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Río revuelto en Siria atrae a pescadores

Actualizado el 12 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Pugnas regionales y parálisis de la ONU contribuyen a prolongar el conflicto

Lejos de verse una salida pronta a la guerra, esta podría más bien agravarse

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Las revueltas populares que estallaron en Túnez, Egipto, Libia y Yemen tenían un objetivo: derrocar gobernantes corruptos y dictatoriales, añejos en el poder.

El estallido de protestas en Siria contra el régimen de Bashar al-Asad, hace dos años, pareció seguir el mismo guion de los anteriores episodios de la denominada Primavera Árabe.

Pero hasta allí la semejanza porque, para empezar, en aquellos países no hubo una guerra civil prolongada.

En cambio, el levantamiento contra el gobierno de Bashar al-Asad ya entró en su tercer año, con un saldo de por lo menos 70.000 muertos y un millón de refugiados que han tenido que huir a países vecinos como Jordania, Líbano y Turquía.

Coctel de intereses. Lejos de vislumbrarse una pronta salida al conflicto sirio, más bien tiende a complicarse y hay evidencias en esta dirección: la intervención del grupo político-militar Hezbolá, el apoyo iraní a al-Asad y los ataques aéreos de Israel, decidido a impedir el acceso de esa organización chiita integrista a armamento más sofisticado.

Lo anterior pone en evidencia la principal diferencia entre lo que acontece hoy en Siria y los hechos que llevaron al derrocamiento de autócratas en otros países del mundo árabe: una intrincada red de intereses geopolíticos y regionales contrapropuestos que explica la intervención de múltiples actores.

Irán y Siria constituyen un eje en Oriente Medio, con estrechos vínculos políticos y militares que se remontan a los tiempos de Hafez al-Asad (padre del actual mandatario sirio) y del régimen teocrático que fundó el ayatolá Jomeini.

Incluso, aunque Siria es mayoritariamente sunita e Irán, chiita , esta ancestral división del islam no ha sido obstáculo. Más bien, a principios de la revolución iraní, Jomeini legitimó a la minoría alauita gobernante en Damasco como una subsecta verdaderamente chiita, recordó Roberto Marín, especialista en historia árabe e islámica.

Siria e Irán también coinciden en su enemistad con Israel, por lo cual no dudan en usar peones para enfrentarse con el Estado judío.

Hezbolá, que surgió como un grupo armado de resistencia a la invasión israelí a Líbano en 1982, lucha al lado de las tropas de al-Asad contra los rebeldes que buscan derrotarlo y no oculta su intención de dotarse de armas iraníes entregadas a través de Siria.

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El otro grupo que copatrocinan es Hamás, chiita integrista que gobierna en la franja de Gaza y que, como Hezbolá, se ha enfrentado militarmente contra Israel.

Israel, por su lado, está claro en impedir un fortalecimiento militar de Hezbolá y, por eso, ya ha lanzado tres ataques aéreos en Siria contra lo que ha denunciado son arsenales iraníes para ese movimiento.

Además, el Estado judío no está dispuesto a perder su condición de única potencia nuclear en la región; de allí que esté ojo avizor en relación con el programa atómico que desarrolla Teherán y cuyas intenciones despiertan sospechas también de EE. UU. y Europa.

Otro hecho que inquieta por igual a Washington y Tel Aviv es que si al-Asad lograse sobrevivir a la guerra, su socio iraní podría extender su influencia en Oriente Medio desde el golfo Pérsico al Mediterráneo (dada la fuerte implantación de Hezbolá en Líbano).

En esta lucha de poder regional, Turquía quiere decir lo suyo. Este país de mayoría sunita, fronterizo con Siria, libra desde hace tiempo una puja geoestratégica en las antiguas repúblicas soviéticas en Asia central , donde existen recursos muy apetecidos, como el petróleo y el gas, aparte de que Ankara procura preservar sus lazos histórico-étnicos, sobre todo en Turkmenistán y Uzbekistán.

Otro factor entra en juego: Siria ha sido, desde la época soviética, un aliado clave para Rusia en el Oriente Medio, tanto que aún mantiene una base naval en el puerto de Tartús que le permite acceso al Mediterráneo sin tener que pasar por el estrecho de Bósforo (Turquía).

Moscú es el principal proveedor de armas de Damasco, que también tiene fuertes vínculos con China, por lo cual ambas potencias han frenado una postura firme del Consejo de Seguridad en este conflicto.

La propuesta de una conferencia internacional en procura de una solución negociada en Siria topa con esta colisión de intereses entre Estados Unidos y Europa, por un lado, y China y Rusia, por otro.

Washington exige, al igual que los rebeldes, la salida de Bashar al-Asad; para Moscú, no debe ser condición.

Sin solución a este pulso, la caldera en Siria sigue hirviendo.

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Víctor Hugo Murillo S.

vhmurillo@nacion.com

Editor de El Mundo

Editor en la sección Mundo de La Nación. Periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Además realizó estudios de Historia. Escribe sobre temas relacionados con el acontecer internacional.

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