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Con el celular, una siciliana salva sirios a la deriva en el Mediterráneo

Actualizado el 27 de mayo de 2015 a las 12:01 am

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La activista Nawal Soufi posa durante una conferencia de prensa en el lanzamiento del libro "Nawal, el Ángel de los Refugiados, del periodista italiano Daniele Biella, a su lado. (AFP)

Roma

La ítalo-marroquí Nawal Soufi, que reside desde niña en Sicilia (sur de Italia), no se desprende jamás de su celular: el destino la ha convertido en el único punto de referencia para cientos de refugiados sirios a la deriva en el Mediterráneo.Desde que recibió a mediados de 2013 una llamada urgente en la que pedían ayuda un centenar de sirios que temían hundirse en su barcaza, Soufi, de 27 años, se ha dedicado a salvar inmigrantes y refugiados que huyen de los conflictos en Oriente Medio. La joven aprendió rápidamente a instruir a los inmigrantes sobre cómo buscar las coordinadas GPS en el móvil satelital de manera que pudieran guiar a los socorristas.Aún recuerda la angustia y las largas horas pasadas en silencio esperando a que rescataran al primer grupo de refugiados.Desde entonces se ha dedicado completamente a esa causa y se ha convertido en "el ángel de los inmigrantes", ya que ha  intervenido en centenares de casos."La llamada puede llegar a cualquier hora. Suelen pedir auxilio a gritos, claman desesperados 'somos unas 500 personas, se acabó el agua, llevamos 10 días en el mar'", cuenta la joven en una charla con la AFP.Su experiencia ha sido narrada por un periodista italiano, Daniele Biella, en un libro que lleva el título "Nawal, el ángel de los prófugos" y que acaba de ser publicado."Italia tiene uno de los mejores sistemas de socorro de Europa, el problema es que no tiene lugar para alojar a los refugiados", cuenta la joven, que la noche anterior había pasado cinco horas pegada al teléfono tratando de calmar a un pasajero desesperado, en crisis de pánico.Al final de la jornada logró el rescate de 345 pasajeros, una tercera parte de ellos niños, un gesto dictado sólo por el deseo de solidaridad y por la compasión.Nacida en Marruecos, llegó a Sicilia tan sólo tres semanas después de su nacimiento y creció a la sombra del volcán Etna.Desde el año 2011 sigue con verdadera pasión el conflicto sirio, se desvela conectada con las redes sociales y permanece en contacto con militantes opositores al régimen de Bashar al Asad.En marzo de 2013, decidió viajar a Alepo con una ambulancia cargada de medicamentos, ocasión en la que repartió su número de teléfono por doquier.Ese número de móvil se convirtió para muchos en una tabla de salvación y su conocimiento del árabe le ha servido para ser el puente entre la Guardia Costera italiana y los numerosos náufragos que intentan atravesar el Mediterráneo en busca de una vida mejor, lejos de los bombardeos, las persecuciones, el hambre y la miseria. En su página de Facebook publica las grabaciones de esas conversaciones, así como todos los comentarios, aun aquellos negativos.Algunas de esas voces no las ha vuelto a escuchar, y no sabe si han quedado ahogadas en el fondo del mar, en ese cementerio anónimo en el que se ha transformado el Mediterráneo."Hay ocasiones en que siento un vacío inmenso, un vacío incomprensible. ¿Cómo pueden creer que la solución es sacar a toda esa gente en esas embarcaciones?", se interroga irritada.Para ella la solución a ese drama debe ser ante todo humanitaria y no militar.La noche del 20 de abril, asistía en el puerto siciliano de Catania, en medio de cientos de periodistas, a la llegada de los únicos 28 sobrevivientes del naufragio ocurrido dos días antes frente a las costas de Libia y que provocó la muerte de 800 personas.Hablaba nerviosamente al teléfono, un móvil viejo, con una batería inagotable, en el que acababa de recibir otra llamada urgente: no tuvo tiempo ni de llorar por los muertos.Además de salvar vidas, le toca aliviar el dolor y la angustia de familiares, madres y parientes, que le piden noticias de sus allegados.Suele prestar sin problema el móvil a quien se lo pida, nadie ha intentado quedarse con él, y el aparato siempre ha regresado a sus manos."Se vuelve una misión, solo así se puede aguantar tanto dolor. Es duro. Es un mundo cruel", comentó el sacerdote eritreo Mosé Zerai, quien desde el 2003 salva vidas de refugiados africanos que huyen en barcazas de la guerra civil en Libia o que atraviesan el desierto con un teléfono satelital."Por fortuna existen jóvenes como Nawal. Admiro su valentía", comentó.Estudiante de Ciencias Políticas, la joven suele ayudar a los inmigrantes que le piden informaciones, como por ejemplo dónde cambiar dinero o comprar un tiquete de tren para llegar a Milán (norte)."Me limito a explicarles", asegura sin temer que la denuncien por ayudar a los inmigrantes ilegales, un delito en Italia.Conocida tanto por las autoridades locales como por la policía, la joven pasa a diario por la estación central del tren para dar consejos desinteresados a los inmigrantes que huyen de Sicilia hacia el norte del país o del continente europeo.

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