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La Primavera Árabe cambia de dirección

Actualizado el 07 de julio de 2013 a las 12:00 am

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Simpatizantes de Mursi protestaron ayer cerca del cuartel de la Guardia Republicana y algunos exhibieron ejemplares del Corán. La televisión mostró al derrocado Hosni Mubárak, cuyo juicio se reanudó el sábado. | EFE, AFP Y AP.

Dubái. La intervención del Ejército para reconducir la transición política en Egipto va a tener efectos más allá de las fronteras del mayor país del mundo árabe.

Si el triunfo de la revuelta egipcia en el 2011 se consideró clave en la propagación de la Primavera Árabe  al resto de esa región geopolítica, el golpe militar para frenar a los islamistas, que han sido sus principales beneficiarios, también envía un poderoso mensaje a los vecinos, donde la transformación sigue a distintos ritmos y con resultados desiguales.

“El golpe es un mensaje a los árabes de que el cambio a través de medios democráticos no es posible”, declara el ex director general de al-Yazira Waddah Khanfar, por teléfono desde Doha. En su opinión se trata de “una oportunidad perdida para la transformación política” que va a tener consecuencias “negativas y peligrosas para toda la región”.

Mubárak compareció ayer en la reanudación de un juicio por supuesta complicidad en asesinatos.
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Mubárak compareció ayer en la reanudación de un juicio por supuesta complicidad en asesinatos.

Al otro lado del espectro, George Irani, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Americana de Kuwait, lo interpreta como “un aviso a los Hermanos Musulmanes y el resto de las fuerzas islamistas en la zona de que no pueden imponer sus puntos de vista en la sociedad”. El analista sirio Talal el-Atrache, por su parte, afirma que la intervención militar “está destinada a rectificar las derivas (islamistas) de la  Primavera Árabe”.

Socollón en el mundo árabe. Dos años después del inicio de aquellos levantamientos populares, cuatro países se han librado de sus dictadores (Túnez, Egipto, Libia y Yemen) y dos están inmersos en un conflicto fratricida de distinta intensidad (Siria y Baréin). Sin embargo, la sacudida ha afectado a toda la región. Incluso las monarquías árabes más estables han actuado para contrarrestar sus réplicas y, sobre todo, poner coto al avance de los Hermanos Musulmanes a los que perciben como los mayores beneficiarios del cambio y la principal amenaza a su poder absoluto.

Las urnas les han dado el poder en Egipto y Túnez, y las armas, influencia en Libia y Yemen.

En Siria, el régimen ha jugado la carta sectaria (y los países del Golfo que apoyan a los sublevados le han hecho el juego), sumiendo el país en la actual espiral sangrienta.

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En Baréin, la composición confesional del reino (dos tercios chiitas con una monarquía sunita) ha marcado unas reglas distintas, y solo la contención de los opositores ha evitado que el conflicto degenere en una guerra civil abierta, aunque la represión ha radicalizado a los más jóvenes y la fractura social sigue agravándose.

Khanfar, que en la actualidad dirige el foro de reflexión al-Shark , se muestra convencido de que quienes en la región han celebrado el golpe egipcio son “aquellos a los que la  Primavera Árabe  afectó de forma negativa”. Cita como ejemplo al presidente sirio, Bashar al- Asad, que ha recibido la destitución del egipcio Mohamed Mursi como una premonición de su propio triunfo. La oposición siria, aunque variopinta, está articulada sobre una base esencialmente islamista sunita, la misma ideología de la hermandad egipcia.

Un seguidor de Mohamed Mursi mostraba ayer un ejemplar del Corán, libro sagrado del islam.
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Un seguidor de Mohamed Mursi mostraba ayer un ejemplar del Corán, libro sagrado del islam.

Aunque por distintas razones, lo mismo puede decirse de Arabia Saudí, cuyo monarca fue de los primeros en felicitar al nuevo Gobierno egipcio.

El rey Abdalá, que apoya sin fisuras el relevo de al-Asad, comparte la repulsión del presidente sirio hacia los Hermanos Musulmanes.

Igualmente satisfechos con el golpe, aunque más discretos en su efusividad, están los gobernantes de Emiratos Árabes Unidos, donde esta semana se condenó por conspiración a 69 acusados de pertenecer al capítulo local de la cofradía.

Abu Dabi, el principal de los siete emiratos, acoge a Ahmed Shafik, el último primer ministro de Mubárak, desde su derrota por Mursi en las elecciones egipcias del año pasado.

La excepción entre las monarquías es Catar, cuya activa política exterior de apoyo a los islamistas sufrió un revés. El jeque Hamad, que el mes pasado cedió el poder a su hijo, hizo una apuesta por el islam político desde el inicio de las revueltas populares, tal vez con la idea de forjar una alianza que reforzara la posición regional de su riquísimo, pero pequeño país.

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