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A tres años del terremoto, Haití espera su reconstrucción

Actualizado el 12 de enero de 2013 a las 12:00 am

Poco más de 350.000 haitianos continúan viviendo en 496 campos de carpas

Mitad del dinero ha ido a ayuda de asistencia, que no deja efectos duraderos

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A tres años del terremoto, Haití espera su reconstrucción

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Puerto Príncipe. Unos días después del terremoto del 12 de enero del 2010, Reginald Boulos abrió las rejas de su destruida distribuidora de automóviles a unas 14.000 personas desplazadas que se asentaron en la extensa propiedad. Siete meses después, ansioso por reconstruir su negocio, pagó $400 a cada familia para que abandonaran el Campo Boulos y retornaran a sus barrios devastados.

En ese momento, calumniaron mucho a Boulos, un médico y magnate empresarial, diciendo que sobornaba a los indigentes para que participaran en su propio desalojo. Al final, desesperados por despejar las plazas públicas, el Gobierno haitiano y las autoridades internacionales adoptaron su enfoque: las “subvenciones en efectivo para el retorno” se han convertido en la principal herramienta para la reubicación.

Esto representa una marcada deflación de las nobles ambiciones que siguieron al desastre, cuando el mundo aspiraba no solo a reparar a Haití, sino a rehacerlo. El nuevo pragmatismo indica el reconocimiento de que, a pesar de los miles de millones de dólares que se han gastado – y los miles de millones más que se asignaron a Haití, pero no se han tocado–, la reconstrucción apenas comenzó y 357,785 haitianos aún languidecen en 496 campos de carpas.

“Cuando ves las cosas, dices: ‘Caray, casi tres años después, ¿dónde está la reconstrucción?’”, preguntó Michele Pierre Louis, ex primer ministro de Haití. “Si preguntas qué salió bien y qué salió mal, la respuesta es: ‘Casi todo salió mal’. Debe haber rendición de cuentas por todo ese dinero”.

Un análisis de todo ese dinero –al menos $7.500 millones erogados hasta ahora– ayuda a explicar por qué ese aparente botín no es más palpable aquí, en la dañada ciudad capital, donde el principal logro del mundo es haber quitado la mayor parte de los escombros.

Más de la mitad de los fondos han ido a ayuda asistencial, que salva vidas y alivia la miseria, pero conlleva costos elevados y no deja huella permanente: las tiendas se rasgan; se consumen la comida y el agua de emergencia; se acaban los empleos de corto plazo; los refugios, las clínicas y las escuelas provisionales no se construyen para durar.

Del resto, solo una parte fue para la reconstrucción definida estrictamente. Más bien, gran parte de la llamada ayuda para la recuperación se dedicó a costosos programas actuales, como la construcción de caminos y la prevención del VIH, así como a proyectos nuevos muy lejos de la zona de desastre, como un parque industrial en el norte y un hospital de enseñanza en la meseta central.

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Entre tanto, solo una partecita de la erogación total –$215 millones– se adjudicó a la necesidad más obvia y apremiante: vivienda segura y permanente. En comparación, un mínimo aproximadamente de $1,200 millones ha ido a soluciones de corto plazo: los campamentos de carpas, los refugios temporales y las subvenciones en efectivo para pagar un año de renta.

“La vivienda es difícil y está desorganizada, y los donadores se han alejado de ella”, notó Josef Leitmann, el gerente del Fondo para la Reconstrucción de Haití.

Paso de tortuga. Más allá de los números, la reconstrucción muy lenta ha sido el capítulo desalentador más reciente en la relación crónicamente disfuncional entre Haití y sus benefactores.

Después del sismo, cuando entraban a Haití la buena voluntad y el dinero, funcionarios internacionales estaban determinados a usar al desastre como catalizador para transformar no solo al país pobre y obstinado, sino las estrategias ineficaces del mundo para ayudarlo.

