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25 años después de la ‘Primavera de Pekín’

La matanza que en China todavía no existe

Actualizado el 05 de junio de 2014 a las 12:00 am

Corresponsal de AFP rememora la noche de sangre y fuego en Tiananmen

Tanques entraron a barrer un movimiento que pedía cambios en el sistema político

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La matanza que en China todavía no existe

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Un manifestante antigubernamental se planta frente a los tanques en el bulevar Changan, cerca de la plaza Tiananmen, en Pekín, hace 25 años. (AP)

Pekín. AFP. “Están disparando”. El grito, todavía incrédulo, surgió de la multitud pekinesa poco antes de la medianoche, en eco a los primeros chasquidos secos de los Kalashnikov del Ejército en la avenida de la Paz Eterna que lleva a la plaza Tiananmen.

Desnudo de la cintura para arriba en el calor húmedo de esta noche de junio, un ciudadano chino no se lo cree. Asegura a su alrededor: “No, no, no están disparando. Es el Ejército del pueblo”.

En el instante siguiente, subido en su triciclo de reparto, un “conductor de ambulancia” se abre paso a gritos entre la multitud. En la tabla de madera en la parte trasera del vehículo, está el cuerpo ensangrentado de un estudiante, con el pecho cubierto de varias balas.

Ya no hay lugar a dudas. Un gigantesco clamor sale de la multitud electrizada, furiosa, que toma por testigo al corresponsal de la AFP.

La “primavera de Pekín” acabó. Ante las cámaras del mundo entero –que acudieron para la cumbre de reconciliación entre la China de Deng Xiaoping y la URSS de Mijail Gorbachov, el 15 de mayo–, se hunde en el horror. Los soldados de la ley marcial, decretada 15 días antes, se lanzan a la reconquista de la plaza Tiananmen.

Durante 50 días, a iniciativa de los estudiantes, el lugar más solemne de la República Popular de China se convirtió en un laboratorio inmenso y pacífico de los sueños de democracia y de libertad del país. Día y noche, chinos de todas las edades y todas las profesiones se inventaron allí un futuro distinto al dictado por el Partido Comunista.

La afrenta es terrible, el castigo será sangriento.

La proclamación de la ley marcial no ha tenido otro efecto que el de sublevar un poco más a la población contra el régimen. A la entrada de la capital, decenas de soldados se quedan bloqueados –y abastecidos– en sus camiones por los habitantes.

Las últimas esperanzas de una solución pacífica se desvanecieron cuando, la noche anterior, el régimen envió a entre 20.000 y 30.000 jóvenes soldados, desarmados y mal dirigidos, hacia Tiananmen. En menos de dos horas, la multitud dispersó al contingente, no sin vapulear a algunos militares. Aturdidos, humillados, tenían que irse.

El sábado por la noche, las radios y las televisiones dan orden a los pekineses de quedarse en casa “para evitar pérdidas inútiles”.

Sangre y fuego. Después de un largo y tenso cara a cara entre soldados y civiles en el cruce de Muxidi, al oeste de la avenida de la Paz Eterna, los blindados aplastan las barricadas de autobuses. Alineados en uniforme de combate, los soldados siguen abriendo fuego contra la multitud . Esta responde lanzando una lluvia de proyectiles.

China refuerza seguridad en Tiananmen (AFP. Eugenia Logiuratto / Neil Connor)

Bajo un cielo iluminado por miles de balas de rastreo y de vehículos incendiados, cruce tras cruce, barricada tras barricadas, la tropa progresará hasta llegar a los alrededores de Tiananmen.

Entre tiempo, los tanques se lanzaron a toda velocidad contra la multitud para tratar, sin éxito, hacerla huir, aplastando todo a su paso, incluidos los habitantes.

En la veintena de hospitales de la capital, médicos y enfermeros están desbordados por la llegada de muertos y de heridos. Un médico de Fuxingmenwai evalúa entonces en 1.400 muertos el primer balance.

En la plaza Tiananmen, totalmente cercada, solo queda un millar de estudiantes alrededor de la pasionaria del movimiento, Chai Ling, muerta por un blindado.

Expulsados paracaidistas, después de negociaciones, abandonan la plaza hacia las 5 a. m. cantando La Internacional.

El domingo de madrugada, desde un balcón de un hotel que da sobre la plaza, el espectáculo es dantesco. Los disparos aún resuenan.

El lunes hacia mediodía, bajo las ventanas del hotel, un joven desconocido en camisa blanca atraviesa tranquilamente la avenida y se coloca frente a una larga columna de tanques. Su imagen dará la vuelta al mundo.

Veinticinco años después, oficialmente, en una China transformada pero amnésica, no pasó nada en Tiananmen.

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