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Enfermedad mató a 61 de los 500 habitantes de Njala Ngiema

Ébola deja miedo y silencio en una aldea de Sierra Leona

Actualizado el 31 de agosto de 2014 a las 12:00 am

La vida se detuvo en el poblado, cuya gente teme que el virus siga al acecho

Gobierno y grupos internacionales han sido incapaces de contener la epidemia

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Ébola deja miedo y silencio en una aldea de Sierra Leona

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La aldea de Njala Ngiema está muerta en vida por el impacto de la enfermedad del Ébola. Este hombre se refugia en su casa mientras cae un torrencial aguacero. | THE NEW YORK TIMES WIRE SERVICES

The New York Times Wire Services

Njala Ngiema, Sierra Leona. Persisten los signos de una batalla mortal: regados por todas las casas de los muertos por el ébola, hay paquetes vacíos de pastillas y empaques plásticos perforados.

Cerca, en el lodo, hay paquetes usados de sales para rehidratación oral. Las pastillas no funcionaron y el viaje apresurado al hospital, si lo hubo, llegó demasiado tarde.

Dentro de una casa tras otra, la enfermedad del Ébola ha reclamado a sus víctimas: aquí, perdieron la vida 10 personas; allá, cuatro, incluidos tres niños. A unas cuantos metros de distancia, un anciano vive solo; ahora su esposa está muerta. En otra, siete personas perecieron, dijo el maestro de la aldea. En una casa fallecieron 16, todas de la misma familia.

Y hay más. “Tantos”, dijo Sheku Yaya, el maestro de la aldea, de 35 años, aferrado a la mano de su hijita. “Perdimos a demasiada gente”.

Aquí, en el país más aquejado por el ébola, en la parte más golpeada, esta podría ser la aldea más devastada, dicen funcionarios locales e internacionales. Son por lo menos 61 los muertos aquí, de una población total de quizá 500 habitantes. Njala Ngiema, una comunidad de ladrillos de adobe, de campesinos que cultivan arroz y yuca, muy dentro del bosque, ahora está en silencio.

Sata Boa perdió a sus padres y una abuela, víctimas del ébola, en la aldea de Njala Ngiema, Sierra Leona. (The New York Times Wire Services)

Aldea congelada. Todavía hay personas aquí, pero la aldea parece congelada. Dentro de las casas oscurecidas, las escasas pertenencias de las víctimas –ropa andrajosa, un radio solitario– están intactas semanas después. No se ha presentado ningún caso en casi un mes, pero el temor de que el virus letal merodee ha hecho que todo siga en su lugar. Pareciera que nada se ha movido desde que arrasó la mortal marea.

El Gobierno de Sierra Leona, desesperado por contener una epidemia que ha reclamado más de 300 vidas tan solo ahí, ha acordonado, efectivamente, esta parte, desplazando tropas y estableciendo controles de carretera en las zonas más duramente golpeada s. El Gobierno puso bajo cuarentena a dos distritos en el este – una zona con alrededor de un millón de habitantes–, por lo cual eliminó la mayor parte del tránsito del lodoso camino que atraviesa la zona del ébola.

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Ahora, una región, aproximadamente del tamaño de Jamaica, quedó aislada del resto del país debido a ese control.

“Nuestro temor es que con el cierre de estos caminos existe el riesgo de que mueran más personas de desnutrición e, incluso, de inanición, que por el ébola”, dijo David Keili Coomber, jefe supremo regional, en un correo electrónico.

Incapacidad para frenarla. La cuarentena de gran amplitud, parecida a la impuesta en partes de Liberia –al otro lado de la frontera–, subraya una realidad básica en la batalla contra la epidemia: ni el Gobierno ni las organizaciones internacionales de salud en las líneas del frente parecen capaces de evitar su propagación en las zonas afectadas.

Foday Munjama murió aquí, en su propia cama, en la comunidad de Njala Ngema, Sierra Leona.
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Foday Munjama murió aquí, en su propia cama, en la comunidad de Njala Ngema, Sierra Leona. (The New York Times Wire Services)

Son tantas las aldeas afectadas, muy pocos los trabajadores de la salud y otros recursos para tratar de detener su avance que los Gobiernos han recurrido al cierre de regiones completas con la esperanza de contener el daño.