Bill Clinton, el enviado especial de la ONU para Haití, citó el mantra “volver a construir mejor” que importó del sur de Asia después del sunami, donde tuvo un papel similar. Y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, advirtió a los donadores que dejaran de trabajar alrededor del Gobierno y mejor trabajaran con él, así como que dejaran de financiar “a un conjunto disperso de proyectos bien intencionados” y mejor hicieran “inversiones más profundas, a largo plazo”.

Sin embargo, un análisis de The New York Times muestra que semejante idealismo posdesastre quedó debilitado por la enormidad de la tarea, la debilidad y la inestabilidad del Gobierno haitiano, la persistencia de la misma forma de hacer las cosas, y la limitada efectividad de la hoy extinta comisión de recuperación que tuvo a Bill Clinton como copresidente.

Sin un plan financiero detallado para ordenar las prioridades de construcción, los donadores invirtieron más fuertemente en los sectores a los que habían favorecido antes el terremoto –transporte, salud, educación, agua y sanidad–, y la mitad del financiamiento para esas áreas fue para proyectos que se iniciaron antes del 2010.

“Un área a la que no llegó dinero de la reconstrucción, de hecho, se está reconstruyendo”, notó Jessica Faieta, directora sénior de país del Programa de Desarrollo de Naciones Unidas en Haití del 2010 hasta el otoño del 2012.

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Más aún, mientras que, en efecto, se han desembolsado al menos $7,500 millones en ayuda oficial y contribuciones privadas –como calcularon la oficina de Bill Clinton en la ONU y The Times –, ese desembolso no necesariamente significó gasto. En ocasiones, simplemente quiso decir que el dinero se cambió de una cuenta bancaria a otra, conforme se han ido empantanando los proyectos. Es el caso de casi la mitad del dinero para vivienda.

Estados Unidos, por ejemplo, asignó hace mucho $65 millones al Fondo para la Reconstrucción de Hait para el proyecto habitacional más grande que se planeó para Puerto Príncipe. El Fondo, que emitió un boletín de prensa en enero del 2011 en el que prometía casas para 50.000 personas, luego transfirió el dinero al Banco Mundial, el cual está ejecutando el proyecto. Y todavía está ahí ya que apenas se firmaron los contratos.

“La construcción lleva tiempo; la destrucción es la que es rápida”, dijo el presidente Michel Martelly en una reciente ceremonia por la terminación del nuevo hospital de enseñanza. Pero la construcción es solo la mitad de la batalla; la resplandeciente estructura blanca, que levantó la organización sin fines de lucro Socios en la Salud en la ciudad provincial de Mirebalais, todavía no asegura los $12,5 millones a $13 millones para el presupuesto de operación del primer año.

En comparación, aquí, en la zona de desastre, donde se acaba de demoler el devastado palacio nacional y todavía se tienen que remplazar los edificios gubernamentales destruidos, el centro médico más grande del país sigue en un estado asombrosamente ruinoso.

Hace más de dos años, Hillary Clinton y Bernard Kouchner, entonces canciller francés, firmaron un acuerdo para reconstruirlo, pero el derruido Hospital General, con algunas renovaciones temporales que lo mantienen funcional, todavía espera su renovación total de $70 millones.

Como ese hospital, muchos proyectos de recuperación se han detenido en el restirador o se han retrasado por disputas de terrenos e ideológicas, problemas de logística y contratación, escasez de trabajadores y hasta el tiempo.

Estados Unidos todavía tiene en el Departamento del Tesoro más de $1.000 millones adjudicados para Haití, y el movimiento mundial de la Cruz Roja tiene más de $500 millones en sus arcas. “No es un problema de disponibilidad de dinero, sino de capacidad para gastarlo”, señaló Rafael Ruipérez Palmero, un funcionario español de desarrollo en Haití.

España dio $100 millones a la autoridad haitiana del agua para infraestructura que se necesita urgentemente en la actual epidemia de cólera, pero solo ha gastado $15 millones hasta ahora. Ha erogado millones de dólares para construir y renovar 21 escuelas, pero solo se ha terminado una.

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