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Iniciativas de jardinería urbana

Huertas colectivas brotan como champiñones en Berlín

Actualizado el 27 de enero de 2014 a las 12:00 am

Espacios públicos y privados sirven para cultivar todo tipo de hortalizas y hierbas

Los jardines se convierten también en espacios de vinculación social

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Huertas colectivas brotan como champiñones en Berlín

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Berlín, Alemania

Berlín. AFP. En la ciudad de Berlín, capital de Alemania, cualquier espacio –sea el tejado de un centro comercial o un antiguo aeropuerto– sirven para cultivar tomates, patatas, hierbas, legumbres y otros vegetales.

Las huertas siguen creciendo en una ciudad donde pareciera haber espacio para todo, y donde, por medio del trabajo de la tierra, también se fortalecen los vínculos sociales.

Algunos berros esmirriados luchan valerosamente contra la lluvia y los vendavales que barren las pistas de aterrizaje de un aeropuerto cerrado en octubre de 2008 y transformado en un vasto parque para los berlineses.

Cuando llega el buen tiempo, pepinos, apios y albahaca crecen a la sombra de los girasoles en este jardín colectivo. Una colmena instalada en medio de las pequeñas parcelas ha empezado a producir desde hace poco la primera miel que lleva el sello del antiguo aeropuerto de Tempelhof.

De día, carretillas y mangueras se activan alrededor de matas de hierbas aromáticas. Al anochecer, manos embarradas empuñan latas de cerveza para celebrar el espíritu colectivo y la amistad.

Allmende Kontor y su vecino Rübezahl Garten son dos de los numerosos huertos que han crecido como champiñones en la capital alemana. En el barrio popular de Wedding, una asociación proyecta cultivar zanahorias y fresas en el tejado de un supermercado.

“Se trata de instalar cultivos de hortalizas y también de participar en un proyecto colectivo, de hacer cosas juntos, es un lugar donde participa todo el mundo”, explica Burkhard Schaffitzel, uno de los iniciadores de Rübezahl Garten.

“La gente viene de todos los horizontes, desde emigrantes turcos hasta estudiantes, pasando por jubilados”, explicita Gerda Münnich, de Allmende Kontor.

El éxito está ahí. Su huerto cuenta con unos 300 “arrendatarios”... y una lista de espera de 200 personas. Los responsables del jardín pagan 5.000 euros (unos ¢3, 5millones) al año al Ayuntamiento para utilizar el terreno, y apelan a las donaciones para financiarse.

Los frutos y las verduras crecen en cubetas y cajas de madera porque el Ayuntamiento no permite las plantaciones en tierra en el antiguo aeropuerto. Algunos han optado por la originalidad: plantas que crecen en zapatos usados, mochilas o en una vieja silla de despacho.

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Vínculos sociales. En torno a la jardinería se ha desarrollado un lugar de vida: en el centro del jardín, la comunidad puede asar salchichas cuando el grupo organiza fiestas.

“La huerta no es sólo un lugar dedicado a una actividad de autosubsistencia, sino también de socialización”, explica la socióloga alemana Christa Müller, que ha consagrado un libro a la jardinería urbana.

Este fenómeno es internacional. Desde sus inicios en Nueva York en los barrios pobres, se han creado jardines en París, Montreal y otras ciudades.

En Berlín , ha tenido un impulso muy particular: la reunificación de la ciudad, tras la caída a fines de 1989 del Muro que la dividió durante 28 años, ha dejado gran cantidad de espacios abandonados y descampados.

Para muchos, crear un huerto colectivo también es una iniciativa eminentemente ciudadana. “Hacemos política en un campo de lechugas”, ríe Gerda Münnich, que después de pasar su carrera delante de la pantalla de una computadora, decidió consagrarse a las calabazas y los repollos.

“Se trata de apropiarse un poco de la ciudad. Es participar en la decisión colectiva. Este pequeño terreno que cultivo es un trocito de la ciudad que me pertenece”, concluye Münnich.

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