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Un día en la ruta del Flaquito

Actualizado el 03 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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                         Henrique Capriles en campaña el   26 de setiembre en  la ciudad de San Fernando,  estado de  Yaracuy. | EFE.
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Henrique Capriles en campaña el 26 de setiembre en la ciudad de San Fernando, estado de Yaracuy. | EFE.

Bolívar y Anzoátegui (Venezuela). Encarna a una típica estrella de rock que desquicia a las mujeres como Alejandro Sanz y Justin Bieber a sus simpatizantes.

En sus plazas públicas, Henrique Capriles Radonski no baila ni canta y, quizás mejor, incluso la histeria femenina exige límites en nombre de la salud mental.

La Nación presenció la primera estela de descontrol femenino el 20 de setiembre en una caravana de Capriles en Ciudad Bolívar (estado de Bolívar) y luego en otra por la tarde en  Puerto La Cruz (Anzoátegui), bastiones históricos del chavismo.

“Vine temprano a tomar un vuelo a Caracas y me topo esta sorpresa, imagínese No lo veo tan buen mozo por mi edad, pero sí dispuesto a sacarnos de este marasmo. ¡Qué emoción, qué emoción!” decía Ana Jiménez de Tortosa en el aeropuerto Manuel Carlos Piar, en Bolívar.

Durante tres horas y varios kilómetros, decenas de seguidoras mantuvieron a raya los alaridos unos segundos al acercarse al carro donde iba para abrazarlo, besarlo, persignarlo, darle una cartita de amor en papel rosado o posar con él mientras sus novios les tomaban la foto.

Eso sí, el colectivo de fans también obsequió a la delgada y tostada anatomía del aspirante una buena ración de empujones y majonazos; de amor que duele.

“Lo puedes comparar con un artista internacional, algo de verdad inexplicable, pues una cosa es que te sigan como político y otra como estrella de rock . Creo que Capriles reúne para las mujeres ambas cosas”, expresó Michelet Castellanos, camarógrafo de la cadena Venevisión quien lo sigue desde hace varios meses.

La gran pose. Con 40 años, este abogado soltero y descendiente de judíos que escaparon del nazismo, se perfuma de galán y le hace guiños a al voto femenino en un país donde abundan las jefas de hogar.

Mientras el presidente Hugo Chávez lanza besos, poemas y canta a las venezolanas desde tarimas, o bien se les mete a la cocina con cadenas de televisión y radio, Capriles lleva seis meses dándole la vuelta a Venezuela (va por su quinto giro) y entrando a los barrios más pobres donde el mandatario solo ve en carteles ahora desteñidos.

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No obstante, este maratonista ocasional, apodado Flaquito, parece despertar entusiasmo y esperanza en diversos sectores siguiendo un plan simple: ir a todo sitio donde Chávez tiene arraigo y contrastar su vitalidad y salud con la del caudillo enfermo; hoy más limitado en sus apariciones.

Sin embargo, este católico y devoto de la Virgen María no es un líder de extracción popular como sí lo es Chávez cuyos gestos, por groseros que sean, se sienten de pueblo; un atributo que le permite conectar con la calle.

El vocabulario de Capriles es más llano que el de Chávez y trata de compensarlo vendiendo una imagen de administrador serio que en sus actos públicos evita perderse con grandes discursos.

De pie en la tarima, endurece la voz al amasar promesas de cambio y recordar al público la escasez de alimentos, los apagones y la inseguridad; todos, problemas al parecer descuidados en un acto más semejante a una asamblea comunal que un mitin.

“PDVSA para los venezolanos, no se va a regalar ni una gota más de nuestro petróleo mientras haya algún venezolano que se va a la cama sin comer, mientras esa sea la Venezuela llena de problemas, no se va a regalar ni una gota más de petróleo” rugió el opositor el 20 de setiembre.

Al instante, su voz se perdió en el estruendo de gritos y aplausos que arrancó a su audiencia. No fueron solo ellas; todos los hombres también respondieron.

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Juan Fernando Lara S.

jlara@nacion.com

Periodista

Redactor en la sección Sociedad y Servicios. Periodista graduado en la Universidad de Costa Rica. Ganó el premio Redactor del año de La Nación (2012). Escribe sobre servicios públicos, tarifas y telecomunicaciones.

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