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José Mujica:un presidente no tan diferente

Actualizado el 22 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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José Mujica:un presidente no tan diferente

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Montevideo. José Mujica logró una proeza increíble: puso a Uruguay en el mapa.

Desde que asumió la presidencia en el 2010 ha estado en la portada del The New York Times, ha sido entrevistado por los principales diarios de América y Europa, por canales de televisión japoneses y coreanos; La Reppublica de Italia lo ha llamado “el Mandela sudamericano” y The Guardian llegó a jugar con la idea de cómo sería Gran Bretaña si Mujica fuera su primer ministro.

Todo este revuelo para el mandatario de un país de 3 millones de habitantes, perdido por el sur del mundo y que solo accede a los titulares cada tanto por algo relacionado con el fútbol, suele tener una explicación tan implacable como discutible: Mujica es un presidente diferente.

Tras votar en la primera ronda de las elecciones, en octubre del 2009,   José Mujica, volvió a su finca a cumplir con sus tareas agrícolas.
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Tras votar en la primera ronda de las elecciones, en octubre del 2009, José Mujica, volvió a su finca a cumplir con sus tareas agrícolas. (Archivo)

Estilo de vida. La primera cosa que llama la atención sobre Mujica es su historia de vida . Sus inicios políticos acompañando a uno de los caudillos históricos de uno de los partidos fundacionales del Uruguay, su posterior conversión al marxismo y su papel en el movimiento guerrillero que se alzó en los años 60 contra un gobierno democrático.

Participó en acciones espectaculares como la fuga del penal de Punta Carretas, donde 111 guerrilleros lograron escaparse por un túnel, recibió varios balazos, fue recapturado, y pasó 14 años preso en condiciones miserables. Tras el regreso democrático en 1985 volvió a la política activa, sin rencores, creó un grupo dentro de la coalición de izquierda Frente Amplio, logró un ascenso impactante siendo diputado, senador, ministro y, finalmente, presidente de la República.

Sin embargo, su carrera política no puede ser la razón de su impacto internacional. A fin de cuentas, en la región hay otros casos de exguerrilleros que han llegado a los cargos más altos.

Lo que más “vende” de Mujica no es tanto su historia, como su estilo de vida.

Dueño de un discurso campechano y directo, enemigo de las etiquetas y la ropa formal, sorprende al observador acostumbrado a la política actual, tan condicionada por el almidón, los protocolos y los asesores de imagen.

Durante toda su carrera política se caracterizó por romper con los moldes de la profesión. Incluso, ya en la presidencia siguió viviendo en una modesta propiedad rural en las afueras de Montevideo, manejando su Volkswagen escarabajo de los 60, comiendo en cualquier pizzería de barrio, además de donar el 90% de su sueldo.

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Uno de los puntos más llamativos de su campaña electoral fue cuando por primera vez acudió a un conocido sastre a confeccionarse un traje y un par de chaquetas para usar en caso de ganar las elecciones. Un cambio drástico de lo que era su presentación personal en sus tiempos de diputado cuando en una ocasión, según una de las tantas leyendas urbanas que lo rodean, un policía lo interceptó mientras estacionaba su vieja Vespa en el lugar reservado para legisladores. “Señor, ¿va a dejar la moto ahí mucho tiempo”?, le preguntó el agente. “Si no pasa nada raro, unos cuatro años”, respondió Mujica.

“Bicho político”. Como si esto fuera poco para llamar la atención, su agenda de gobierno ha incluido algunos temas de justificado impacto global. Desde que Mujica asumió el poder, Uruguay ha autorizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, ha legalizado el aborto y se embarcó en un experimento sin precedentes de legalización del comercio de marihuana , cosa que ha hecho que su nombre suene incluso para candidato al Premio Nobel de la Paz.

Lo curioso es que ninguna de estas reformas ha sido un eje central de la acción política histórica de Mujica, que suele mostrarse bastante más conservador que el uruguayo promedio cuando habla de estos temas.

Ahí está uno de los puntos clave para entender la figura de Mujica, un instinto nato para percibir el sentir popular, los temas que impactan. Es la personificación de lo que en Uruguay se denomina un “bicho político”, y el que lo tome por un abuelito simpático pagará el precio. Varios correligionarios de su coalición pueden dar fe de esta característica.

Por encima de posturas y poses, Mujica sabe bien cuáles son sus puntos fuertes y cómo aprovecharlos. De hecho, tiene un equipo especial para manejar sus apariciones y entrevistas con medios del exterior, a quienes lleva en tour a recorrer su plantación de flores, su tractor y a conocer a Manuela, su perra de tres patas.

Sin embargo, los periodistas uruguayos, esos que le pueden complicar con preguntas sobre su fracaso rotundo en temas que había fijado como prioridad de su gobierno como la educación pública, la inseguridad ciudadana o las relaciones con Argentina, suelen tener que nadar por decenas de filtros.

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El otro gran punto que caracteriza al Mujica presidente es su capacidad de decir algo removedor y a las pocas horas virar su discurso 180 grados de acuerdo con el público que lo escucha. Así, sus discursos ante las Naciones Unidas y en la Cumbre Río + 20 lo han convertido en paladín de los movimientos ecologistas y antiglobalización. Allí se quejaba de la voracidad de la sociedad capitalista actual, reclamaba un regreso a la naturaleza, a terminar con el consumismo y a moderar la vida frenética que caracteriza al mundo de hoy.

Sin embargo, en Uruguay ha sido el gran impulsor de un polémico proyecto de megaminería a cielo abierto, de un discutido puerto industrial en plena zona costera turística y de la venta de tierras públicas en torno a parques nacionales con el fin de instalar colonias agropecuarias.

Para explicarse, Mujica ha acuñado una de sus frases más célebres: “Como te digo una cosa, te digo la otra”. Una frase que pinta a un presidente que, con sus particularidades, su perfil humano y solidario, tampoco es tan diferente a otros que, presos de sus condicionantes externas y de sus contradicciones internas, gobiernan en los países del mundo.

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