“Cada semana, hay infecciones en una o dos aldeas nuevas”, señaló Anja Wolz, la doctora de Médicos Sin Fronteras , quien maneja el centro de tratamiento de su organización afuera del pueblo de Kailahun. “Es un desastre”.

La cuarentena se estableció demasiado tarde para Njala Ngiema, donde la marca del flagelo está en todas partes a lo largo del ancho y lodoso camino de terracería que atraviesa la aldea, flanqueada por palmeras. Frente a una casa donde murieron cinco personas, cuelgan unos pantalones azules, intactos desde que el ébola pasó por ahí.

En la parte de atrás de la casa de Alhayi Abah, donde fallecieron 16 personas, la ropa para laborar la tierra, manchada y rota, que solía ponerse – vaqueros y camisetas – todavía está colgada en el tendedero. Nadie se atreve a bajarla.

“La gente tiene miedo; les pedimos que la quemaran”, James Baion, un maestro en la zona quien ayuda a organizar la respuesta al ébola en nombre de funcionarios locales.

La sábana en la cama de Abah todavía está arrugada y la almohada doblada. Del sencillo marco de madera de la cama sobresalen las sandalias. “No quiso ir al hospital. Tenía miedo de ir”, comentó Baion. Encontraron a Abah muerto, sentado en la orilla de la cama, encorvado, con la cabeza inclinada hacia el pecho.

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Son tantos los campesinos que han muerto que los habitantes dijeron que es posible que no haya siembra en esta época.

“Esta temporada de siembra, no podemos hacer ninguna labor”, advirtió Yaya, el maestro. “Hemos perdido a demasiada gente”, puntualiza.

Se han abandonado poblaciones por todos los alrededores y la vida se detuvo por completo. Las escuelas están cerradas, se cancelaron los partidos de fútbol y se dispararon los precios de muchos alimentos.

En Bonbom, son por lo menos 24 los muertos, junto con 12 en Bendima y 61 en Daru, un pueblo de cerca de 6,000 habitantes al norte de esta aldea, dijo el jefe supremo en Daru, Musa Ngombu-kla Kallon II, contando con los dedos los pueblos donde han muerto sus súbditos.

Soldados del Ejército de Sierra Leona en un control de carretera en las afueras del  poblado de Kenema.
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Soldados del Ejército de Sierra Leona en un control de carretera en las afueras del poblado de Kenema. (The New York Times Wire Services)

“Algunas aldeas están desiertas”, dijo el jefe. En Sierra Leona, el jefe supremo es un cargo poderoso, de semielección popular, en el cual se ratifican leyes consuetudinarias y se recaudan algunos impuestos. “La gente se asusta”, señaló. “Sale huyendo”.

El propio Kallon perdió a su esposa y su hija. La esposa, al hacerse cargo del primer caso en el pueblo, una enfermera infectada, le dijo: “No te preocupes. Mantén la calma”.

En el entierro de la enfermera, todos querían “tocar en abundancia” al cadáver, contó Kallon, hasta arreglarle el cabello. Los cuerpos infectados son altamente infecciosos y presentan un riesgo común de infección.

Hasta en el centro de tratamiento de Médicos Sin Fronteras en las afueras de Kailahun, los doctores dicen que no se dan abasto con la epidemia.

“Creo que vamos dos pasos atrás”, señaló Wolz. “Seguimos descubriendo aldeas donde las víctimas del ébola se están muriendo en su casa, en vez de aisladas, con lo que hay riesgo de nuevas infecciones”.

Los protocolos estándar para contener la enfermedad – aislamiento de cada paciente, rastreo de las personas con las que tuvieron contacto y monitoreo de todas ellas durante semanas para ver si desarrollan algún síntoma – parecen una tarea imposible para los cinco países del oeste africano que han reportado casos hasta ahora: Sierra Leona, Guinea, Liberia, Nigeria y, esta semana, Senegal.

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