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Centro funciona en DEIR EZZOR, en el este del país

Niños olvidan el infierno sirio en una escuela subterránea

Actualizado el 23 de febrero de 2013 a las 12:00 am

Unos 30 infantes acuden a clases a diario en medio de los bombardeos

Ciudad ha pasado de 750.000 a 250.000 habitantes a causa de la guerra

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                         Niños sirios atienden una clase en la escuela de Deir Ezzor, donde también reciben alimentos y se entretienen con varios juegos. | AFP.
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Niños sirios atienden una clase en la escuela de Deir Ezzor, donde también reciben alimentos y se entretienen con varios juegos. | AFP.

DEIR EZZOR. AFP. Una docena de escalones separa la guerra de este pequeño “oasis de paz”, una escuela subterránea que permite a decenas de niños olvidar por unas horas los bombardeos que devastan Deir Ezzor, en el este de Siria .

La artillería del régimen de Bashar al-Asad castiga sin cesar a esta ciudad petrolera, situada a orillas del Éufrates, convertida en un enorme vertedero de cascotes y cristales. Dos años de represión y nueve meses de combates la han vaciado: antes de la guerra civil, Deir Ezzor tenía 750.000 habitantes, pero se estima que unos 500.000 ya se han marchado.

“La mayoría de los profesores han huido y hay muy pocos voluntarios que se presten a ayudarnos para dar clase”, expone Yaser Tarek, uno de los fundadores de esta escuela del barrio Al Omal. El centro educativo cuenta con unos cincuenta inscritos, aunque solo unos 30 asisten a diario a los cursos, por temor a los bombardeos.

“Damos clases por las tardes porque de día es más peligroso; la intensidad de los bombardeos es sensiblemente menor y es más seguro venir”, explica Tarek, que antes de la guerra era jefe de seguridad de un pozo petrolífero.

“Cuando terminan las clases obligamos a los niños a salir de uno en uno, para evitar que una bomba o los francotiradores del régimen les puedan hacer algo a todos juntos”, indica Beda al Hasan, directora de esta escuela clandestina, abierta en setiembre.

“Les enseñamos desde matemáticas hasta inglés, pasando por árabe o religión. Damos clase igual que si estuviésemos en un colegio normal. Lo único que cambian son las circunstancias y que todos los días nos bombardean”, apunta.

“Cuando comienzan a bombardear, los niños se asustan mucho. Así que lo que hacemos nosotras es cantar con ellos y dar palmadas para que se calmen”, cuenta la directora. “Esta no es la vida que deberían tener unos niños; ellos no tienen la culpa de nada; pero son los que más están sufriendo las consecuencias”, lamenta Beda al Hasan.

Sultan Mosa, niño de 12 años, dice que asiste todos los días. “Aquí puedo hacer algo diferente. Antes pasaba todo el día encerrado en casa porque mis padres tenían miedo a los bombardeos y no me dejaban salir a la calle”, cuenta.

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Sidra, una niña de 10 años, sigue con atención la lección de Beda y toma notas en su cuaderno. “Me gusta mucho venir al colegio porque aquí puedo jugar. Mi casa fue bombardeada y perdí todos los juguetes”, afirma.

El patio del colegio también tenía que ser bastante peculiar: se halla también bajo tierra, pero en otro edificio. Allí los alumnos juegan al ping-pong, al ajedrez o ven videos de Tom y Jerry.

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