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Estados Unidos reaccionó asustado por la presencia de una nueva Cuba

Actualizado el 26 de noviembre de 2016 a las 10:00 pm

La implantación de un gobierno marxista-leninista en la frontera estadounidense en el Caribe impuso un desafío sin precedentes a la diplomacia de la potencia, que se vio obligada a hacer un replanteamiento de su política exterior hacia el traspatio que ahora veía amenazado.

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Fidel Castro hablaba, el 20 de abril de 1959, durante una comparecencia en Club Nacional de Prensa en Washington. Fue el primer viaje al extranjero del entonces joven líder del nuevo régimen cubano. | AP

Una Cuba comunista no estaba ni en la imaginación de los altos mandos en Washington.

El carácter marxista-leninista del nuevo régimen encabezado por Fidel Castro –que este anunció en 1960, en pleno enfrentamiento ya con su poderoso vecino del otro lado del estrecho de Florida– tomó a Estados Unidos con la guardia baja y lo forzó a ensayar, sobre la marcha, respuestas ante la inusitada “amenaza”.

Había ahora una urgencia por ofrecer una política a América Latina ante el inédito desafío al estatus quo que planteaban Castro y su revolución.

El subcontinente había estado relegado en las prioridades de la Casa Blanca.

Las expectativas latinoamericanas de lograr una ayuda económica masiva después de la Segunda Guerra Mundial, pronto se diluyeron. El interés estadounidense se centraba en apoyar a la Europa en ruinas para contener una eventual avanzada de la Unión Soviética.

No había un Plan Marshall para la América Latina.

Washington solo se preocupaba por tender un cerco al comunismo en su traspatio con la forja de alianzas como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíporoca (TIAR , 1947) y la constitución de la Organización de Estados Americanos (OEA , 1948).

Latinoamérica aspiraba al desarrollo económico, para lo cual necesitaba ayuda económica y crédito, pero Estados Unidos rechazaba que ese proceso se impulsara bajo la égida del Estado.

La superpotencia priorizaba la contención del comunismo, acorde con su estrategia de seguridad nacional.

Mas cuando percibió un riesgo para sus intereses, no dudó en actuar con firmeza para desbaratarlo, como lo hizo al apoyar la invasión que acabó con el gobierno de Jacobo Arbenz, en Guatemala, en 1954.

Una espina en la garganta. La caída de Fulgencio Batista y la implantación de un régimen decidido a dar a Cuba una nueva estructura social, política y económica, puso a Washington ante un reto en una isla donde su hegemonía e influencia habían sido la norma.

Castro tomaba medidas que afectaban los intereses estadounidenses (reforma agraria, nacionalización de servicios y empresas), anunciaba una revolución comunista y empezaba a forjar lazos militares, económicos y políticos con Moscú, que ahora se abría camino en en el Caribe.

Alianza para el Progreso fue la respuesta y la propuesta de Estados Unidos para evitar “otra Cuba”. Impulsada por la administración Kennedy, giraba en torno a tres objetivos: crecimiento económico, reforma social y fortalecimiento de la democracia.

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Washington daría $20.000 millones durante 10 años para apoyar metas como un alza no menor del 2,5% de la producción por año, distribución más equitativa del ingreso, impulso a la industrialización y el empleo, reforma agraria, erradicación del analfabetismo al cerrar la década de 1960 y mejoras en las áreas de salud y vivienda.

Empero, las élites en América Latina no veían con entusiasmo la adopción de medidas que, en muchos casos, afectaban sus intereses tradicionales (tenencia de la tierra). Nunca entendieron el carácter estratégico de la Alianza, comentaba el desaparecido politólogo costarricense Rodolfo Cerdas Cruz.

Por otra parte, luego de la muerte de Kennedy, en 1963, el programa perdió impulso. Su sucesor, Lyndon Johnson, estaba más interesado en enfrentar el reto en Vietnam , una prioridad que también consumió la atención del gobierno de Nixon.

Así, 1970 encontró a la Alianza moribunda y con sus objetivos incumplidos, pues no logró erguirse en la fórmula para que la región creciera con estabilidad política y desarrollo social.

Conforme la Alianza fue perdiendo fuelle, Estados Unidos volvió al recurso de la intervención armada (República Dominicana, 1965) o los golpes de Estado (Chile, 1973) como vía para frenar lo que percibía como amenazas.

Los años 80 mostraron, particularmente en Centroamérica, la persistencia de aquellos problemas históricos que la Alianza trató de solucionar, y frente a ellos Estados Unidos optó por el apoyo militar o económico a sus aliados, el respaldo a grupos rebeldes afines (contras en Nicaragua) e invasiones (Granada, en 1983, y Panamá, en 1989).

La Iniciativa para la Cuenca del Caribe , una exención arancelaria unilateral y condicionada a las exportaciones antillanas, fue otra respuesta estadounidense justo cuando la ebullición imperaba y Washington procuraba nuevamente una opción viable al modelo político-económico de la Revolución cubana.

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Víctor Hugo Murillo S.

vhmurillo@nacion.com

Editor de El Mundo

Editor en la sección Mundo de La Nación. Periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Además realizó estudios de Historia. Escribe sobre temas relacionados con el acontecer internacional.

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