las miradas intensas sobre mí. Ahí recibí mi primera enseñanza: una mirada o una sonrisa dicen más que mil palabras sin importar el idioma.

En siete días, aprendí a hablar más árabe que en los nueve meses que tenía de vivir en Riad.

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Mashallah”, me decían las señoras, luego me daban otra mirada detenida y otro mashallah .

Los ticos usamos mal esa palabra, es una expresión árabe que se utiliza cuando decimos algo bueno sobre otra persona; por ejemplo, “qué lindos ojos, mashallah ”, es algo así como “que Dios lo proteja”.

Al día siguiente, nos quedamos en el campamento, preparándonos para el viernes: el día más importante.

Otro de los pilares del islam es rezar cinco veces al día: al amanecer, al medio día, a media tarde, al atardecer y por la noche.

No es tan difícil a como suena, las oraciones son rápidas y fáciles.

El viernes, me despertó la llamada a rezar cuando todavía no había salido el sol. Se sentía un ambiente diferente en el aire, todas personas ansiaban que llegara ese día.

Todas las mujeres del campamento, de negro, cubiertas de pies a cabeza, y yo..., vestida totalmente de blanco.

La Kaaba es el lugar más sagrado del islam. Los peregrinos le dan siete vueltas.  | FOTO: MILENA CHEN-APUY MURILLO
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La Kaaba es el lugar más sagrado del islam. Los peregrinos le dan siete vueltas. | FOTO: MILENA CHEN-APUY MURILLO

De ahí nos trasladamos al monte Arafat, donde se reza y se le suplica a Dios por todas las cosas que anhelamos.

Cuando anochece, es obligatorio irse de Arafat, hacia un lugar llamado Musdalifah, antes de la medianoche. Estar en Musdalifah fue como estar en una película del fin del mundo.

Imagínense más de dos millones de personas tratando de moverse de un pueblito al otro, en un determinado tiempo requerido. Diez minutos, dos pasitos.

Todos tan pegados el uno al otro que no era fácil respirar, porque no mencioné antes el pequeño detalle de la temperatura: 38 grados centígrados, más o menos.

Pasamos la noche ahí. Por la madrugada, casi al amanecer, volvimos a Mina.

Vestido pecaminoso

Los musulmanes tienen dos celebraciones anuales. Una de ella, era ese día.

Todas las mujeres estaban de vuelta en el campamento, con sus batones festivos de colores y yo..., con mi pantalón blanco y mi camisa negra sin mangas.

No tardó mucho para que una primera mujer me volviera a ver feo.

Luego, otra mujer me dijo en el baño, entre señas y expresiones, que mi atuendo era pecado. Le devolví una sonrisa y un “ok, ok, gracias”, y me fui.

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Al principio me sentí un poco enojada: ¿por qué no se preocupaba ella por ella misma y me dejaba a mí en paz? Me sentí fuera de lugar: ¿qué estaba haciendo yo ahí entre todas esas mujeres?

Luego me acordé de que ese viaje, ese sacrificio que estaba haciendo, esos días ahí, eran para rezar, meditar, reflexionar y que no iba a dejar que algo tan tonto me arruinara la experiencia.

El resto del día no quise salir del cuarto. Me sentí un poco aislada, por la barrera del idioma y la cultura.

Hay cientos de campamentos de diferentes países e idiomas en el mismo lugar, los mismos días, y todos tienen que hacer lo mismo al mismo tiempo, por eso es una locura.

Lo que pasó fue que Fawaz, por ser saudí y estar dentro del país, pudo escoger un campamento; entonces, todas las personas eran árabes..., menos esta tica.

Para Fawaz era la primera vez en su vida que hacia el peregrinaje. La diferencia es que él se había preparado toda la vida para hacerlo, sabía los pasos y qué hacer.

Peregrinos musulmanes se reúnen e el monte Arafat, cerca de la Meca, en Arabia Saudita, para realizar uno de los rituales del hach, el más importante del islam.  Entre otros rituales, ellos le dan siete vueltas a la kaaba (cubo o dado), una especie de caja negra que representa el lugar sagrado, la casa de Dios.
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Peregrinos musulmanes se reúnen e el monte Arafat, cerca de la Meca, en Arabia Saudita, para realizar uno de los rituales del hach, el más importante del islam. Entre otros rituales, ellos le dan siete vueltas a la kaaba (cubo o dado), una especie de caja negra que representa el lugar sagrado, la casa de Dios. (AFP)

Yo no tenía ni idea del sacrificio y del cansancio físico y mental que se padece.

Mientras yo estaba en la parte de mujeres, él estaba en la de hombres.

Esos días se duerme poco, se reza mucho y se evita todo tipo de tentación

Los días siguientes fueron más fáciles. Cada jornada era un ritual diferente.

Cuando había que salir del campamento, entonces podía compartir algunos ratos con mi esposo. Para una mujer es obligatorio tener a un hombre con ella para hacer este peregrinaje: esposo, papá, abuelo, hermano, hijo o tío.

Fawaz me invitó a caminar entre la gente.

No me hizo mucha gracia la idea: ya estaba cansada por el calor y la gran multitud, el exceso ruido de millones de personas día y noche juntas a centímetros de distancia una de la otra, pero lo acompañé.

Me pidió que esperara en una esquina y así, sin explicarme mucho, se desapareció entre la multitud.

Diez minutos después, apareció con una caja grande, llena de manzanas verdes y solo me dijo: “Dios siempre nos da tanto, vamos a dar un poquito de vuelta”.

Me llevó donde había personas durmiendo en el suelo o haciendo fila para comprar algo de comer, ancianos sentados en una acera rezando.

Le dimos una manzana a cada uno, lo cual nos agradecieron como si hubiese sido oro. No me volví a quejar.

Aprendizaje

El ultimo día, una muchacha que no había visto antes en el campamento, me fue a buscar a mi cuarto.

Entre su inglés y mi árabe, entendí que me estaba pidiendo que me sentara con ella un rato.

Lo primero que pensé fue: “Otra que me va a decir que mi ropa es de pecadora o que estoy haciendo algo mal”..., pero no.

Resulta que ella, saudí, musulmana desde el día que nació, reservada y siempre cubierta, había perdido la fe.

Ella me buscó a mí, entre todas esas mujeres religiosas, para reafirmar su religión, su fe.

Dios tiene muchas maneras curiosas de manifestarse: Yo, que soy aprendiz en esto de la religión, la consolé, la escuché y la aconsejé.

En mi vida cotidiana, soy maestra; pero, en esta travesía, yo fui una alumna que fue tocada por el cielo para darme cuenta que también fui peldaño en la vida de alguien para aligerar su carga.

Cuando volví a mi casa en Riad, lo hice como una mujer diferente, algo resfriada, pero con suficientes historias para mil y una noches.

Me gustaría volver a hacer Hajj otra vez, dentro de muchos años si Dios quiere.

Crecí en experiencia, ahora soy más fuerte y desenvuelta, y lo más importante: más agradecida con Dios por las bendiciones que me dio, por la comida y por la paz que ahora habita en mi alma.

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