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Ojo a caracas

Actualizado el 09 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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Maduro es un buen discípulo. Parece haber estudiado mucho la herramienta que más eficaz resultó para su líder: el discurso. Eleva la voz, prolonga la pausa, controla el gesto y domina palabras que excitan a los seguidores chavistas.

Ayer no era un buen día para medirlo. Cualquier cosa que dijera, con solo ensalzar la vida y la herencia de Chávez, habría resultado emotivo y útil para redondear ante sus simpatizantes el apoyo que ya de por sí tiene por voluntad del expresidente.

No era un buen día para medirlo, pero sí lo era para lucirse. Lloró sin desencajarse, habló bastante para dejarse ver exento del pánico escénico y proyectó lo que viene con verbos imperativos.

Claro, con media vida junto a Chávez absorbiendo de su ideología y recibiendo su dedo en la frente como el elegido, Maduro se plantó con pasta de presidente temporal, de candidato oficialista y quizá de mandatario en los años venideros.

Menos mal que Chávez dejó clara su elección. Al margen de las virtudes y dificultades de Maduro para jinetear la era pos-Chávez, queda claro que la astucia del expresidente volvió a acertar al dejar clara su predilección. “Ya se estarían matando”, dijo el jerarca de un organismo multilateral mientras tomaba café en el hotel que acabó alojando a Laura Chinchilla y a Mahmud Ahmadineyad.

¿A quién escucharían ahora los cientos de organizaciones comunales que dan robustez al sistema bolivariano? ¿Con quién se entenderían los amigos internacionales para los detalles más delicados? Es más, ¿quién y cómo habría dado el discurso principal en el funeral?

La inestabilidad y el conflicto estarían garantizados sin ese testamento de Chávez depositado en las manos de chofer de Maduro. En una muchedumbre apasionada, acostumbrada a su caudillo y dependiente de las ayudas sociales como moneda de cambio para apoyar o no, la indefinición tardaría poco en abrir la ventana al conflicto en las calles.

“Además, Maduro es el favorito de Cuba”, dijo en la mesa del desayuno un funcionario de la Cancillería venezolana encargado de atender a los iraníes.

No era ayer un buen día para comprobarlo. Todo estaba dado y las escasas preguntas válidas para la jornada luctuosa supo amortiguarlas con un discurso que provocó llantos frente a las pantallas puestas en la calle, pero que también motivó el cántico de un lema casi electoral: “Con Chávez y Maduro el pueblo está seguro”.

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Eso dijeron sus seguidores, pero quizá eso sienten también analistas y algunos opositores. Es más seguro saber que la tarea está en ese hombre de bigotes hasta para poder atacarlo, como hizo anoche Capriles yéndose directo al cuerpo de Nicolás.

Lo que sí tiene malo Maduro es que no canta ni interpreta como su mentor. Y aquí eso sí que ayuda.

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