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Iguala, una ciudad en la que casi nadie sabe nada

Actualizado el 07 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Iguala, una ciudad en la que casi nadie sabe nada

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Incredulidad entre familiares de estudiantes desaparecidos (AFP)

Iguala, México. EFE. En la ciudad mexicana de Iguala, donde hace nueve días murieron seis personas y desaparecieron otras 43 en una oscura acción policial, casi nadie ha visto nada ni sabe nada: no saben dónde está su alcalde, no han escuchado disparos y nadie vio a los estudiantes que ahora todo el mundo busca.

Entre los que desconocen lo que pasa en su municipio está un joven agricultor, vecino de Las Parotas, en la zona de Pueblo Viejo, a la que se llega tras un buen rato atravesando caminos de piedras y baches.

“Nosotros vamos de la casa al trabajo y del trabajo a casa”, contó tras confirmar que no vieron ni oyeron nada extraño ni el viernes 26 de setiembre ni el domingo 28.

A poca distancia de su casa, se encontraron el sábado seis agujeros en la tierra, seis fosas en las faldas de un cerro al que solo puede llegarse caminando.

Allí, se sepultaron cadáveres, se taparon con ramas y troncos y se les prendió fuego con bidones de gasolina y petróleo. No uno, ni dos, ni tres, al menos 28 cuerpos prendidos en llamas.

Así lo confirmó el domingo Iñaky Blanco, el fiscal del estado de Guerrero, donde está Iguala. Pero aquel joven agricultor no vio las llamas, ni olió el humo, ni sintió el hedor de la carne quemada.

Aunque Blanco no ha podido decir si los cuerpos son de los 43 estudiantes que desaparecieron tras la violenta noche del viernes, porque se necesitan entre 15 días y dos meses para determinar la identidad de los restos humanos, los temores de que lo sean cada vez son mayores.

Nadie sabe nada, pero hay rumores que hablan de venganzas de carteles del narcotráfico y alcaldes puestos a dedo.

Ni vio ni oyó... y era el alcalde. Uno de los más extendidos lo cuenta un taxista: el alcalde le incumplió algo a los narcos que lo pusieron en el poder a cambio, entre otras cosas, del control de la policía, y se vengaron poniendo en evidencia su sistema de corrupción y dejando claro quién manda en Iguala.

Una patrulla estacionada cerca de la Policía Municipal de Iguala,  cuyos miembros fueron acusados de colaborar con el crimen organizado. | AFP
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Una patrulla estacionada cerca de la Policía Municipal de Iguala, cuyos miembros fueron acusados de colaborar con el crimen organizado. | AFP

José Luis Abarca, el alcalde, huyó desde inicios de esta semana. Se separó de su cargo con la excusa de facilitar las investigaciones, después de declarar que él tampoco vio ni oyó nada.

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Ni cuando sus policías tirotearon varios autobuses de estudiantes de Ayotzinapa, ni cuando tirotearon otro autobús con un equipo juvenil de fútbol; él no supo nada. Nadie le avisó, nadie le pidió permiso para disparar; él, dijo, estaba en un baile con su esposa.

Ella, siguen los rumores, iba a ser la próxima candidata y probable ganadora a la alcaldía municipal y supuestamente era familia directa de uno de los capos del cartel Guerreros Unidos, que habría financiado la campaña de su esposo y al que pertenecían la mayoría de los policías que han sido detenidos.

Junto a la presidencia municipal continúa colgado un cartel con la foto de la pareja, sonriente, ajena al hecho de que tiempo después huiría, sin responder a la llamada de las autoridades que llevan días citando a Abarca a declarar.

Tampoco nadie ha borrado las tapias pintadas con eslóganes políticos “Abarca gobierna para transformar Iguala”.

Y aunque se tema que los cuerpos encontrados puedan ser los de los jóvenes, siguen los carteles de búsqueda, con sus fotos tamaño carné: “Carlos Ivan Ramírez. 20 años”, “Israel Jacinto Lugardo. 19 años”, “Julio César López. 25 años”, “Mauricio Ortega. 18 años”.

Retratos junto a la cifra de un millón de pesos ofrecida a cambio de pistas por el gobernador del Estado, Ángel Aguirre, otro de los grandes perjudicados por este caso que ha conmocionado a la sociedad mexicana, por lo evidente de la mezcla entre autoridades y narcotráfico.

La noche del viernes 26 de setiembre pocos vieron algo raro en la ciudad, pese a que en sus calles se sucedieron los hechos violentos. Pese a que en la mañana del sábado el cadáver de un estudiante fue encontrado con los ojos y la piel arrancados.

“Es una pena que haya tenido que pasar esto para que vengan a auxiliarnos”, cuenta el taxista, quien habla de una situación de corrupción insostenible, de la que había que salir pero nadie se atrevía a narrar.

En la compleja ruta hacia las fosas, muchos habitantes responden “yo no soy de aquí, estoy de visita” cuando se les pide indicaciones. Pocos saben dónde está o qué es el Servicio Médico Forense (Semefo). Prefieren ignorar ese lugar donde llegan camionetas desprendiendo el olor intenso y pestilente de la muerte.

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Allí, durante todo el sábado y el domingo han sido llevados los cadáveres y han estado entrando y saliendo forenses, ataviados con mascarillas y trajes especiales, sin hacer declaraciones ni contar un solo detalle de lo que han visto.

Solo el hedor atraviesa las rejas del edificio y llega hasta la prensa que, con las autoridades lejos de Iguala, se tienen que conformar con los rumores que avanzan mucho más rápido que las investigaciones y que también desprenden un aroma desagradable.

Al caer la noche la música de banda sale de las camionetas que pasean por sus calles con las ventanillas bajas, quizás celebrando que por fin alguien ha venido a auxiliarlos, o quizás tratando de dejar claro que en Iguala no pasa nada.

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